"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 8: El Día de la Unión
El gran día amaneció envuelto en una luz dorada que parecía bendecir la unión de los dos reinos. Hasta los dioses, pensaron mucho, sonreían ante esta boda. El cielo estaba despejado, el aire fresco pero no frío, y los pájaros cantaban con una alegría inusual en los jardines del palacio de Brumhaven.
Lyra había despertado antes del alba, demasiado nerviosa para dormir. No era solo la emoción de ver a su padre casarse. Era algo más profundo. Era la certeza de que este momento, en su vida pasada, nunca había existido. Su padre había muerto antes de volver a casarse. Isolda nunca había llegado a Valdris. Adrián nunca había sido su aliado.
Todo era nuevo. Todo era diferente.
Y por primera vez desde su regreso, Lyra sintió que realmente estaba cambiando el futuro.
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Los Valdris
Nana Elle y un ejército de doncellas la atraparon en cuanto intentó levantarse de la cama. La bañaron con agua perfumada con pétalos de rosas, le cepillaron el cabello hasta dejarlo suave como la seda, y comenzaron el lento y meticuloso proceso de prepararla para la ceremonia.
El vestido que le habían elegido era una obra de arte en miniatura. De terciopelo azul noche, el mismo azul profundo que su padre amaba, con mangas largas acampanadas y un corpiño bordado con hilos de plata que imitaban constelaciones. La falda, amplia pero no demasiado, caía hasta sus tobillos y estaba salpicada de pequeñas estrellas bordadas que brillaban con cada movimiento. En su cabeza, una diadema de plata con zafiros y diamantes sujetaba un velo de gasa transparente que le llegaba a los hombros. Sus cabellos castaños, largos y brillantes, caían en suaves ondas sobre sus hombros, y Nana Elle le había colocado un pequeño broche con forma de luna creciente justo sobre la sien.
Cuando Lyra se miró al espejo, contuvo el aliento.
La niña que veía reflejada era hermosa, sí. Pero había algo más en sus ojos, algo que ninguna doncella podía ponerle. Había profundidad. Había sabiduría. Había la mirada de alguien que ha visto más de lo que debería.
—Parece un ángel, princesita —susurró Nana Elle, con lágrimas en los ojos—. Su madre estaría tan orgullosa...
Lyra sonrió y apretó la mano de la anciana.
—Gracias, Nana Elle. Por todo.
Salió de sus habitaciones y se dirigió al lugar de encuentro acordado: la antesala de la gran capilla, donde su padre y su hermano la esperaban.
Y cuando los vio, se quedó sin aliento.
Eryndor ya no era el niño que había sido apenas unos meses atrás. La transformación en Lobo de Luna no solo le había dado la capacidad de cambiar de forma; también había dejado una huella imborrable en su apariencia humana.
Su cabello, antes castaño como el de Lyra, era ahora del mismo gris tormenta que el pelaje de su lobo. No era canoso, no; era un gris plateado oscuro, con reflejos que cambiaban con la luz, como nubes antes de la lluvia. Sus ojos, que habían sido azules como los de su padre, eran ahora de un azul mucho más profundo, casi hipnótico, como el hielo de los glaciares más antiguos. Sus facciones se habían afinado, volviéndose más angulosas, más... lobunas. Ya no era la copia exacta de Aldric; era él mismo, una mezcla única de su herencia humana y su nueva naturaleza.
Vestía una túnica ceremonial azul marino con bordados plateados, ajustada con un cinturón de plata que hacía juego con sus ojos. Sobre los hombros, una capa corta de piel gris (su propia piel, en realidad, pero en forma de prenda) completaba un conjunto que lo hacía parecer un príncipe de leyenda.
—Eryndor —susurró Lyra, acercándose—. Estás... guapísimo.
Su hermano sonrió, y en esa sonrisa estaban las dos mitades de su ser.
—Tú también, pequeña. Pareces una princesa de cuento.
Y entonces Lyra miró a su padre.
El rey Aldric Valdris estaba irreconocible. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque la felicidad lo transformaba. Su pelo castaño, con algunas canas prematuras, estaba impecablemente peinado. Sus ojos azules, los mismos que Lyra había heredado, brillaban con una luz que no les había visto desde antes de la muerte de su primera esposa. Vestía una túnica larga de terciopelo azul real, con bordados en hilo de oro que representaban el árbol genealógico de la casa Valdris. Sobre sus hombros, la capa real de armiño y terciopelo, sujeta con el broche de roble y hierro que simbolizaba su linaje. En su cabeza, la corona de roble y hierro brillaba con un resplandor casi sagrado.
Pero lo más hermoso de todo era su sonrisa. Una sonrisa que Lyra apenas recordaba de su infancia, antes de que la enfermedad y la tristeza lo apagaran. Una sonrisa de hombre enamorado.
—Pequeña —dijo Aldric, arrodillándose para abrazarla—. Hoy es un gran día.
Lyra lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Lo sé, papá. Y estoy muy feliz por ti.
Aldric la sostuvo un momento, luego se separó y la miró a los ojos.
—¿De verdad lo estás? ¿No te importa que me case con otra?
Lyra negó con la cabeza.
—Mi madre ya no está. Y tú mereces ser feliz. Mereces tener a alguien a tu lado. Y yo... yo creo que Isolda puede ser esa persona. Si la dejamos.
Aldric la miró con una mezcla de asombro y orgullo.
—Eres increíble, Lyra. No sé de dónde sacas esa sabiduría.
Lyra sonrió por dentro. De haber vivido quince años y haber muerto, papá. De eso la saco.
—Vamos —dijo en voz alta—. No podemos hacer esperar a la novia.
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La Novia de Aurelia
En las estancias de la princesa Isolda, la atmósfera era muy diferente.
La princesa de Aurelia estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, inmóvil, mientras sus doncellas terminaban los últimos ajustes. Llevaba una hora así, sin moverse, sin hablar, simplemente mirando su reflejo como si no lo reconociera.
El vestido que su hermano le había regalado era, sencillamente, espectacular.
De seda blanca pura, caía desde sus hombros en cascadas de luz, acariciando su figura esbelta hasta perderse en una cola de casi dos metros que se extendía detrás de ella como un río de nubes. Pero lo que hacía único al vestido eran los bordados: hilos de plata que recorrían toda la superficie formando lunas crecientes, estrellas fugaces y constelaciones enteras. Cada luna tenía un pequeño zafiro en su centro, cada estrella un diminuto diamante, de modo que cuando la luz incidía sobre ella, Isolda parecía envuelta en un cielo nocturno.
El corpiño, ajustado pero no incómodo, estaba adornado con perlas y más lunas de plata. Las mangas, largas hasta la muñeca, terminaban en puntas de encaje plateado que cubrían parcialmente sus manos. El velo, de gasa transparente también bordada con estrellas, caía desde una tiara de platino y diamantes con forma de luna llena en el centro, y le cubría el rostro hasta la altura de los labios.
Pero lo que más impresionaba era la propia Isolda.
Su cabello, de un rubio tan pálido que parecía casi blanco, estaba recogido en un elaborado moño bajo, del que escapaban algunos mechones que enmarcaban su rostro como rayos de luna. Sus ojos, de un azul tan claro que a veces parecían grises, miraron su reflejo con una expresión que nadie supo interpretar.
Era hermosa. Pero era una hermosura fría, distante, como la de una estatua de hielo o un ángel caído del cielo. No había calidez en su mirada, no había emoción en su rostro. Solo belleza pura, perfecta, inalcanzable.
—Está... está usted preciosa, princesa —tartamudeó una de sus doncellas.
Isolda no respondió. Siguió mirando su reflejo, preguntándose quién era esa mujer del espejo. Hacía años, tantos que apenas lo recordaba, había sido una niña que reía, que jugaba, que soñaba. Pero esa niña murió, enterrada bajo capas de protocolo, de deber, de soledad.
¿Podría revivir aquí? ¿Podría esta boda, este hombre, esta niña de ojos viejos llamada Lyra, devolverle algo de lo que había perdido?
No lo sabía.
Pero estaba dispuesta a intentarlo.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció Adrián. El príncipe de Aurelia vestía una túnica negra y plateada, y en su rostro había una expresión que Isolda conocía bien: la máscara de cortesía que ocultaba todo lo demás.
—Tía —dijo, acercándose—. Estás... hermosa.
Isolda sonrió ligeramente. Con Adrián, siempre era más fácil. Él también llevaba una máscara. Él también sabía lo que era ocultarse.
—Gracias, Adrián. ¿Has visto al novio?
—Sí —respondió el niño—. Está nervioso, pero feliz. Y Lyra... Lyra está radiante.
Isolda asintió.
—Esa niña es especial, Adrián. Más de lo que imaginas.
Adrián la miró fijamente.
—Lo sé, tía. Lo sé muy bien.
Hubo un momento de silencio cargado de significado. Luego, Isolda extendió la mano y su sobrino la tomó.
—Acompáñame —dijo—. No quiero llegar sola.
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La Ceremonia
La gran capilla de Brumhaven estaba abarrotada. Nobles de ambos reinos, embajadores de tierras lejanas, caballeros de la orden real y altos dignatarios de la Iglesia llenaban cada banco, cada rincón, cada espacio disponible. El altar mayor estaba decorado con flores blancas y azules, y detrás de él, un enorme ventanal representaba a la Luna en todo su esplendor, rodeada de estrellas.
El rey Aldric esperaba junto al altar, con Eryndor a su derecha como testigo y Lyra a su izquierda como dama de honor. Detrás de ellos, el emperador Valerius ocupaba un lugar de honor, su rostro severo suavizado por una sonrisa de orgullo.
Cuando Isolda apareció en la puerta de la capilla, un suspiro colectivo recorrió la asamblea.
Avanzó lentamente por el pasillo central, su vestido susurrando sobre el mármol, su velo flotando como una nube a su alrededor. Del brazo de Adrián, que la guiaba con una seriedad impropia de su edad, parecía una aparición, un sueño hecho carne.
Aldric la miró y sintió que el corazón se le detenía.
Era hermosa. Pero no era solo eso. Era... todo. Era la promesa de un futuro, la posibilidad de no estar solo, la esperanza de volver a amar.
Isolda llegó ante él y Adrián se apartó, yendo a colocarse junto a Lyra. Los dos niños intercambiaron una mirada rápida, un reconocimiento silencioso de que ambos sabían más de lo que aparentaban.
El oficiante comenzó la ceremonia. Las palabras sagradas resonaron en la capilla, mezclándose con el aroma del incienso y la luz de las velas. Los novios intercambiaron votos, promesas, anillos.
Y cuando el oficiante declaró: "Quedan unidos en matrimonio ante los dioses y los hombres", Aldric levantó el velo de Isolda con manos temblorosas.
Ella lo miró a los ojos. Él la miró a ella.
Y por un instante, en ese instante eterno que solo existe en las bodas, los dos vieron algo en el otro que nadie más podía ver.
Aldric vio, detrás de la máscara de hielo, a una mujer asustada que solo quería ser querida.
Isolda vio, detrás de la corona y la túnica, a un hombre bueno que solo quería dejar de estar solo.
Y entonces, él la besó.
No fue un beso apasionado. Fue un beso suave, tierno, casi tímido. Pero cuando se separaron, Isolda sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica.
Y esa sonrisa iluminó la capilla más que todas las velas juntas.
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La Celebración
El banquete nupcial duró hasta bien entrada la noche. Hubo música, hubo bailes, hubo discursos y brindis y risas. Los cocineros de ambos reinos habían colaborado para crear un festín inolvidable: el estofado de ciervo favorito de Aldric compartía mesa con la lubina de Aurelia; el pastel de manzana de Valdris competía con el turrón de miel de Isolda.
Lyra observaba todo desde un lugar estratégico, cerca de la mesa principal pero lo suficientemente apartada para poder ver sin ser vista constantemente. A su lado, Adrián había ocupado un asiento y ambos compartían un plato de frutas mientras observaban a los adultos.
Pero Lyra notaba la ausencia de alguien. Buscó con la mirada hasta que lo encontró.
Eryndor estaba al otro lado de la sala, rodeado de jóvenes nobles que lo miraban con admiración y curiosidad. Su aspecto, tan cambiado desde la transformación, atraía todas las miradas. Algunos susurraban sobre su cabello gris, otros sobre sus ojos de hielo, pero nadie se atrevía a preguntar directamente.
—Tu hermano parece incomodo —observó Adrián, siguiendo su mirada.
—Lo está —respondió Lyra—. No le gusta ser el centro de atención. Prefiere estar conmigo, o con nuestra familia.
—Como yo —dijo Adrián con un dejo de ironía—. Lástima que ser príncipe signifique exactamente lo contrario.
Lyra sonrió y se levantó.
—Ven. Vamos a rescatarlo.
Cruzaron la sala entre los invitados, esquivando criados con bandejas y nobles que intentaban entablar conversación. Cuando llegaron junto a Eryndor, Lyra se colgó de su brazo con naturalidad.
—Hermano —dijo con su voz más dulce—, ¿me concedes este baile?
Eryndor la miró con alivio evidente.
—Por supuesto, pequeña.
Se disculpó con los jóvenes nobles y tomó a Lyra de la mano, llevándola hacia la pista de baile. Adrián los siguió, deteniéndose en el borde, observando.
La música comenzó, una melodía suave y alegre. Eryndor bailaba con su hermana con una gracia sorprendente para su edad, sus movimientos fluidos y naturales. Lyra, a pesar de sus cinco años, lo seguía con una coordinación impropia de una niña tan pequeña.
—Gracias por rescatarme —murmuró Eryndor mientras giraban—. No soportaba más preguntas estúpidas.
—¿Qué te preguntaban?
—Lo de siempre. Que por qué mi pelo es gris, que si me pasa algo, que si es una enfermedad. Uno incluso preguntó si me teñía.
Lyra rió, una risa auténtica que hizo sonreír a su hermano.
—La gente es tonta —dijo—. No entienden lo que no conocen.
—Tú sí entiendes.
—Yo soy especial.
Eryndor la miró con ternura.
—Lo eres, pequeña. Lo eres.
Cuando la canción terminó, Lyra tiró de la mano de su hermano.
—Ahora ven. Quiero que trates con el príncipe Adrián.
Lo llevó hasta donde Adrián esperaba, apoyado contra una columna con expresión de aburrimiento mal disimulado.
—Adrián —dijo Lyra—, aquí está mi hermano Eryndor. Eryndor, trata con Adrián, el príncipe de Aurelia y espero que se lleven bien.
Los dos niños se miraron fijamente. Eryndor, con sus ojos azules profundos, evaluaba al extraño. Adrián, con sus ojos grises, devolvía la evaluación con la misma intensidad.
—He oído hablar de ti —dijo Eryndor finalmente—. Mi hermana dice que podemos confiar en ti.
—Y tu hermana nunca se equivoca —respondió Adrián con una media sonrisa—. Al menos, eso parece.
—¿Bailas? —preguntó Lyra de repente, mirando a Adrián.
El príncipe de Aurelia parpadeó, sorprendido.
—¿Yo? No... no suelo bailar.
—Pues hoy sí —decidió Lyra, tomándolo de la mano—. Es una boda. Hay que celebrar.
Y antes de que Adrián pudiera protestar, Lyra lo arrastró hacia la pista de baile. Eryndor los siguió, riendo por primera vez en toda la noche.
La nueva canción era más animada, un vals rápido que requería movimientos ágiles. Adrián, para su propia sorpresa, resultó ser un buen bailarín. Lyra, en sus brazos, giraba y reía con una alegría que pocas veces mostraba.
Eryndor los observaba desde un costado, una sonrisa en sus labios. Pero no por mucho tiempo.
—Príncipe Eryndor —una voz suave lo llamó.
Se giró y se encontró con una niña de su edad, morena, de ojos verdes y vestido amarillo. Hija de algún noble, supuso, aunque no recordaba su nombre.
—¿Sí?
—¿Me concede este baile?
Eryndor dudó un instante. Luego, recordando las palabras de su padre sobre la importancia de la cortesía con los nobles, asintió.
—Será un honor.
La niña sonrió y lo tomó de la mano, llevándolo hacia la pista. Mientras bailaban, Eryndor notó que ella lo miraba con algo más que cortesía. Había curiosidad en sus ojos, sí, pero también admiración.
—Su pelo es precioso —dijo ella—. Nunca había visto un color así.
—Gracias —respondió Eryndor, incómodo—. Es... especial.
—Todo en usted parece especial —continuó ella, sin apartar la mirada—. He oído que es un gran guerrero, a pesar de su edad.
Eryndor sonrió con modestia.
—Apenas estoy aprendiendo.
—Pues yo quiero verle algún día. En un torneo, quizás.
—Quizás.
Cuando la canción terminó, Eryndor se inclinó cortésmente y se alejó antes de que la niña pudiera pedir otro baile. Buscó a Lyra con la mirada y la encontró riendo con Adrián al borde de la pista, los dos ligeramente acalorados por el baile.
Se acercó a ellos.
—¿Disfrutando? —preguntó.
—Mucho —respondió Lyra, sonriente—. Adrián baila muy bien para ser un chico tan serio.
Adrián puso los ojos en blanco, pero sonreía.
—Y tú bailas bien para ser una niña de cinco años que debería estar en la cama.
—Verdad.
Eryndor rió y pasó un brazo por los hombros de su hermana.
—Vamos, pequeña. Un baile más conmigo y luego te llevo con papá.
—¿Solo uno?
—Solo uno. Prometo que será el mejor.
Lyra aceptó y los hermanos volvieron a la pista. Esta vez, la canción era lenta, romántica, y aunque ellos solo eran niños, había algo entrañable en verlos bailar juntos, tan unidos, tan cómplices.
Desde el borde, Adrián observaba con una expresión que nadie habría sabido interpretar. Había nostalgia en sus ojos, quizás, o envidia. O tal vez solo el anhelo de tener lo que ellos tenían: un hermano, una hermana, una familia que se quería de verdad.
Lyra, al girar, lo vio. Y en ese momento, tomó una decisión.
Cuando la canción terminó, se acercó a Adrián y le tendió la mano.
—Ven —dijo—. Baila con nosotros.
—¿Los tres? —preguntó Adrián, confundido.
—Los tres.
Y antes de que pudiera protestar, Lyra lo tomó de una mano y Eryndor, comprendiendo, lo tomó de la otra. Y así, los tres niños comenzaron a bailar en círculo, riendo, girando, como si no hubiera un mañana, como si el mundo fuera solo suyo.
Los invitados los miraban con sonrisas tiernas. Los reyes, desde la mesa principal, observaban la escena con el corazón encogido.
—Mira —dijo Isolda suavemente, señalando—. Tu hija, mi sobrino, tu hijo. Los tres.
Aldric sonrió y apretó la mano de su esposa.
—Los tres —repitió—. El futuro.
Y en ese futuro, pensó, quizás todo sería posible.
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El Final de la Noche
Cuando la fiesta comenzó a decaer y los niños, finalmente vencidos por el cansancio, fueron llevados a sus habitaciones, Lyra apenas podía mantener los ojos abiertos. Nana Elle la desvistió con suavidad, la arropó en su cama y le dio un beso en la frente.
—Duerme, princesita. Ha sido un gran día.
Lyra asintió, pero antes de cerrar los ojos, miró por la ventana.
La luna seguía ahí, brillando con esa luz plateada que tanto amaba.
"¿Loba?", pensó.
"Estoy aquí", respondió la voz cálida en su mente. "Siempre estoy aquí."
"Ha sido un día perfecto."
"Lo sé. Lo he visto todo a través de tus ojos."
"¿Crees que podremos mantenerlos a salvo? ¿A papá, a Eryndor, a Isolda, a todos?"
Hubo una pausa. Luego, la respuesta llegó, serena y firme.
"No lo sé, Lyra. El futuro nunca está escrito. Pero si alguien puede cambiarlo, esa eres tú. Y ahora tienes aliados. Eryndor. Adrián. Tu red. Incluso Isolda, aunque ella no lo sepa todavía."
"¿Será suficiente?"
"Tendrá que serlo."
Lyra sonrió y cerró los ojos.
En sus sueños, bailó con su loba bajo la luz de la luna, libre y feliz.
Y en algún lugar, en lo más profundo de la noche, Selene sonrió.
Su elegida estaba haciendo las cosas bien.