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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mis Deseos...

...21...

El aire de Los Ángeles esta noche está cargado de calor y expectación. Puedo sentirlo en mi piel, pegándome la camisa blanca bajo mi traje negro como una segunda piel. Hemos estado preparándonos para esta gala desde hace días —revisando rutas, coordinando con la seguridad del lugar, verificando cada detalle hasta el más mínimo. Ophelia es la benefactora principal de la exposición y subasta de arte, así que su presencia no es solo importante, es esencial. Y mi responsabilidad es asegurarme de que nada, absolutamente nada, pueda ponerla en peligro.

Me encuentro en el vestíbulo de la mansión, revisando por tercera vez mis equipos —comunicador oculto en el oído, pistola en la funda debajo del saco, portablanzas en la manga izquierda. Mis manos son firmes, estables, como siempre. Pero en mi interior, la tensión vibra como una cuerda de piano afinada al límite. Sé que cuando ella aparezca, todo mi entrenamiento será puesto a prueba.

Y entonces la veo.

Ella desciende las escaleras principales como si fuera una diosa que decide honrar al mundo mortal con su presencia. El vestido de verde esmeralda profundo con acabado satinado se desliza sobre su figura como agua sobre mármol pulido, ajustándose a cada curva con una perfección que me roba el aliento. El corte ajustado marca su cintura con precisión quirúrgica, y la tela cae hasta el suelo en una caída tan limpia y silenciosa que parece no tocar el suelo en absoluto. El cuello alto le da un aire aristocrático, clásico, mientras que el brillo sutil de la tela crea sombras que siguen cada movimiento de su cuerpo como si la luz misma quisiera adorarla.

No necesita más adornos, pero los que lleva son perfectos. Pendientes de oro en forma de lágrima capturan la luz cada vez que mueve la cabeza, enmarcando su rostro con destellos discretos. Un brazalete entrelazado rodea su muñeca con una elegancia que parece natural, como si siempre hubiera estado ahí. El bolso verde con asa dorada complementa el conjunto sin sobresalir, y sus tacones negros con detalles geométricos en oro estilizan su postura hasta hacerla parecer inalcanzable.

Ella es poderosa. Sofisticada. Una feminidad que no busca llamar la atención, pero que la domina de manera inevitable. Siento cómo mi mandíbula se tensó, cómo mi mano se cerró en un puño involuntariamente antes de que pueda controlarla. Tengo que respirar hondo, recordar quién soy, qué hago aquí. Soy su guardaespaldas. Nada más.

—Estás espectacular, señorita —digo cuando ella llega al final de las escaleras, mi voz más grave de lo que pretendía.

Ella sonríe, y en sus ojos ámbar veo una mezcla de timidez y seguridad que me desarma.

—Gracias, Luke —susurra—. Espero que esta noche todo vaya bien.

—Lo hará —aseguro, extendiendo la mano para ayudarla con el vestido al salir hacia el auto blindado—. Estoy aquí para eso.

El viaje hasta el lugar del evento es silencioso por lo más parte. Yo mantengo la vista fija en el camino, escaneando cada vehículo que nos acompaña, cada esquina que pasamos. Pero siento su mirada en mí de vez en cuando, y cada vez que eso pasa, siento cómo el calor se acumula en mi pecho, cómo mis dedos se aprietan en el volante con más fuerza.

Llegamos al centro de convenciones, donde los focos de los fotógrafos destellan como estrellas caídas. Yo me bajo primero, revisando el perímetro con eficiencia antes de abrirle la puerta a Ophelia. La multitud comienza a murmurar cuando ella aparece, y no puedo culparlos —ella es la imagen misma del lujo y la elegancia, una figura que parece haber sido creada para estos momentos.

Durante las primeras horas de la gala, mantengo mi posición a dos pasos de distancia, como siempre. Observo cómo se mueve entre los invitados, cómo su voz suave pero clara se hace escuchar cuando habla de los artistas, de la fundación, de la importancia de apoyar el arte contemporáneo. Mi oído entrenado escanea cada conversación, cada ruido fuera de lugar, cada mirada que se detiene demasiado tiempo en ella. Soy profesional, frío, calculador —todo lo que debería ser.

Pero entonces él aparece.

Adrian Whitmore llega con su cabello rubio perfectamente peinado, su traje de trapo gris claro ajustándose a su figura delgada como un guante. Se acerca a Ophelia con una sonrisa que parece más una mueca de satisfacción que de afecto, y antes de que ella pueda reaccionar, sus manos ya están sobre ella —sujetándola por la cintura, acercándola hasta que sus cuerpos casi se tocan.

—Mi amor —dice él, y la palabra suena falsa en mis oídos—. Te he estado buscando. Eres la belleza de la noche, como siempre.

Yo me mantengo en mi puesto, pero siento cómo la ira caliente recorre mi cuerpo como lava. Veo cómo su mano se desliza por la espalda de Ophelia, cómo sus dedos rozan la piel descubierta entre el cuello alto del vestido y la línea de su pelo. Veo cómo la acerca aún más, cómo su rostro se acerca a su cuello, cómo sus labios se posan sobre su piel en un beso que parece más una marca de posesión que un gesto de amor.

Ophelia sonríe, pero puedo ver la tensión en sus hombros, la forma en que se tuerce ligeramente como si quisiera alejarse sin ser grosera. Pero él no se da cuenta, o simplemente no le importa. Sus manos continúan moviéndose —por su espalda, por sus brazos, por su cadera— como si ella fuera un objeto que pertenece exclusivamente a él. Besa su mejilla, luego su cuello, luego su boca, y esta vez el beso es profundo, prolongado, como si quisiera demostrarle a todo el mundo quién es el que tiene derecho a ella.

Mi mandíbula está tan apretada que siento que mis dientes pueden romperse. Mis manos se cierran en puños tan fuertes que mis nudillos se vuelven blancos como la nieve. Tengo que hacer un esfuerzo titánico para no intervenir, para recordar que no soy nadie en su vida más que su guardaespaldas. Que él es su pareja, que tiene derecho a estar cerca de ella de esa manera.

Pero cada caricia, cada beso, cada gesto posesivo que él hace, es como un puñal que se clava en mi pecho una y otra vez. Veo cómo la tela del vestido verde se ajusta aún más a su figura cuando él la sostiene, cómo los destellos dorados de sus accesorios brillan bajo las luces de la gala, cómo su rostro se vuelve pálido por la incomodidad que intenta ocultar.

Durante el resto de la noche, tengo que soportar lo insoportable. Veo cómo él la acompaña por toda la sala, cómo sus manos nunca dejan de tocarla de una manera u otra, cómo la mira con ojos que parecen querer devorarla entera. Veo cómo los demás invitados miran con aprobación o envidia, cómo nadie se da cuenta de la tensión que hay en cada uno de sus movimientos, en cada una de sus sonrisas forzadas.

Yo sigo haciendo mi trabajo. Reviso el perímetro cada media hora, coordino con la seguridad del lugar, me aseguro de que no haya ninguna amenaza visible. Pero mi mente está en ella todo el tiempo —en la forma en que se mueve para escapar de las manos de Adrian, en la manera en que busca mi mirada de vez en cuando como si buscara refugio, en el pequeño tatuaje de rosa que sé que está ahí, bajo la tela de su vestido, esperando a ser descubierto.

Sé que no tengo derecho a sentir lo que siento. Sé que estoy cruzando líneas que nunca deberían haber sido tocadas. Pero en esta noche calurosa de Los Ángeles, mientras mi protegida es acariciada y besada por un hombre que no parece valorar lo que tiene, yo me quedo en las sombras, luchando contra los deseos que me consumen y la furia que me quema por dentro. Y sé que esta guerra dentro de mí solo está comenzando.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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