Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XVI
En una de las salas de descanso, un mensajero llega por parte del marqués de Sael.
—Lady Cecilia está en espera de su majestad, el emperador Evans.
Evans tenso la mandíbula. Aprento más la taza de té. Miró a Rubí en busca de algún gesto. Sin embargo, en ella solo había calma. Con los ojos cerrados, dice.
—Vaya. Tienes entretenimiento.
—No lo vería de esa forma. Más bien, una piedra en el camino.
— Entonces, sácala de tu sendero. Resuélvelo —dijo, sin rastro de celos ni dramatismo—. Yo no intervendré… a menos que sea necesario.
Rubí fue clara y breve cuando miró a Evans.
Evans asintió. No porque dudara, sino porque entendía lo que ella estaba haciendo. Le estaba dando espacio para cerrar una herida vieja. Y también para probar algo más profundo: su lealtad no nacía del deber, sino de los hechos.
Cecilia fue instalada en una de las salas laterales, un salón elegante, sobrio, preparado para visitas distinguidas que no merecían el honor de los aposentos principales. Té servido, cortinas cerradas, guardias discretamente apostados a una distancia prudente. Todo impecable. Todo frío.
Entró solo. Cecilia se levantó en cuanto lo vio. Su vestido azul turquesa caía perfecto sobre su figura, demasiado perfecto para alguien que afirmaba haber llegado por afecto. Sonrió con esa dulzura calculada que hace tiempo había sabido usar tan bien. La misma sonrisa que había precedido a la traición.
— Evans… —dijo, avanzando un paso—. Sabía que vendrías.
Él no respondió de inmediato. Cerró la puerta tras de sí y permaneció de pie, sin invitarla a sentarse, sin acercarse.
— Dime qué quieres —dijo con voz seca—. No tengo tiempo para rodeos.
Cecilia parpadeó, sorprendida solo por un segundo. Luego recompuso su expresión, ofendida de forma elegante.
— Siempre tan directo… —suspiró—. Pensé que después de todo lo que compartimos…
— No compartimos nada —la interrumpió—. Ya no.
El silencio se tensó. Cecilia apretó los labios, pero no retrocedió. Caminó lentamente hacia la mesa, tomó la taza de té sin beberla, solo miró su líquido contenido.
— Estoy sola, Evans —dijo, bajando la voz—. No tengo a nadie. El mundo es cruel con las mujeres que no tienen protección.
Evans la miró fijamente. No vio fragilidad, solo engaño.
— No me mientas —respondió—. Fuiste buena fingiendo necesidad conmigo hace tiempo.
La sonrisa de Cecilia se endureció apenas.
— Entonces no lo haré. Seré directa como quieres —dijo—. Deseo que me conviertas en tu concubina.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
— Sé que ahora eres emperador —continuó—. Sé que tu esposa es poderosa. No pretendo ocupar su lugar. Solo… un espacio. Un techo. Seguridad. Tú siempre fuiste generoso conmigo. Me amaste como ninguna y se que lo sigues haciendo.
Evans dio un paso al frente, lo justo para que ella entendiera que no estaba dispuesto a escuchar más.
— Te equivocas —dijo—. Nunca fui generoso. Fui ingenuo. Y tú te aprovechaste. Pero en algo te doy la razón. Te amé. Te amé demasiado como para no entender la consecuencia... Ahora, solo te aborrezco como nunca lo he hecho.
Cecilia frunció el ceño.
— ¿Eso es todo? ¿Sientes rencor por mi solo por tomar un camino diferente? —rió con suavidad—. Pensé que el poder te habría hecho más… práctico.
— El poder me enseñó a reconocer la basura cuando intenta volver —respondió sin elevar la voz—. Y a no tocarla.
Ella apretó la taza con fuerza.
— No tengo dinero —soltó al fin, dejando caer la máscara—. Nada. Me usaron, Evans. Me dejaron cuando ya no servía. Tú eres mi única opción.
Evans no sintió compasión. Solo una confirmación amarga.
— No eres mi problema —dijo—. Y nunca volverás a serlo.
Se giró hacia la puerta.
— Márchate hoy mismo —añadió—. Si sigues insistiendo, enfrentarás consecuencias.
Cecilia dio un paso rápido y lo abrazó.
Fue un gesto repentino, desesperado, pegajoso. Sus brazos rodearon su torso, su cuerpo se presionó contra el de él con una familiaridad que ya no existía. Evans quedó rígido. No por deseo, sino por rabia contenida.
Durante un segundo eterno no se movió.
Luego, con dureza, la apartó.
— No vuelvas a tocarme —dijo, con una frialdad que heló la habitación.
Cecilia lo miró, respirando agitada.
— ¿Consecuencias? —se burló—. ¿De quién? ¿Tuyas?
Evans sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable.
— No —respondió—. De mi emperatriz.
Cecilia soltó una carcajada corta.
— ¿Ella? —dijo—. ¿Crees que me asusta una mujer que comparte la migajas que le das?
Evans abrió la puerta.
— Lárgate ya.
— Te daré tiempo para pensarlo —concluyó ella, caminando hacia la salida—. No siempre estuve equivocada contigo, Evans. Ámame como antes y no te arrepentirás.
Él no respondió. No valía la pena. Aunque si le dejó en claro.
— No te amo. Y jamás volveré a sentir eso por tí.
Cecilia se retiró con la cabeza en alto, convencida de que aún tenía ventaja.
No vio a Rubí, aunque ella siempre estuvo ahí. No detrás de una cortina. No escondida de forma torpe. En las sombras profundas de la habitación, donde la luz no alcanzaba. Había escuchado cada palabra. Las mentiras. Los intento de acercamiento y sobretodo, subestimarla.
Su expresión no era de furia. Era peor. Era calma absoluta.
Cuando Evans salió, la vio de inmediato. Sus miradas se encontraron. Él no se sobresaltó. Tampoco se justificó.
— Ella se irá —dijo Evans—. O aprenderá por las malas.
Rubí sonrió apenas. No fue una sonrisa dulce.
— Eres mi esposo, Evans.—dijo colocándose en punta, para tomarle el caballo y jalarlo hacía atrás—. Y solo mío hasta que la muerte nos separe.

Evans tomó su cabeza, a diferencia de que lo hace con gentileza. Y susurró en sus labios.
— Vamos a la cama y me lo dices con esa actitud que me enloquece.
—Masoquista.— lo besa ferozmente. Mientras que la abraza con fuerza.
En aquel pasillo. Cecilia miraba con rabia al punto de romperse los labios de tanto apretarlo.