Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 9
Enzo guardó un largo silencio. Los ojos de Erza y Elora pendían de su respuesta, brillantes, con una sonrisa que apenas podían contener. Dos pares de ojos que depositaban toda su felicidad en una sola palabra: vacaciones. Algo que para él se había vuelto un lujo tan caro como el tiempo mismo.
—¿Papi? —lo llamó Erza quedito; en su voz se filtraba una angustia que intentaba disimular.
Enzo tragó saliva. En su cabeza se apiñaban juntas de directivos, viajes de negocios y plazos de entrega. Durante el mes siguiente no tenía prácticamente un solo día libre. Ni siquiera los fines de semana. Miró a Azalea.
Ella captó su vacilación con solo observarle un suspiro. Sonrió apenas y dijo con suavidad: —Si no puedes todavía, no pasa nada.
Pero en el fondo de sus ojos, Enzo lo supo: Azalea estaba protegiéndolo a él y, al mismo tiempo, amortiguando la caída para los niños.
—Todavía... no sé —respondió Enzo al fin. Honesto, pero doloroso.
El rostro de Elora se apagó un poco. Erza bajó la cabeza, esforzándose por parecer maduro, aunque la decepción se le colaba por todas partes.
Esa noche, cuando los niños se durmieron, Azalea se sentó sola en la terraza trasera. La brisa nocturna le rozaba la piel, arrastrando el susurro de las hojas. Pensaba en la sonrisa forzada de Erza. En Elora abrazando la almohada más fuerte que de costumbre.
Estos niños no necesitan una playa ni un hotel de lujo, reflexionó. Solo quieren estar juntos.
A la mañana siguiente, mientras Enzo se alistaba para ir a la oficina, Azalea lo abordó con un plan sencillo. —Enzo —empezó, cautelosa—, si no se puede ir lejos, ¿qué tal si acampamos? Aquí en el jardín de atrás.
Enzo se quedó perplejo. —¿Acampar?
—Sí. Una tienda pequeña, dormir todos juntos. Los niños nunca lo han experimentado, ¿verdad?
Enzo imaginó un momento el extenso jardín trasero. Nunca se le había dado uso real. —¿En nuestra propia casa? —preguntó, dudoso.
Azalea sonrió. —Las vacaciones no son cuestión de lugar. Son cuestión de compañía.
La frase le resonó hondo en el pecho.
Esa misma noche, Enzo encargó el equipo de campamento. El día libre tan esperado por fin llegó. Al enterarse del plan, Erza y Elora estallaron de emoción.
—¿Acampar? ¿Como en la tele? —preguntó Erza, incrédulo.
—¿Vamos a dolmil en una tienda? —Elora abrazó a Azalea con fuerza—. ¿Todos juntos?
Azalea asintió, riendo. —Sí. Una tienda. Una familia.
Familia. Esa palabra hizo que Enzo se detuviera un instante. Hasta entonces, apenas había sentido lo que significaba estar juntos de verdad.
De regreso del trabajo, Enzo trajo el auto repleto de provisiones. Ramón lo ayudó a montar la tienda de campaña en el jardín trasero.
Erza y Elora tenían la intención de colaborar, pero terminaron persiguiéndose alrededor de la tienda entre carcajadas.
—¡Sujeten la cuerda! —gritó Ramón.
Elora se rio y se escondió detrás de un poste.
Azalea y Amina prepararon la carne para la parrillada en la cocina de afuera. Marinaron la carne, limpiaron los elotes. El aroma de las especias empezó a dispersarse, mezclándose con el aire del atardecer.
Cuando el sol se hundió, encendieron el fuego. Enzo se plantó frente a la parrilla, dando vuelta a la carne y a los elotes. De tanto en tanto soplaba las brasas con un abanico pequeño.
—¡Papi es buenísimo! —exclamó Elora.
Erza asintió, henchido de orgullo. —Sí. Papi se ve genial.
—¡Claro que sí! —Enzo soltó una risita. Una risa que antes era casi imposible escucharle.
Azalea los observaba desde cerca, con el corazón tibio. Veía a Enzo genuinamente presente; no solo su cuerpo, sino también su alma.
Comieron sentados en un petate, bromeando, peleándose por los elotes asados.
—Mami, el mío se quemó —protestó Elora.
—Lo quemadito sabe dulce —contestó Azalea con una sonrisa.
—El mío sí está dulce —dijo Erza, blandiendo su elote—. ¿El tuyo también está dulce, Papi?
—Dulce —respondió Enzo, sonriendo.
La noche avanzó. Luces diminutas rodeaban la tienda, creando un ambiente acogedor.
Erza y Elora entraron primero. Se acostaron en el centro, cara a cara, todavía con risitas. Azalea se tendió del lado derecho y Enzo del izquierdo.
La distancia entre ellos se mantuvo al principio, pero los niños no paraban de moverse. Elora rodó hacia Azalea. Erza la siguió, buscando una postura cómoda.
Mientras dormían, Erza se deslizó sin darse cuenta hacia Enzo. Elora hizo lo propio, empujando suavemente.
Azalea despertó a medias al sentir un calor ajeno junto a ella. Su mano rozó el pecho de Enzo. Quiso retirarse, pero el cuerpecito de Elora le presionaba la espalda y no la dejaba moverse. La respiración de Enzo le llegaba a la coronilla.
Enzo abrió los ojos. Se quedó inmóvil al percatarse de que Azalea estaba ahora entre sus brazos, atrapada entre los dos niños profundamente dormidos. Podía haberse movido, pero no lo hizo.
Esa noche, bajo un cielo cuajado de estrellas y la luz tenue de los farolitos, Enzo experimentó algo desconocido y cálido a la vez. No era deseo. Era una sensación de haber llegado a casa.
Azalea, en su duermevela, murmuró bajísimo, como si rezara: —Ya Allah... gracias.
El día aún estaba oscuro. El rocío pendía de las puntas del pasto en el jardín. El aire frío se colaba por los pliegues de la tienda, trayendo olor a tierra mojada y a carbón de la parrillada de anoche. Enzo despertó primero. Los párpados se le abrieron despacio y lo recibió una imagen que le llenó el pecho de calidez y de opresión al mismo tiempo.
Azalea. La mujer seguía dormida entre sus brazos. El cabello algo revuelto, el borde del hiyab suelto, rozándole el torso. Su rostro lucía en completa paz; muy distinto de la mujer que por lo general se mostraba fuerte y cargaba sus heridas a solas.
Sobre su pecho, Elora dormía abrazada al brazo de Azalea. Y Erza se acurrucaba contra el costado de Enzo, aferrado a su camiseta como si temiera que lo soltaran.
Enzo contuvo la respiración. Aquello era demasiado cálido para llamarlo coincidencia. Hasta entonces, dormir siempre fue un asunto solitario. Pero esa mañana despertó sintiéndose completo; entero; algo que ni siquiera sabía que le faltaba.
Su brazo se tensó ligeramente por reflejo, protegiendo a Azalea para que no quedara aplastada cuando Elora se moviera. Ese gesto mínimo bastó para despertarla. Los ojos de Azalea se abrieron poco a poco, y se agrandaron de golpe al darse cuenta de su posición. Estaba en los brazos de Enzo. Se le cortó el aliento. La cara le ardió. El corazón le galopó.
—En... —la voz apenas le salió.
Enzo aflojó el abrazo de inmediato. —Perdón —dijo rápido, como temiendo un malentendido—. Los niños, se fueron moviendo toda la noche.
Azalea asintió despacio, trató de incorporarse, pero Elora gimió y la abrazó más fuerte.
—Mami... —musitó Elora entre sueños.
Azalea se quedó quieta.
Enzo también.
Al final, Azalea volvió a recostarse, esta vez con un margen algo más prudente. Pero la tibieza ya se le había grabado en la piel, en el pecho, en los sentimientos.