Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 10. Basura persistente.
Me recosté en la cama y cubrí mis ojos con el antebrazo mientras la otra mano descansaba sobre mi abdomen, acariciándolo en círculos lentos, casi protectores. Era un gesto instintivo, uno que hacía sin pensar. En mi vida pasada me enteré de mi embarazo de la peor manera posible: empecé a sentirme mal, los medicamentos dejaron de funcionar y mi cuerpo comenzó a cambiar sin darme explicaciones. Mi estómago crecía y el miedo se apoderaba de mí poco a poco, hasta que me hice un ultrasonido, temiendo encontrar un tumor o algo que me arrebatara la vida. Fue ahí cuando lo supe. Dentro de mí estaba creciendo una nueva vida, frágil, silenciosa y completamente dependiente de mí.
—Sam… —murmuré, con la voz cargada de una promesa que me quemaba por dentro—. Hijo, te juro que te voy a proteger con mi vida. En esta vida no te arrebatarán de mis manos.
Cerré los ojos, intentando dormir, aferrándome a esa promesa como si fuera lo único firme que me quedaba. El cansancio me pesaba en el cuerpo, pero no tuve tiempo de descansar. La puerta de mi habitación se abrió de golpe y el sobresalto me obligó a sentarme de inmediato. Estaba seguro de haberla cerrado con seguro, o al menos eso creía, porque al ver a Robert recargado en el umbral, cualquier certeza se vino abajo.
—¿Ahora te acuestas con la sirvienta? —cuestionó antes de que pudiera preguntarle qué demonios hacía ahí. Arrugué las cejas y me puse de pie, sintiendo cómo el cansancio se mezclaba con una rabia silenciosa—. ¿O acaso solo lo haces por despecho? ¿Tanto te dolió mi rechazo que ahora buscas migajas en una sirvienta? Qué bajo has caído.
—Con quien me acueste es muy mi problema —respondí con una calma que me costó sostener—. ¿Por qué tendría que darte explicaciones?
No tenía ganas de discutir. Solo quería que se largara y me dejara dormir. Realmente lo necesitaba, y lo último que quería era tenerlo frente a mí, con esa mirada que siempre sabía cómo desarmarme.
—Hasta hace poco estabas obsesionado conmigo —dijo mientras cruzaba la habitación y cerraba la puerta detrás de sí.
Las luces estaban apagadas; solo la lámpara del buró iluminaba tenuemente el espacio, proyectando sombras largas sobre las paredes. Robert se acercó y sentí cómo mi pulso se aceleraba en contra de mi voluntad, como si mi cuerpo no hubiera aprendido nada.
—Exacto, estaba —remarqué—. Tiempo pasado, cariño. —No permitiré que vuelva a tener control sobre mí. Antes habría corrido hacia él como un idiota enamorado, pero ya no—. No eres insuperable, Robert. —Finalicé, como si de verdad no me importará.
Su expresión se ensombreció al instante. Había tocado su ego, ese que siempre necesitó ser alimentado. Ahora que lo pensaba, Robert era exactamente ese tipo de hombre: el que necesita ser el centro, el todo, el único. Y aun así… mierda, ¿cómo puedo seguir amándolo sabiendo perfectamente que es un cabrón?
—¿Seguro? —preguntó.
No tuve tiempo de reaccionar. Sentí una de sus manos en mi nuca y la otra en mi cintura, y en cuestión de segundos sus labios estaban sobre los míos, devorándolos con una urgencia brutal. Mis manos quedaron atrapadas entre su pecho y el mío; intenté empujarlo, resistirme, pero su fuerza me superó. Su brazo rodeó mi cuerpo por completo y la mano en mi nuca descendió hasta mi cuello, obligándome a mantener el contacto. Odié lo mucho que me afectaba, odié la traición de mi propio cuerpo, porque aunque luché contra ello, no pude negar la verdad que me quemaba por dentro.
Carajo… sus besos siguen siendo terriblemente adictivos.
«No, no, no… no seas idiota, Elijah», me repetí internamente mientras luchaba por separarme de él, forcejeando con una torpeza nacida más del desconcierto que de la falta de fuerza. Su cercanía me nublaba el juicio, como siempre. Al final, acorralado por mi propia debilidad, no me quedó más remedio que reaccionar de la única forma que sabía que lo detendría. Le mordí el labio con violencia, sin medir la intensidad, hasta que el sabor metálico de su sangre inundó mi boca.
Por suerte —o tal vez por puro instinto—, Robert me soltó de inmediato y retrocedió unos tres pasos, llevándose una mano a la boca. El silencio que quedó entre nosotros fue espeso, cargado de electricidad y rabia contenida.
—¿Qué carajo te sucede? —escupió, mirándome con furia. Sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo, tensos, blancos por la presión. Pude ver cómo se contenía, cómo medía cada respiración para no perder el control—. Nadie jamás me había dejado una marca.
Sonreí de lado, aunque por dentro algo se retorcía con una mezcla incómoda de triunfo y culpa.
—Nadie te ha querido lo suficiente como para marcar territorio —respondí con sarcasmo.
Y aunque lo dije para provocarlo, una parte de mí sabía que había algo de verdad en esas palabras. «Si hubieras estado conmigo desde el principio…», pensé, pero no me permití terminar la frase.
Robert alzó una ceja, claramente divertido por la herida abierta en su orgullo.
—¿Entonces te importó lo suficiente como para marcar territorio? —preguntó, con esa maldita seguridad que siempre sabe dónde presionar.
Me mordí la mejilla interna. Este bastardo siempre encuentra la respuesta exacta para desarmarme.
—No diría eso —repliqué mientras me alejaba de él y caminaba hacia el sillón. Me senté con deliberada calma, crucé las piernas y lo miré de arriba abajo, evaluándolo como si fuera algo prescindible—. Más bien, eres como una res enviada al matadero. Esa marca que les ponen para identificar a las que serán desechadas… eso fue lo que hice.
Mi voz sonó firme, cruel, calculada. Justo como él merecía.
—Niégalo todo lo que quieras —dijo, avanzando hacia mí con pasos lentos—. Ambos sabemos que no me has olvidado.
Se inclinó sobre mí y apoyó las manos en el respaldo del sillón, encerrándome sin tocarme, cortándome cualquier posible vía de escape. Su cercanía volvió a ser sofocante, dominante, peligrosamente familiar.
Y lo odié.
Lo odié porque sabía que, aun así, una parte de mí seguía reaccionando a su presencia. Sin embargo, no dejaría que él tuviera el gusto de verme doblegado nuevamente.
—Claro —solté con una sonrisa lenta, ladeada, claramente burlona—. Porque morderte hasta hacerte sangrar es la prueba definitiva de que sigo perdidamente enamorado de ti. Un gesto romántico de manual.
Alcé la mirada con desgano, sin intentar moverme, como si tenerlo encima no me intimidara en lo más mínimo.
—De verdad, Robert, deberías escribir un libro sobre relaciones. Cómo confundir rechazo con amor en diez sencillos pasos.
Incliné un poco la cabeza, evaluándolo con una calma fingida que sabía que lo irritaba más que cualquier insulto directo.
—Si no te he olvidado es por la misma razón por la que uno no olvida una mala resaca o una cicatriz fea —añadí—. No porque la extrañe, sino porque dejó una marca molesta. Nada más.
Apoyé el codo en el brazo del sillón y lo miré con descaro.
—Así que no, no te equivoques. Si sigo aquí no es por amor… es porque a veces la basura más persistente tarda en salir sola.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard