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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:392
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 16

El amanecer trajo más que luz.

Trajo el peso de la verdad.

Elisabete despertó envuelta por el silencio inquieto de la cabaña del alfa. Alisson estaba a su lado, sentado en el suelo, con los brazos apoyados en la cama, la cabeza baja —como si hubiera pasado la noche entera en vigilia.

Cuando ella se movió, él levantó la mirada al instante.

—Volviste… —murmuró.

—Nunca me fui —respondió ella en voz débil.

Él sonrió, pero había algo más allá de la ternura en sus ojos.

Había orgullo.

Y había decisión.

Al mediodía, la manada fue convocada.

Todos se reunieron en el centro del territorio: guerreros, ancianos, mujeres, niños, recién nacidos en los brazos de las madres. El aire estaba pesado de expectativa e inquietud.

Ellos sintieron.

Todos sintieron.

La transformación incompleta de la noche anterior. El poder extraño que había atravesado el territorio como un trueno amortiguado. El retroceso de Caíque. El eco de la Luna inestable en el cielo.

Elisabete surgió al lado de Alisson.

Algunos dieron un paso hacia atrás.

Otros bajaron la cabeza.

Había miedo.

Había reverencia.

Y había duda.

El anciano caminó hasta el centro del círculo.

—Lo que sucedió esta noche no puede seguir ocultándose —dijo—. La Luna no actúa en silencio. Lo que nace bajo su llamado cambia destinos enteros.

Un murmullo recorrió la manada.

—Ella no es solo ciega —susurró alguien—. ¿Qué es ella, entonces? —preguntó otro—. ¿Una bendición? — ¿O una maldición?

El miedo crecía.

Elisabete sintió.

Y aquello dolió más que cualquier transformación.

Ella bajó el rostro, sintiéndose, por primera vez, extranjera entre aquellos a quienes había aprendido a llamar familia.

Fue entonces que una voz pequeña rompió el círculo.

Un niño.

Un niño de no más de seis inviernos, con los pies descalzos sobre la tierra y los ojos atentos a la Luna clara de más en el cielo.

—Si ella fuera mala… —dijo él, con simplicidad—. El monstruo grande ya nos habría lastimado.

Silencio.

El niño apuntó en dirección a Elisabete.

—Pero él se fue.

Algunos tragaron saliva.

El niño continuó, sin miedo:

—Entonces ella no es cosa mala… ella es escudo.

El mundo pareció contener la respiración.

Alisson dio un paso al frente.

Y aplaudió.

Lento. Firme. Sin ironía.

—La verdad no sale solo de la boca de los ancianos —dijo él—. A veces, nace pura… en los pequeños labios de un niño.

Él miró a su alrededor, encarando a cada miembro de la manada.

—Elisabete atravesó la noche de su propia carne para salvar este territorio. Ella enfrentó el llamado de la Luna por nosotros. Ella enfrentó a Caíque… por nosotros.

El murmullo cambió de tono.

—Miedo no es debilidad —continuó Alisson—. Pero transformarlo en odio… eso sí destruye manadas.

Él se volvió hacia Elisabete.

Tomó su mano.

Y entonces, delante de todos, declaró:

—Ella es mi compañera.

Un suspiro colectivo recorrió el círculo.

—Y será la Luna de esta manada.

El suelo pareció palpitar bajo los pies de todos.

El lazo fue reconocido.

La Luna respondió.

No con explosión.

Sino con aceptación.

El brillo inestable se afirmó.

Los lobos bajaron la cabeza.

Uno a uno.

Hasta que no quedó nadie en pie además de ellos dos.

Elisabete temblaba.

—Ellos… ¿no me tienen miedo?

Alisson sonrió.

—Sí, tienen.

Ella aspiró aire, insegura.

—Entonces, ¿por qué se arrodillan?

Él llevó la frente de ella hasta la suya.

—Porque también te respetan.

Más tarde, cuando el círculo se deshizo, el anciano se acercó.

—Lo que crece en ella no es común —dijo—. No pertenece solo a la Luna… ni solo a la tierra.

—¿Y a quién pertenece, entonces? —preguntó Alisson.

El viejo miró a Elisabete con cuidado.

—Al equilibrio… o a la ruptura.

Aquella noche, Elisabete soñó.

No con dolor.

Sino con fuego plateado. Con bosques que respiraban. Con una sombra mayor que Caíque… observando desde lejos.

Ella despertó asustada.

Alisson estaba a su lado.

—Fue solo un sueño…

Pero, en el fondo, ambos sabían:

No lo era.

En las tierras distantes, bajo rocas negras manchadas de sangre antigua, Caíque rugía.

—Luna… —murmuraba entre los dientes—. Compañera…

Él sonrió.

—Entonces voy a arrancarle todo eso.

La guerra ahora tenía nombres.

Y tenía destino.

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