Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
Recorrieron la calle esquivando a otros peatones. Helena no abrió la boca. Se había quitado la chaqueta. Tenía los brazos esbeltos y definidos por atractivos músculos. ¿Hacía ejercicio? Se dio cuenta de que desconocía muchos aspectos de su vida. Habían estado poco tiempo juntos, más centrados en el sexo que en conocerse.
Al llegar a la boutique de moda francesa, Helena estuvo a punto de mostrarse reacia de nuevo.
–¿Por qué no vamos a un sitio más barato?
Él abrió la puerta y la condujo al interior.
–Deja de preocuparte. Con lo ahorrativa que eres, seguramente seguirás llevando el vestido dentro de diez años. Lo amortizarás. Eso hará que te sientas mejor.
Katie salió a saludarlos. Llevaba unos altísimos tacones que Helena miró con los ojos como platos.
–Dan –dijo sonriendo. Lo besó en las mejillas–. Cuánto tiempo. Siento lo de tu padre y lo de tu pierna. Pero parece que estás bien.
Dan le devolvió los besos.
–Estoy estupendamente. Te presento a Helena, una amiga. Hemos venido a la ciudad con poco tiempo para preparar el viaje y necesita un vestido. Vamos a ver un musical y a cenar con Fabio y Nathan.
Katie besó también a Helena en las mejillas.
–Tengo justo lo que necesitas. Como Dan me ha avisado con tiempo, he podido elegir. Con el calor que hace, he pensado que lleves mucha piel al descubierto.
Dan asintió.
–Me gusta la idea.
Helena le dio un puñetazo en el brazo.
–Vete a consultar el correo electrónico.
–Sí, señora.
–Estaremos en la parte de atrás –dijo Katie–. Hay café, champán y golosinas. Ponte cómodo.
Helena siguió a la hermosa mujer de cabello negro mientras su autoestima caía en picado. Aquel era el tipo de mujer con la que los hermanos Maxwell salían: glamurosa, mundana y fabulosamente vestida.
Cuando Katie corrió la gruesa cortina de damasco del amplio probador, Helena no pudo reprimir la curiosidad.
–¿Cuánto tiempo salisteis Nathan y tú?
Katie, que debía de haber sido modelo en algún momento de su vida, sonrió levemente.
–No llegó al año. Fue hace tiempo. Pensamos que estaríamos mejor como amigos. Después conocí a un maravilloso catedrático de Historia de la Universidad de Nueva York y nos casamos seis meses más tarde.
–Enhorabuena.
–Gracias. Es mi alma gemela. ¿Qué quieres que te diga? El verdadero amor es algo fantástico. Quítate la ropa. Voy a buscar lo que necesitamos.
En el hotel, Helena tenía ropa interior nueva, por si acaso. Sin embargo, en aquel momento la llevaba de algodón blanco, por desgracia. Ojalá hubiera sabido que Dan iba a querer comprar el vestido inmediatamente. Le habría gustado llevar algo más refinado. Ya era tarde.
Katie volvió con varios vestidos negros.
–Te he traído unos largos y otros que te llegarán por encima de la rodilla. Cualquiera será apropiado. Depende de tus preferencias personales. Pruébate este vestido sin espalda. Con tu tipo, te sentará bien y, con este calor, te alegrarás de ir casi desnuda. Te dejo los demás aquí fuera. Si me necesitas, presiona el botón.
¿Casi desnuda? Helena tragó saliva. Tomó el vestido y lo examinó. La tela negra de crepé era ligera. No se podía llevar sujetador con él.
Se quedó solo con las braguitas puestas. Temblaba debido al aire acondicionado. O tal vez el temblor se debiera a sus expectativas con respecto a la noche. Se debatía entre olvidarse de ser precavida y acostarse con Dan o ir sobre seguro y no cometer el mismo error dos veces.
Se metió el vestido por la cabeza. Le cayó hasta los tobillos. El diseño le dejaba los hombros al descubierto, como le había dicho Katie. Pero también la espalda hasta la base de la columna.
Katie apareció sin avisar.
–¿Qué te parece?
Helena respiró hondo y se miró al espejo.
–Me gusta, pero deja demasiada piel al descubierto.
La otra mujer rio.
–Estás maravillosa –le puso las manos en la cintura–. ¿Ves cómo se te desliza por las curvas?
A Helena le encantaba su reflejo en el espejo. Pero no tenía valor para presentarse así delante de Dan. ¿Cómo iba a hacerlo? Se lo tomaría como una descarada invitación.
–Voy a probarme otros.
Katie negó con la cabeza.
–No haría bien mi trabajo si te dejo elegir otro. Este es perfecto. Y sabes que tengo razón.
–Supongo –Helena se pasó las manos por el liso estómago imaginándose la expresión del rostro de Dan al verla.
–¿Necesitas zapatos y bolso?
–Sí.
Tardó media hora en elegir los accesorios y las joyas, todos muy caros. Algunos de los collares costaban más que el alquiler mensual que pagaba por su piso.
Katie y Dan se habían comunicado por mensajes de texto. Antes de que Helena volviera a protestar, Katie envolvió el vestido en papel de seda y lo metió en una bolsa, encima de la caja de zapatos. Las joyas, en un bolsa de lino, iban en una esquina. La vendedora ya había pedido que llevaran la bolsa al hotel.
Helena volvió a vestirse. Se sentía fuera de su elemento. La compra había sido estupenda, pero le producía una sensación extraña. La hora de tomar una decisión se aproximaba a toda velocidad.
¿Por qué le había dicho a Dan que seguía deseándolo? ¿Quería ella que Dan la sedujera? Lo más sincero sería reconocer simplemente que quería volver a acostarse con él. Sin compromiso, como había dicho él antes.
Ya había transcurrido la mitad del tiempo que iba a pasar con él. Pronto volvería a su agradable piso de Portland y a su rutina habitual. Lo vería de vez en cuando, de pasada, pero sus vidas no se cruzarían. La estancia de mes y medio en los bosques de Maine solo sería un recuerdo.
Si se acostaba con él esa noche, ¿se sentiría satisfecha con mucho menos de lo que anhelaba?
En la parte delantera de la tienda, Dan y Katie estaban hablando.
Dan miró a Helena cuando se les acercó.
–¿No hay desfile de modelos?
–Eso pasa en las películas. Pero no eres Richard Gere ni yo Julia Roberts.
Él enarcó las cejas.
–Eso espero. Porque los hombres de la familia Maxwell tendremos defectos, pero hacer de Pigmalión con encantadoras prostitutas no es uno de ellos –parecía que el comentario de ella lo había ofendido.
–Era broma. Tranquilízate y anímate. Pensaba que íbamos a divertirnos.
Katie rio.
–Me cae bien, Dan –dedicó a Helena una sonrisa encantadora–. Me alegro de haberte conocido. Puede que lleguemos a ser amigas.
Helena le estrechó la mano, conmovida por su aparente sinceridad.
–Me gustaría. Gracias por tu ayuda.
–Disfruta del vestido.
–Disfruta del catedrático de Historia.
En la calle, Dan la miró desconcertado.
–¿De qué hablabais?
– Después de que Katie y Nathan rompieran, ella conoció a un profesor de Historia con el que se casó. Es su alma gemela, según sus propias palabras.
–¿Su alma gemela?
–Hay quien cree en su existencia.
Él tiró de ella para ponerse a la sombra de un toldo.
–¿Y tú, Helena ? ¿Buscas tu alma gemela?