Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Equipo
Después de terminar el primer carruaje modificado, Agnes no se permitió descansar. Aquello no había sido una prueba ni un capricho había sido una confirmación. Si podía mejorar lo existente, también podía crear algo desde el inicio, pensado pieza por pieza, sin arrastrar errores del pasado.
Así nació su verdadero proyecto.
En un rincón del patio que antes solo acumulaba trastos, Agnes levantó un pequeño taller improvisado. Allí no quedaban restos del viejo carruaje solo planos dibujados a mano, medidas precisas y madera seleccionada con cuidado. Ese sería su primer carruaje propio, completamente diseñado y ensamblado por ella.
Para ese trabajo necesitaba más que metal.
Fue entonces cuando sumó a Patrick, otro anciano del pueblo. Patrick había pasado toda su vida creando muebles a diseño armarios, mesas, camas y escaleras que duraban generaciones. Sus manos conocían la madera como si fuera un ser vivo; sabía leer las vetas, anticipar dónde cedería y dónde resistiría.
Cuando Agnes le explicó lo que quería, Patrick la escuchó en silencio, pasando los dedos por los bocetos.
—No quieres solo que sea bonito.. Lo quieres fuerte… y cómodo.
—Exacto.. Y que dure.
Patrick sonrió, complacido.
Trabajaron juntos durante semanas. Patrick moldeaba la estructura del carruaje con una precisión casi artística curvas elegantes, refuerzos ocultos, un equilibrio perfecto entre belleza y resistencia. Agnes, por su parte, se encargaba del diseño completo distribución del peso, sistema de suspensión, engranes, puertas, techo móvil, cada detalle pensado para funcionar sin fallos.
Donald seguía aportando los engranes, observando con orgullo cómo aquellas piezas encajaban en un diseño completamente nuevo. Entre los tres, el taller se llenó de golpes de martillo, olor a madera recién cortada y el chirriar suave del metal al ajustarse.
Cuando el carruaje estuvo terminado, no se parecía a ninguno de los que circulaban por el pueblo.
Era elegante, sí, pero también práctico. Suavemente suspendido, silencioso al avanzar, fácil de abrir y cerrar. Cada pieza tenía un propósito, cada unión estaba pensada para durar años.
Agnes pasó la mano por la madera pulida y sintió una emoción profunda, casi dolorosa.
Ese carruaje no era solo un objeto.
Era la prueba de que había unido sus dos mundos el conocimiento técnico de su vida pasada y las posibilidades de esta nueva. Era su firma silenciosa, su primer verdadero legado en ese tiempo.
—Es una obra fina.. No cualquiera hace algo así.
Agnes sonrió, cansada pero satisfecha.
—Y no será el último.
Bajo el cielo del atardecer, el carruaje aguardaba inmóvil… listo para recorrer un camino que Agnes apenas empezaba a trazar.
La última en sumarse al pequeño equipo fue Lucy.
Era una anciana modista del pueblo, de espalda recta pese a los años y mirada aguda, de esas que no necesitan levantar la voz para imponer respeto. Había pasado su vida cosiendo para otros vestidos de boda, cortinas, uniformes, tapizados que resistían décadas. Sus manos, aunque arrugadas, se movían con una precisión impecable.
Agnes la invitó a ver el carruaje terminado en estructura y metal. Lucy caminó a su alrededor en silencio, tocó la madera, presionó con cuidado los asientos aún desnudos, observó el interior con ojos expertos.
—Necesita telas fuertes.. Bonitas, sí, pero sobre todo resistentes. Y costuras dobles aquí y aquí.
Agnes sonrió. Era exactamente lo que esperaba oír.
Lucy quedó a cargo del tapizado asientos cómodos, respaldo firme, interiores elegantes sin ser exagerados. Cada puntada tenía intención, cada pliegue estaba pensado para durar años de uso. Agnes respetaba su criterio sin interferir; confiaba en su experiencia del mismo modo que confiaba en Donald y en Patrick.
Le gustaba trabajar con personas adultas.
No solo por su conocimiento, sino por la calma que traían consigo, por la responsabilidad silenciosa, por la forma en que entendían que el trabajo bien hecho no necesitaba aplausos. Además, le recordaban su antigua vida talleres llenos de manos expertas, conversaciones tranquilas, respeto ganado con hechos y no con títulos.
Aun así, Agnes no descuidaba nada.
Por las mañanas revisaba contratos y cuentas de las casas que seguía comprando, restaurando y vendiendo. Las ganancias eran constantes y seguras. Por las tardes, pasaba por la posada de Abby o enviaba a alguien de confianza a revisar los números. La posada era cada día más popular, y aunque Abby seguía siendo caprichosa, ya no era irresponsable. Al menos no con su negocio.
Por las noches, volvía al taller.
Entre engranes, madera y telas, Agnes caminaba de un lado a otro, observando, ajustando, pensando en el siguiente paso. Su mundo se había expandido sin perder equilibrio negocios que sostenían, un taller que crecía y una familia que, aunque difícil, ya no se desmoronaba.
Y mientras el carruaje tomaba su forma final bajo las manos expertas de Lucy, Agnes supo que no estaba sola.
Había creado algo más que un negocio.
Había creado un equipo.
Y fue entonces cuando ocurrió algo que Agnes no había planeado, pero que terminó siendo una de las cosas más valiosas de todo el proceso ese pequeño grupo de personas mayores empezó a creer en ella.
No como una lady que pagaba por un servicio.
No como una joven caprichosa jugando a los negocios.
Creyeron en ella como alguien que los escuchaba.
En el taller, las conversaciones fluían con naturalidad. Donald opinaba sobre la resistencia de un engrane, Patrick sugería refuerzos invisibles en la estructura de madera, Lucy comentaba qué tipo de costura resistiría mejor el uso diario. Agnes los escuchaba con atención real, hacía preguntas, ajustaba sus ideas cuando alguien proponía algo mejor.
—Podríamos reforzar este punto —decía Patrick, señalando una unión.
—Tienes razón.. Cambiémoslo.
Eso, para ellos, lo era todo.
Agnes no los veía ni los trataba como simples trabajadores. No daba órdenes vacías ni imponía decisiones por orgullo. Los trataba como parte de su equipo, como iguales en un proyecto común. Cada avance se celebraba juntos, cada error se corregía sin reproches.
Poco a poco, la confianza creció.
Donald empezó a traer ideas propias, engranes que se le ocurrían por la noche. Patrick probaba nuevas formas de curvar la madera. Lucy guardaba retazos especiales “por si a Agnes le servían más adelante”.
Había risas suaves, silencios cómodos, respeto mutuo.
Para ellos, trabajar con Agnes era distinto. Después de años siendo ignorados o reemplazados por manos más jóvenes, volvían a sentirse útiles, necesarios. Sus conocimientos importaban.
Y para Agnes, ese equipo llenaba un vacío que no había sabido nombrar. Le recordaba que el trabajo compartido podía ser humano, cálido, digno. Que construir algo no siempre era una lucha solitaria.
Entre todos, no solo estaban creando carruajes.
Estaban creando confianza.
Pertenencia.
Y sin darse cuenta, Agnes había formado algo mucho más fuerte que un negocio una familia elegida, unida por el respeto y el trabajo bien hecho.