Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 17
El invierno en Nueva York tiene una forma de morder que te recuerda que estás viva, pero dentro de la mansión Blackwood, el frío solo existía si yo lo permitía. Me desperté antes de que el reloj de caoba del pasillo diera las seis, envuelta en el aroma a sándalo y poder que emanaba de Alexander. Él ya no estaba a mi lado; su lado de la cama estaba frío, pero el eco de su presencia seguía vibrando en las paredes de seda de la suite.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad se extendía bajo mis pies como un tablero de ajedrez donde yo, finalmente, era la reina. Atrás quedaban los días en que el hambre era mi única compañera. Hoy, mi único apetito era la justicia.
Escuché el sonido de la puerta del vestidor abrirse. Alexander salió abrochándose los puños de una camisa de hilo blanco, impecable, letal. Se detuvo al verme de pie, con el camisón de encaje negro cayendo como una sombra sobre mi cuerpo. Sus ojos oscuros recorrieron mi silueta con una lentitud que me hizo sentir un calor repentino, un contraste violento con el cristal frío que mis dedos rozaban.
—Hoy es el día de la inspección en la Fundación, Luna —dijo Alexander, su voz profunda resonando en el silencio matutino—. Liam ha estado intentando desviar fondos de la gala benéfica para cubrir sus deudas en el club de apuestas. Cree que no nos hemos dado cuenta.
—Él siempre subestima a las mujeres que tiene cerca —respondí, acercándome a él. Puse mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido constante y poderoso de un hombre que no conoce el miedo—. Pero se olvida de que ahora yo firmo sus cheques.
Alexander me tomó de la nuca, sus dedos enredándose en mi cabello desordenado. Me atrajo hacia él con una urgencia que no tenía nada de protocolaria. Sus labios buscaron los míos en un beso que sabía a posesión y a una alianza inquebrantable. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo, recordándome que, aunque el mundo nos viera como socios de una dinastía, en la oscuridad éramos fuego puro.
—Haz que se arrodille, Luna —susurró contra mi oído—. No por mí, sino por la chica que dejó tirada con un billete de cien dólares. Que entienda que el precio de su traición es su propia libertad.
Me soltó, dejándome con el pulso acelerado y una determinación renovada. Me vestí con un traje de chaqueta color burdeos, un tono que evocaba vino y sangre, y me preparé para la función.
A las diez de la mañana, el salón de conferencias de la mansión estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo de plata. Liam estaba sentado al final de la mesa, rodeado de carpetas que intentaba hacer pasar por informes legítimos. Elena Miller estaba a su lado, luciendo un collar de perlas que, según mis registros, Liam no debería haber podido pagar.
Entré con Alexander, pero él se quedó de pie junto al ventanal, observando como un halcón. Yo ocupé la cabecera.
—Buenos días —dije, mi voz fluyendo con una calma gélida—. Liam, he estado revisando los extractos de la cuenta de gastos de la Fundación Miller-Blackwood. Hay un desfase de cincuenta mil dólares en el concepto de "logística".
Liam palideció, pero intentó mantener la compostura.
—Son gastos necesarios, Luna. La gala requiere un nivel de excelencia que quizás tú... bueno, todavía estás aprendiendo.
Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, afilada.
—Lo que he aprendido, sobrino, es que la excelencia no se paga en mesas de póker clandestinas en Nueva Jersey. Tengo los recibos de los retiros en efectivo. Y casualmente coinciden con las fechas de tus "reuniones de logística".
Elena soltó un grito ahogado y miró a Liam con una mezcla de horror y furia.
—¡Liam! Dijiste que ese dinero era para el depósito de nuestro viaje a Saint-Tropez.
—Silencio, Elena —sentenció Alexander desde el fondo, su voz haciendo que ella se encogiera en su silla.
Me levanté y caminé hacia Liam. Me detuve justo detrás de él, apoyando mis manos en sus hombros. Sentí cómo se tensaba, cómo su respiración se volvía errática. Me incliné hacia su oído, permitiendo que el aroma de mi perfume —ese jazmín oscuro que Alexander tanto amaba— lo asfixiara.
—Ese dinero no era tuyo, Liam —susurré—. Era de los huérfanos que tanto dices querer ayudar en tus discursos. A partir de hoy, tu tarjeta de crédito Blackwood queda cancelada. Recibirás una asignación semanal en efectivo. Y cada centavo deberá ser justificado con un ticket.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Liam, levantándose y encarándome.
—Puedo, y lo hago —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Porque yo soy la Matriarca. Y tú eres simplemente un empleado con un apellido que te queda grande. Si vuelves a alzarme la voz, le pediré a Alexander que te retire el uso del apellido. ¿Cómo crees que te tratarán los Miller si solo eres Liam, el chico sin un centavo?
Vi el miedo en sus ojos. Un miedo puro, visceral. Se sentó de nuevo, derrotado.
Esa noche, el silencio de la mansión se sentía como un triunfo. Alexander y yo cenamos en la terraza acristalada, viendo cómo la nieve cubría el jardín. La cena fue breve; el hambre que sentíamos no era de comida.
Subimos a la suite principal en silencio. Alexander cerró la puerta y me arrinconó contra la madera tallada. Sus manos buscaron las mías, entrelazando nuestros dedos mientras me inmovilizaba con su cuerpo.
—Lo has destruido hoy —dijo, su mirada ardiente fija en la mía—. He visto cómo le temblaban las manos.
—Es solo el principio —respondí, mi respiración agitada—. Quiero que sienta cada gramo de la humillación que yo sentí. Quiero que me vea en cada rincón de su vida y sepa que nunca podrá escapar de mi sombra.
Alexander soltó mis manos para recorrer con sus dedos el contorno de mi rostro. Su tacto era fuego líquido. Desabrochó lentamente los botones de mi chaqueta, sus ojos nunca abandonando los míos. La sensualidad de ese momento no nacía solo del deseo, sino de la complicidad absoluta en nuestro juego de poder.
—Eres una Blackwood de pies a cabeza, Luna —susurró él, bajando la cremallera de mi falda—. Y eres mi mujer.
Me entregué a él con una ferocidad que solo el poder puede alimentar. En la penumbra de la habitación, mientras la nieve caía afuera, Alexander me recordó por qué él era el único hombre capaz de domar mi rabia. Sus manos marcaron mi piel con una urgencia que me hacía olvidar el mundo, dejando solo el ritmo de nuestra respiración y el calor de una unión que era tanto un pacto de sangre como un acto de pasión.
Cada roce, cada movimiento suyo era una reafirmación de que yo ya no era la chica del orfanato. Era la mujer que gobernaba el imperio junto al hombre más poderoso de la ciudad. Y mientras me perdía en el placer de su abrazo, una parte de mí deseaba que Liam, en su ala fría de la mansión, pudiera escuchar el eco de nuestra felicidad, sabiendo que lo que él despreció ahora era el tesoro más preciado de su tío.
el fuego de la chimenea extinguiéndose, dejando solo las cenizas de un pasado que ya no tenía poder sobre mí. Liam estaba bajo mi bota, y Alexander... Alexander era mi corona.