Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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Capítulo 8 – La casa donde no encajaba
La ciudad no tenía silencio.
Ese fue el primer pensamiento de Emma cuando el autobús se detuvo.
No había grillos.
No había viento moviendo hojas.
No había ese murmullo suave que envolvía las tardes en el pueblo.
Había motores.
Claxon.
Voces desconocidas.
Era un ruido constante que no daba espacio para pensar.
Y quizá eso era lo peor.
Porque Emma necesitaba pensar.
Necesitaba entender cómo su vida había cambiado tan rápido.
Bajó del autobús con una mochila en la espalda y una sensación extraña en el pecho, como si algo invisible la estuviera empujando hacia un lugar al que no quería ir.
Su padre caminaba delante de ella cargando las maletas. No hablaba. Desde que dejaron el pueblo, parecía más distante. Como si cada kilómetro recorrido lo separara no solo del pasado… sino también de su hija.
—Es aquí —dijo finalmente.
Emma levantó la vista.
Un edificio gris de cuatro pisos. Pintura descascarada. Ventanas pequeñas. Ropa colgando de balcones angostos.
Nada que ver con su casa.
Nada que ver con el árbol.
Su padre tocó el timbre.
La puerta se abrió casi de inmediato.
La mujer que apareció tenía los mismos ojos que su madre, pero sin la calidez.
—Llegaron antes de lo que pensé —dijo su tía, sin sonreír.
Emma sintió que no estaban siendo esperados con alegría.
Entraron.
El departamento era estrecho. La cocina se veía desde la puerta. El sofá ocupaba casi toda la sala. El aire olía a aceite recalentado.
—No tenemos mucho espacio —continuó su tía—. Así que espero que sepan adaptarse.
No era una bienvenida.
Era una advertencia.
Y entonces la vio.
Celeste estaba apoyada contra la pared, observándola como si fuera un objeto nuevo que acababan de dejar en su casa.
Tenía la misma edad que Emma. El mismo cabello oscuro. Pero su postura era distinta. Más firme. Más segura. Más consciente del lugar que ocupaba.
—Hola —dijo Celeste.
Su sonrisa era correcta.
Pero sus ojos no.
Emma respondió con un pequeño gesto.
—Van a compartir habitación —anunció la tía.
Emma sintió que algo dentro de ella se encogía.
Compartir.
Ella que venía de perder su casa, su madre, su vida… ahora debía compartir hasta el espacio donde dormir.
La habitación tenía dos camas individuales separadas por una mesa pequeña. Un armario demasiado estrecho para dos personas.
Celeste señaló una de las camas.
—Esa es tuya.
Emma dejó la mochila.
Se sentó.
Por primera vez desde que salieron del pueblo, sintió ganas de llorar.
Pero no lo hizo.
Había prometido ser fuerte.
—Escuché lo de tu mamá —dijo Celeste mientras ordenaba algo en su escritorio—. Qué tragedia.
La palabra sonó fría.
Emma bajó la mirada.
—Sí.
Hubo silencio.
—Mi mamá dice que ahora eres nuestra responsabilidad —continuó Celeste—. Pero que no debemos malacostumbrarte.
Emma levantó la vista lentamente.
No entendía qué significaba “malacostumbrar”.
Pero entendía el tono.
No perteneces aquí.
Ese era el mensaje real.
Los primeros días fueron una prueba constante.
La tía no gritaba.
No insultaba.
Pero cada frase estaba cargada de incomodidad.
—No desperdicies el agua.
—No abras tanto el refrigerador.
—Recuerda que aquí todos colaboran.
Emma limpiaba sin que se lo pidieran. Lavaba platos. Ordenaba la sala.
Aun así, sentía que su presencia ocupaba demasiado espacio.
Su padre salía temprano.
Volvía tarde.
A veces ni siquiera cenaba en casa.
—Estoy buscando trabajo —decía.
Pero Emma notaba algo.
El mismo brillo inquieto en los ojos.
La misma ansiedad en los dedos.
El juego seguía allí. Aunque no lo admitiera.
Y Emma volvía a sentirse sola.
Una tarde, mientras doblaban ropa en la habitación, Celeste rompió el silencio.
—¿Es verdad que eras amiga del chico rico del pueblo?
Emma se quedó quieta.
—Sí.
—¿El que vivía en la mansión?
—Sí.
Celeste alzó una ceja.
—¿Y por qué no vino contigo?
La pregunta fue directa. Como una aguja.
Emma tragó saliva.
—No pude despedirme.
—Entonces no era tan importante.
Emma levantó la mirada con más firmeza.
—Sí lo era.
Celeste la observó en silencio.
Analizando.
Midió la reacción.
La intensidad.
Y en ese momento entendió algo.
Ese chico no era solo un amigo.
Era una herida abierta.
Esa noche, cuando las luces se apagaron, Celeste habló desde su cama.
—¿Lo extrañas?
Emma miró el techo.
—Sí.
—¿Todos los días?
—Sí.
Celeste guardó silencio unos segundos.
—Qué tonta.
Emma giró el rostro.
—¿Por qué?
—Porque si se fue sin buscarte… no valía la pena.
Emma sintió una punzada.
—No fue así.
—¿Y cómo fue entonces?
Emma cerró los ojos.
No sabía explicarlo sin sonar débil.
Sin sonar como alguien que había sido abandonada.
—Él iba a encontrar la carta —murmuró.
Celeste abrió los ojos en la oscuridad.
—¿Qué carta?
Emma dudó.
Pero necesitaba hablar con alguien.
—Le dejé una carta escondida en el árbol. Donde siempre nos sentábamos. Él la iba a encontrar.
Celeste permaneció en silencio.
Una carta.
Una prueba.
Una verdad escondida.
Interesante.
—¿Y si no la encontró? —preguntó suavemente.
Emma sintió que el aire se volvía más pesado.
—La encontró.
Tenía que creerlo.
Porque si no…
Entonces Gael pensaría que ella lo abandonó.
Y esa idea era insoportable.
Mientras tanto, en otro extremo de la ciudad, Gael caminaba por los pasillos de su nueva escuela.
Todo era más grande.
Más competitivo.
Más frío.
Los estudiantes no sonreían con facilidad.
No había tardes bajo un árbol.
No había caminos de tierra.
Su padre hablaba constantemente de negocios, contactos, futuro.
Pero Gael sentía que algo se había quedado atrás.
Algo que no sabía cómo recuperar.
Esa noche, mientras miraba por la ventana de su nueva habitación, recordó el árbol.
El corazón tallado.
La línea que había marcado sobre él antes de irse.
—No voy a buscarte —se repitió.
Pero el recuerdo no desaparecía.
Y eso lo enfurecía.
Porque si ella se había ido sin despedirse…
¿Por qué seguía pensando en ella?
En el departamento, Emma comenzó a adaptarse.
Aprendió a moverse sin hacer ruido.
A hablar poco.
A ocupar menos espacio del que necesitaba.
Pero cada noche, antes de dormir, tocaba el pequeño colgante que su madre le había regalado.
Y pensaba en el árbol.
En Gael.
En la carta.
Celeste la observaba cada vez con más atención.
Había algo en la forma en que Emma pronunciaba ese nombre.
Algo que no era simple amistad.
Y eso despertaba una chispa.
Una mezcla de curiosidad y competencia.
No sabía aún por qué.
Pero intuía que ese chico volvería a aparecer en sus vidas.
Y cuando lo hiciera…
Ella no pensaba quedarse mirando.
Una semana después, la tía anunció algo durante la cena.
—Ya inscribí a Emma en la secundaria del distrito.
Emma levantó la vista.
—¿Empiezo pronto?
—El lunes.
Celeste sonrió levemente.
—También yo.
Emma sintió un pequeño alivio.
Tal vez compartir escuela facilitaría las cosas.
No sabía que, para Celeste, compartir significaba algo distinto.
Significaba vigilar.
Comparar.
Competir.
Esa noche, mientras ambas estaban en silencio, Celeste habló una vez más.
—Si algún día lo vuelves a ver… ¿qué harías?
Emma respondió sin pensar.
—Lo abrazaría.
Celeste apretó los labios.
—¿Y si él no quiere abrazarte?
Emma no contestó.
Porque ese era el miedo que no se permitía enfrentar.
En otro lugar de la ciudad, Gael recibió su propio aviso.
—El próximo mes empezarás en la universidad preparatoria —le dijo su padre—. Es una de las mejores.
Gael asintió.
Nueva escuela. Nueva etapa.
Nueva versión de sí mismo.
Tal vez allí sería más fácil olvidar.
No sabía que el destino ya estaba trazando una línea invisible entre él y Emma.
Una línea que pronto se cruzaría.
Y cuando eso ocurriera…
Nada volvería a ser simple.
Esa noche, mientras la ciudad seguía rugiendo afuera, Emma miró el techo oscuro.
—Va a estar bien —se susurró a sí misma.
No sabía si hablaba del colegio.
De su padre.
O de Gael.
Celeste, en la otra cama, sonrió levemente en la oscuridad.
Había entendido algo importante.
Emma tenía un punto débil.
Y cuando alguien tiene un punto débil…
Puede perderlo todo.