Historia romántica
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Capítulo 13
Después de la noche en la que apareció Marcos, algo cambió entre Elena y Martín. No se dijeron directamente que estaban celosos, ni que tenían miedo de perderse, pero se notaba en la forma en que se buscaban, en los mensajes a cualquier hora, en la necesidad de saber dónde estaba el otro.
Se estaban volviendo importantes. Muy importantes.
Esa semana Elena empezó un trabajo nuevo en una editorial pequeña que tenía oficinas arriba de una librería grande del centro. Era una oportunidad que había esperado mucho tiempo. El primer día llegó nerviosa, con una carpeta contra el pecho y esa sensación de empezar algo nuevo.
La secretaria la hizo pasar a una oficina.
—El jefe ya llega —le dijo.
Elena se sentó, miró alrededor, acomodó su pelo, respiró hondo.
La puerta se abrió.
Y el mundo se le quedó quieto.
Marcos entró a la oficina y se quedó igual de sorprendido que ella.
—No… puede ser —dijo él.
Elena se puso de pie lentamente.
—¿Vos sos… el jefe?
Marcos soltó una risa corta, sin humor.
—Sí. Soy el jefe.
El silencio fue incómodo, pesado, lleno de recuerdos que ninguno había pedido volver a tener enfrente.
—No sabía que ibas a venir a trabajar acá —dijo él.
—Yo tampoco sabía que trabajabas acá —respondió ella.
Se miraron unos segundos sin saber qué decir. Finalmente Marcos habló en un tono más profesional.
—Bueno… tratemos de que esto no sea incómodo. Sos buena en lo que hacés, por eso te contrataron. Lo personal queda afuera.
Elena asintió.
—Sí. Afuera.
Pero los dos sabían que no iba a ser tan fácil.
Esa noche Elena fue a la casa de Martín. Apenas abrió la puerta, él la miró y se dio cuenta de que algo pasaba.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Elena dejó el bolso y lo miró en silencio unos segundos.
—Mi jefe… es Marcos.
Martín se quedó quieto.
—¿Tu ex Marcos?
—Sí.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó él.
—Sí.
Martín se pasó la mano por el pelo, nervioso.
—No me gusta nada.
—A mí tampoco —dijo Elena—. Pero es trabajo.
Martín la miró. Había celos en su mirada, pero también miedo.
—Ese tipo te quiso mucho tiempo —dijo él—. Y no me gusta tenerlo cerca tuyo todos los días.
Elena se acercó y le tocó la cara.
—Pero yo estoy con vos.
Martín la miró a los ojos.
—Decímelo otra vez.
—Estoy con vos.
Él la abrazó fuerte, como si realmente tuviera miedo de que algo cambiara. Elena sintió esa intensidad otra vez, esa forma que tenía Martín de quererla con todo el cuerpo, con todo el corazón.
Se besaron. Primero lento, después con más ganas, como si los dos necesitaran sentirse cerca después de esa noticia. Martín la levantó apenas y ella rodeó su cintura con las piernas, sin dejar de besarlo.
Los besos bajaron por su cuello, por su hombro, despacio, haciéndola cerrar los ojos y respirar hondo. Elena le acariciaba la espalda, el pelo, la cara, como si necesitara tocarlo para quedarse tranquila.
—No me gusta compartirte con ese tipo todos los días —murmuró Martín.
—No me compartís con nadie —respondió ella en voz baja—. Soy tuya.
Martín la miró con una intensidad que la hizo estremecer.
La besó otra vez, más lento, más profundo, y la llevó despacio hacia la habitación. No había apuro, no había ansiedad, solo esa necesidad de estar cerca, de sentirse, de confirmarse que estaban juntos.
Se besaron largo rato, recorriéndose con las manos, con calma, con deseo, como si cada beso fuera una forma de decir “estoy acá”.
Esa noche no fue solo pasión.
Fue necesidad.
Fue celos.
Fue amor empezando a volverse algo peligroso.
Porque cuando el amor se mezcla con los celos y la obsesión, la historia siempre cambia.
Y ellos todavía no sabían cuánto.