Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capítulo 9: Cuando llega la calma
El amanecer llegó despacio, como si el mundo mismo respetara el silencio que envolvía la habitación.
La luz pálida se filtró entre las cortinas, tiñendo de oro suave las paredes de piedra. El omega despertó primero, aún envuelto en una sensación extraña y nueva: su cuerpo estaba cansado, pero en paz; su corazón, sorprendentemente tranquilo. No había miedo. No había confusión. Solo una calma profunda, casi sagrada.
El duque dormía a su lado.
Por un instante, el omega se permitió observarlo sin timidez. El alfa, siempre tan firme, tan imponente ante el mundo, parecía distinto allí, vulnerable en el descanso. Su respiración era lenta, acompasada, como si por fin hubiera soltado un peso antiguo.
Con cuidado, el omega se movió apenas. Sintió de inmediato una mano firme pero delicada rodearle la cintura, acercándolo más.
—Aquí —murmuró el duque, aún medio dormido—. No te vayas.
El omega sonrió, con un nudo dulce en la garganta.
—No pensaba hacerlo
El cuidado
El duque despertó del todo poco después. No hubo prisa. No hubo palabras grandilocuentes. Solo gestos.
Le acomodó el cabello con una ternura inesperada, le ofreció agua, apoyó su frente contra la suya como si comprobara, una y otra vez, que seguía allí. Que estaba bien.
—¿Te duele algo? —preguntó en voz baja.
—No… —respondió el omega—. Me siento… extraño. Pero bien. Tranquilo.
El alfa asintió, comprendiendo más de lo que decía. Lo envolvió en una manta, como si el mundo exterior pudiera ser demasiado frío todavía.
Ese cuidado silencioso fue lo que terminó de asentarse en el pecho del omega. No era solo deseo. No era solo instinto. Era elección. Presencia. Permanencia.
Un vínculo que no se oculta
Cuando finalmente salieron de la habitación, el cambio era sutil, pero innegable.
No había marcas visibles que hablaran por ellos, pero algo en el aire había cambiado. Sus feromonas ya no se repelían ni chocaban; se entrelazaban con naturalidad. Quienes los cruzaban por los pasillos se detenían un segundo más de lo habitual, como si percibieran algo que no necesitaba explicación.
Los hermanos gemelos del omega los observaron en silencio. Uno levantó una ceja, el otro sonrió de lado.
—Así que era eso —murmuró uno.
—Cuídalo —añadió el otro, mirando al duque con seriedad.
El alfa inclinó la cabeza.
—Con mi vida.
Besos que nacen en secreto
No se proclamaron nada en voz alta. No lo necesitaban.
La relación se fue tejiendo en pequeños gestos: besos robados en rincones tranquilos del castillo, intensos y breves, a veces acompañados de un gemido ahogado que hacía que el omega se cubriera el rostro, completamente avergonzado.
—Lo siento… —decía siempre, con las mejillas encendidas.
—No te disculpes —respondía el duque, apoyando su frente en la suya—. Me gusta que seas así.
Las caricias eran torpes, cuidadosas, como si ambos aprendieran desde cero. Caminar de la mano se volvió algo natural, aunque al principio el omega miraba a todos lados, temiendo ser visto.
El duque nunca soltaba su mano.
La canción que revela el corazón
Una tarde, mientras el duque resolvía asuntos del ducado, el omega se alejó hacia uno de los jardines interiores. Creyéndose solo, comenzó a cantar.
La canción era distinta a todas las anteriores.
No hablaba de soledad ni de anhelos lejanos. Hablaba de un amor que se elige cada día. De alguien que espera sin exigir. De un hogar que no se construye con muros, sino con cuidado.
El duque lo escuchó desde el corredor.
No interrumpió. No se movió. Cuando la última nota se apagó, el silencio fue tan claro que el omega supo, de inmediato, que no estaba solo.
Se giró, sobresaltado.
—Yo… lo siento —balbuceó—. No sabía que estabas ahí.
El duque se acercó despacio.
—¿Esa canción… es para mí?
El omega bajó la mirada, completamente rojo.
—Sí.
No hubo risa. No hubo burla. El duque simplemente lo abrazó, con una delicadeza que decía más que cualquier palabra.
Caminar el ducado juntos
Los días siguientes los encontraron recorriendo el ducado.
Niños corrían hacia el omega, abrazándolo sin miedo. Ancianos le tomaban las manos, agradeciéndole por las casas más cálidas, por las calles iluminadas, por escuchar cuando nadie más lo hacía.
—Es justo —decían—. Nunca nos miró desde arriba.
El duque observaba todo en silencio, con una admiración profunda que le llenaba el pecho. Había visto líderes, nobles, guerreros. Nunca había visto a alguien gobernar desde la bondad.
—Te respetan —le dijo una vez.
—Solo intento hacer lo correcto —respondió el omega.
El duque entrelazó sus dedos con los suyos.
—Y por eso te aman.
Cierre
Aquella noche, mientras el sol se ocultaba tras las montañas del norte, el omega apoyó la cabeza en el hombro del duque.
—Gracias por quedarte —susurró—. Incluso después de todo.
El duque besó su frente.
—No me quedé —respondió—. Llegué.
Y por primera vez, el omega sintió que esa paz… no era pasajera.