Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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La invitación
La música llenaba el salón, pero yo apenas la escuchaba.
Sentía la mirada de Isabella en la espalda como una presión constante, invisible para cualquiera que no supiera reconocer el peligro. No era celos. No era curiosidad. Era cálculo. Y eso era peor.
Adrián se apartó apenas del balcón para atender una llamada. Aproveché esos segundos para recomponerme. Enderecé los hombros, relajé el gesto, volví a ser Emilia Cruz. La mujer tranquila. La que no tenía nada que esconder.
—Emilia.
Me giré.
Isabella estaba sola ahora, sin sonrisa, sin público. Eso ya era una señal.
—¿Sí? —respondí.
—Me preguntaba si te sentirías cómoda acompañándome un momento —dijo, señalando un pasillo lateral—. Hay algo que quiero mostrarte.
No era una invitación.
Era una orden disfrazada.
Asentí.
Caminamos juntas por el pasillo alfombrado. Nuestros tacones resonaban de forma distinta: los míos, firmes; los suyos, seguros. Isabella abrió la puerta de una pequeña sala privada y entró sin mirar atrás.
—Cierra —pidió.
Lo hice.
El silencio se instaló entre nosotras como un tercer personaje.
—Eres muy buena en lo que haces —dijo, cruzándose de brazos—. Demasiado buena para alguien que apareció hace tan poco.
—A veces solo es cuestión de oportunidad —respondí.
Sonrió apenas.
—Eso mismo pensó mi hermana.
Mi pulso se aceleró, pero no lo dejé ver.
—¿Tu hermana? —pregunté—. Lo siento, no sabía que—
—Valeria —interrumpió—. Mi hermana Valeria.
El nombre cayó como una bomba suave. Sin ruido. Con daño interno.
—Era brillante —continuó—. Encantadora. Todos la querían.
—Parece que la admirabas mucho —dije con cuidado.
—La admiraba —corrigió—. Hasta que empezó a creer que podía salirse del lugar que le correspondía.
Ahí estaba.
La verdad sin maquillaje.
—La familia es complicada —respondí—. Todos tenemos nuestras heridas.
Isabella dio un paso hacia mí.
—Por eso te digo esto como un consejo —dijo—. Adrián Ferrer no es un juego. Y no me gusta que alguien… interfiera.
La miré de frente.
—No interfiero en nada que no me pertenezca.
Sus ojos se entrecerraron.
—Eso espero.
Se giró hacia la puerta y la abrió, como si nada hubiera pasado.
—Disfruta la noche, Emilia.
Salí con el corazón latiendo fuerte, pero con una certeza nueva:
Isabella ya no sospechaba.
Isabella estaba probando.
En el salón, Adrián me encontró casi de inmediato.
—¿Todo bien? —preguntó, notando mi rigidez.
—Sí —mentí—. Solo necesitaba aire.
Me observó con atención.
—No le caes bien —dijo.
—No soy del gusto de todos.
—A mí sí.
La frase fue sencilla. Directa. Peligrosa.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No había duda. No había nostalgia. Había presente.
—Adrián… —empecé.
—No —me interrumpió—. No te estoy pidiendo nada. Solo… no me pidas que no lo sienta.
Mi respiración se volvió lenta. Controlada.
—Entonces no lo sientas —dije—. O hazlo lejos de mí.
—No sé si puedo.
Antes de que pudiera responder, alguien anunció el brindis. Luces, aplausos, copas alzadas. El momento se rompió, pero no desapareció.
Más tarde, cuando la noche empezaba a deshacerse, recibí un mensaje en el teléfono.
Isabella: Me gustaría que almorzáramos mañana. Solo tú y yo.
Leí el mensaje dos veces.
La trampa era elegante. Personal. Íntima.
Guardé el teléfono y miré a Adrián, que reía con alguien más, sin saber que estaba a punto de caminar directo hacia una guerra que no había elegido.
—Está bien —susurré para mí misma—. Juguemos.
Porque si Isabella quería acercarse…
yo estaba lista para dejarla hacerlo.