Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 9 el hermano
La casa Valderrama tenía una cualidad inquietante.
Era elegante, impecable y profundamente fría. Como si sus paredes hubieran aprendido a imitar a Antonio.
Aquella tarde regresé antes de lo habitual. Necesitaba silencio. Distancia. Un respiro de aquella vida perfectamente incómoda.
Pero al cruzar la entrada principal… Supe que algo estaba fuera de lugar.
habían Voces y movimiento proveniente del interior, acompañado de risas suaves
Nada en esa casa sonaba así.
—Señora Valderrama…
La empleada se acercó con visible nerviosismo.
—No sabíamos que regresaría tan pronto.
—Es mi casa —respondí con calma—. No necesito anunciarme.
Ella tragó saliva.
—Claro… es solo que…
Vaciló.
—Tenemos un invitado.
Fruncí ligeramente el ceño.
Antonio no mencionó a nadie.
Antes de que pudiera preguntar algo más, la voz de mi esposo atravesó el aire era tensamente filosa
—Esto es temporal.
Otra voz masculina respondio, serena y tolestamente tranquila.
—Como casi todo en esta familia.
Entré al salón Y entonces lo vi de pie junto al ventanal, como si aquel espacio le perteneciera por derecho natural.
Era Alto. Llevaba un Traje oscuro con una Postura relajada. Una presencia que no imponía, pero dominaba.
Antonio estaba frente a él, rígido como una estatua irritada.
—Renata.
Mi esposo habló sin emoción.
—Llegaste temprano.
—Claramente.
Mi mirada se deslizó hacia el desconocido.
—¿No vas a presentarnos?- le inquirió el mismo.
Antonio tardó un segundo.
Solo uno, pero fue revelador.
—Renata Soler.
Su tono fue mecánico.
—Mi esposa.
El hombre giró hacia mí y algo en el ambiente cambió.
Sus ojos se detuvieron en los míos con una intensidad serena. Sin arrogancia. Sin cálculo evidente solo atención genuina.
—Un placer, Renata.
Su voz fue grave y Cálida.
Demasiado cálida para aquella casa.
—He escuchado mucho sobre ti.- dijo mientras me miraba fijamente.
Antonio soltó un suspiro cargado de fastidio.
—Renata…
Apretó la mandíbula antes de continuar.
—Él es Adrián.
Adrián Villavicencio el apellido no fue pronunciado pero no hacía falta lo reconocí.
Toda la élite lo hacía, el heredero intocable.
El favorito del Sr. Valderrama.
—Así que tú eres Renata Soler…
Una leve sonrisa apareció en sus labios curiosa.
no burlona.
—Debo admitir que la realidad supera varios comentarios familiares.
Antonio lo fulminó con la mirada.
—No empieces.
Lo observé con calma había algo inquietantemente distinto en Adrián no tenía la frialdad cortante de Antonio ni su rigidez permanente.
Su presencia llenaba el espacio sin endurecerlo.
—¿Qué hace aquí? —pregunté finalmente.
Antonio respondió con sequedad.
—Se quedará unas semanas.
—¿Perdón?- dijo el como si su hermano estuviera tomando una decisión por el.
—Problemas logísticos- volvió a responder Antonio de manera remota... Muy remota
Adrián intervino con naturalidad elegante.
—Mi madre insistió.
Sus ojos brillaron con una chispa irónica.
—Y tu suegro considera que mi presencia “fortalece ciertos equilibrios familiares”.
Antonio soltó una risa baja, sin humor.
—Qué conveniente.
Ahí estaba la grieta, ese resentimiento, Porque Adrián Villavicencio no solo era el hijo del primer matrimonio de la madre de Antonio.
Era el único heredero de los Villavicencio, un apellido que pesaba, mucho, incluso aún más que los Soler.
Y el Sr. Valderrama lo apreciaba demasiado, nunca le importo que fuera hijo de otro hombre, siempre lo cobijo como propio.
—Espero no causar incomodidad —añadió Adrián.
Antonio respondió con frialdad cortante.
—Eso ya lo hiciste al nacer.
El silencio cayó como cristal rompiéndose.
Pero Adrián…sonrió, con una calma casi peligrosa.
—Siempre tan afectuoso, Antonio.
No pude evitarlo, una leve curva apareció en mis labios y Antonio lo notó.
—a Mi despacho. ¡Ahora!
Su tono fue bajo, Pero amenazante.
La puerta se cerró con brusquedad contenida apenas al entrar.
—No te metas en esto.
—¿En qué exactamente?- respondí con inocencia.
—En dinámicas familiares que no entiendes.
Lo miré con serenidad.
—Tu familia ahora es mi entorno, Antonio.
—Adrián no es tu amigo.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces deja de mirarlo como si te divirtiera.
Incliné la cabeza.
—No me divierte él - le dije mientras lo miraba con recelo.
—Me divierte tu reacción.
Sus ojos ardieron con ira contenida, y ese orgullo herido.
—Se quedará solo el tiempo necesario.- dijo está vez más cortés
—¿Necesario para qué?
Antonio se acercó peligrosamente.
—Para asuntos que no te conciernen.
Sonreí suavemente.
—Todo lo que altera esta casa me concierne, Antonio, eso debes entenderlo de una vez.
Salí del despacho sin esperar respuesta en el pasillo…volví a encontrarme con el.
Adrián estaba observando uno de los cuadros familiares demasiado atento, demasiado tranquilo.
—¿Buscas algo? —pregunté.
Giró hacia mí con una sonrisa leve.
—Intento entender cómo sobrevives aquí.
No pude evitar una pequeña risa.
—Empiezo a sospechar que tú también lo harás.
Sus ojos brillaron.
—Oh, Renata…
Se acercó apenas.
—Yo no sobrevivo.
hizo una pausa mientras me escrutaba con su mirada.
—Yo incomodo.
Nuestros ojos se encontraron.
Y por un instante… Algo vibró en el aire, algo sutil e inesperado.
—Bienvenido oficialmente —dije con calma.
Adrián inclinó la cabeza.
—Gracias.
Su voz bajó apenas.
—Aunque sospecho que esta estancia será… interesante.
Lo miré fijamente.
—No tienes idea.
Mientras se alejaba…
sentí algo inesperado.
No era atracción, pero sí una certeza inquietante.
Adrián Villavicencio no era una visita era una tormenta silenciosa, dispuesta a arrastrar todo a su paso.