A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
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Capítulo 1: La noche que no estaba en los planes
¿En qué momento una noche cualquiera se convierte en el inicio de algo que no estaba planeado?
Era sábado y, por cosas de la vida, me tocó quedarme en casa de una pareja de mi tía. Clara no estaría esa noche, así que la casa quedaba bajo la misma rutina de siempre… solo que con una invitada extra: yo.
Ella tenía tres hijos.
Leo, el menor, de unos catorce o quince años.
Sofía, la del medio, que rondaba los dieciséis o diecisiete.
Y Alejandro, el mayor, con diecinueve años… y sin saberlo, el protagonista de toda la locura que vendría después.
La noche cayó sin avisar y, entre el aburrimiento y el hambre, Alejandro dijo que quería comer algo “sabroso”. Yo, sin pensarlo mucho, le respondí que estaba igual. Fue así como terminé convenciéndolo de bajar juntos a la bodega para comprar cualquier cosa que pudiéramos compartir.
Caminamos sin apuro, hablando de nada y de todo. Al final, entre risas y dudas, nos decidimos por un conflei. Nada especial… o al menos eso parecía.
De vuelta en la casa, fue la cena improvisada de todos. Después, cuando el sueño empezó a pesar, Alejandro y yo decidimos quedarnos viendo una película solos, esperando a que el cansancio hiciera lo suyo.
Cuando la película terminó, yo ya quería dormir. Al día siguiente tenía cosas que hacer temprano y el cuerpo me lo estaba pidiendo a gritos. Le dije que podía quedarse ahí, viendo lo que quisiera, que no me incomodaba dormir con él.
La casa estaba en silencio. La luz apagada. La película seguía sonando de fondo, casi como un ruido lejano.
Y fue entonces, cerca de las dos de la madrugada, cuando algo cambió.
No fue una palabra.
No fue un movimiento brusco.
Solo una sensación que me sacó el sueño… y me hizo entender que esa noche no iba a ser tan simple como había creído.
El silencio de la habitación era absoluto. No había ruido de fondo, solo la oscuridad y nuestras respiraciones, demasiado cercanas para fingir que nada estaba pasando. Me quedé quieta unos segundos más, hasta que el cuerpo me delató y me moví apenas, como si despertara.
Melani:
— ¿Alejandro…?
Él se detuvo de inmediato.
Alejandro:
— Perdón… no quería despertarte.
Giré un poco el rostro, lo suficiente para mirarlo en la penumbra. El corazón me latía tan fuerte que sentía que iba a salirse del pecho.
Alejandro:
— Dime algo…
— ¿Quieres que pare?
Tragué saliva. Pensé en todo lo que no debía estar pasando… y aun así, supe la respuesta.
Melani:
— No.
Hubo un silencio breve, cargado de duda.
Alejandro:
— ¿Estás segura?
Lo miré unos segundos más. Esta vez no dudé.
Melani:
— Sí… sigue.
Y en ese instante entendí que ya no era solo una noche cualquiera, sino el comienzo de algo que ninguno de los dos había planeado… pero que ambos decidimos permitir.
...
...
... (Algo así Pero más oscuro)...
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Su respiración cambió apenas escuchó mi respuesta. No hizo nada de inmediato, como si necesitara asegurarse de que no iba a arrepentirme.
Alejandro:
— Dímelo otra vez…
No supe si fue por nervios o por deseo, pero la voz me salió más baja de lo que esperaba.
Melani:
— Sigue…
Sentí su cercanía con más claridad. No había prisa, solo una calma extraña, cargada de intención. Cada movimiento era lento, medido, como si ambos estuviéramos aprendiendo algo nuevo sin decirlo en voz alta.
Mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza. El escalofrío volvió, más intenso, y tuve que morderme el labio para no hacer ruido. Él se inclinó un poco más, lo suficiente para que su voz llegara directo a mi oído.
Alejandro:
— Si en algún momento quieres que pare… me lo dices.
No respondí con palabras. No hizo falta.
La oscuridad nos envolvía, y en medio de ese silencio entendí que no todo lo prohibido se siente mal. Algunas cosas simplemente se sienten inevitables.
Y esa noche… lo fue.