Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 21: Dorian y Ael
Pov Dorian
Treinta y un pisos.
La distancia que siempre había necesitado. La que separaba su mundo del mundo de los demás. Desde aquí, Florencia era un mapa de luces minúsculas, irreconocible, ajena. Las cúpulas, los campanarios, los tejados que ella miraba desde su ventana, reducidos a puntos de luz que no decían nada.
Apoyó la frente contra el cristal. El frío era real, al menos. Eso siempre ayudaba.
El traje de la inauguración seguía puesto. La corbata, aflojada. Llevaba horas así, sin moverse, sin saber exactamente qué estaba esperando. Las luces de la ciudad se encendían y apagaban abajo; vidas que no eran la suya, gente que dormía o amaba o discutía sin saber que él existía.
Treinta y un pisos. Y esta noche, por primera vez, no bastaban.
Sabía que algo iba a pasar. Lo sabía desde que ella apartó la vista en la galería. Desde que sintió el cambio en su mirada, ese análisis nuevo que se superponía a la presencia directa de siempre. El artículo. La duda. La distancia que ella estaba construyendo sin darse cuenta.
Y él, desde esta altura, sin poder hacer nada.
Su respiración, lenta y consciente, era el único sonido del apartamento.
Hasta que dejó de serlo.
No hubo ruido. No hubo anuncio. Simplemente, la habitación pesaba diferente.
Un cambio en la presión del aire. Una densidad nueva. Una temperatura que no era la del cristal ni la de su cuerpo. Algo que no estaba antes… ahora estaba.
Dorian no se movió. No necesitaba.
—El tiempo se agota.
La voz no venía de ningún lugar. Llenaba el espacio sin esfuerzo, como si el aire mismo hubiera aprendido a hablar. Ni grave ni aguda. Antigua. Como si hubiera estado callada durante siglos y hubiera elegido ese instante para romper el silencio.
—Lo sé —dijo Dorian.
No preguntó quién era. No hacía falta. Esa presencia lo había acompañado en cada vida, en cada recomenzar, en cada pérdida. Nunca había necesitado nombre… hasta que ella, en algún siglo, había empezado a llamarlo Ael.
—Esta es la última —dijo la voz—. No habrá otra.
Dorian cerró los ojos un momento. Las palabras, dichas así, tenían un peso distinto al de sus propias cavilaciones. Lo sabía. Claro que lo sabía. Lo había sabido desde el principio de esta vida, desde antes incluso de que empezara. Pero oírlo en voz alta era otra cosa. Era real.
—Lo sé —repitió.
—Ella está más cerca que nunca. Los sueños llegan. El cuerpo recuerda. Pero el guion lo sabe y está actuando. Más fuerte que en ninguna otra vez.
Dorian se volvió entonces. No hacia la voz —no podía—, sino hacia el espacio donde la presencia se concentraba, hacia esa densidad que alteraba la geometría de la habitación.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ael.
La pregunta, dicha sin dramatismo, con la calma de quien ha visto el tiempo desde fuera y sabe que las horas no cambian nada, flotó en el aire.
Dorian tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja.
—Lo mismo que siempre. Lo único que puedo.
Ael no preguntó más. No hacía falta.
El silencio que siguió fue distinto al de antes. No vacío. Lleno de algo que ninguno de los dos necesitaba decir.
—Si el guion gana esta vez —dijo Ael al cabo de un rato—, si la separación ocurre sin que ella haya elegido, sin que tú hayas llegado a tiempo… uno de los dos dejará de existir. No reencarnará. No habrá otra oportunidad.
Dorian sintió las palabras en algún lugar del pecho. No las esperaba. O sí. Pero oírlas era otra cosa.
—¿Has pensado que podrías ser tú? —preguntó Ael.
Dorian no dudó.
—He pensado que ojalá sea yo.
El silencio de Ael, esta vez, fue más pesado. Como si algo en él se hubiera contraído.
—Nunca ha sido necesario que yo opine —dijo al final—. Solo que esté.
Dorian asintió. Lo sabía. Siempre lo había sabido.
Pero mientras el silencio volvía, mientras la ciudad seguía encendida allá abajo, algo en él se preguntó cuánto llevaba Ael así. Cuántos siglos. Cuántas vidas. Viendo cada encuentro, cada pérdida, cada recomenzar. Sin poder intervenir. Solo siendo testigo.
—Ella está respondiendo —dijo Ael—. Los sueños la están abriendo de una manera que no ocurrió en otras vidas. Hay algo en ella más cerca de la superficie.
Dorian sintió algo en el pecho. Algo que no era esperanza —esa palabra había dejado de existir para él hacía mucho—, pero que se le parecía.
—¿Sufre? —preguntó.
—Sí. Pero no como antes. Es un dolor que la acerca, no que la aleja.
Dorian volvió a apoyar la frente contra el cristal. El frío. Siempre el frío.
—¿Y si al enviarle la presencia la pones en más peligro? —preguntó Ael.
La pregunta quedó flotando en el aire, tan densa como la presencia que aún llenaba la habitación. Dorian sintió el peso de esa posibilidad: que su propia necesidad de alcanzarla, su deseo de que ella supiera antes del final, fuera el mecanismo que la alejara para siempre. El guion no necesitaría actuar si él mismo se convertía en amenaza.
Tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—El peligro es no llegar a tiempo. El peligro es que llegue al final sin saber que había algo por lo que merecía la pena luchar.
Ael no respondió. Pero Dorian sintió que entendía.
La presencia se fue como había llegado: sin ruido, sin transición. Simplemente, la presión del aire volvió a la normalidad. La densidad desapareció. La habitación volvió a ser solo suya.
Pero no del todo. Algo de Ael se quedaba. Siempre se quedaba.
Dorian permaneció inmóvil, con la frente apoyada en el cristal, sintiendo el frío, la ciudad abajo, la distancia exacta que lo separaba de ella.
Treinta y un pisos. Y ahora, kilómetros de calles, de casas, de gente que no sabía nada.
No hubo un momento de voy a hacerlo ahora. Era un impulso más antiguo que la propia voluntad. Una parte de él —la que no era de este mundo, la que nunca había terminado de adaptarse a esta forma— se desplegó hacia fuera, atravesó el cristal, atravesó la ciudad, buscando el calor de ella.
No sabía exactamente dónde estaba. La villa, su habitación, las grietas del techo que ella miraba cada noche. No importaba. Sabía que la encontraría.
Mientras atravesaba la distancia, mientras esa parte de él viajaba hacia ella, las palabras llegaron solas. De algún lugar anterior a este cuerpo, a este idioma, a esta vida.
—Memento mei. Exspecto te.
Las repitió. Como una oración. Como algo que había dicho en cada vida sin saber que lo decía.
—Memento mei. Exspecto te.
No esperaba respuesta. No sabía si ella podía oírlo.
Pero lo dijo igual.
Pov Monserrat
Ella no abrió los ojos del todo.
Estaba en la cama, en la penumbra de su habitación, con las grietas del techo allá arriba y la noche alrededor. Casi dormida. En ese borde donde las cosas no necesitan lógica para ser verdad.
Y entonces…
Calor.
No el de las sábanas. No el de la calefacción. Algo distinto. Algo que no venía de fuera ni de dentro exactamente, sino de un espacio entre ambos que no tenía nombre.
No se movió. No quiso.
Algo en ella —algo más antiguo que su cuerpo— reconoció ese calor antes de que su mente pudiera procesarlo. No lo analizó. No lo temió. Lo recibió como se recibe algo esperado sin saber que se esperaba.
Y, en el borde exacto entre el sueño y la vigilia, donde las cosas no necesitan pruebas para ser verdad, creyó oír algo.
No con los oídos.
Memento mei.
Dos palabras en un idioma que su mente despierta no reconocería. Pero algo en ella sí. Algo que llevaba vidas enteras reconociéndolo.
No abrió los ojos. No se preguntó qué fue. Cerró los ojos más profundamente, como si esperara que continuara. Como si supiera que, si se movía, si hacía ruido, si pensaba demasiado… se iría.
Y, por primera vez en todas las noches que recordaba, el vacío tardó en llegar.
Pov Dorian
Dorian abrió los ojos.
La ciudad seguía abajo. El cristal seguía frío. Sus manos, sobre el marco de la ventana, eran las mismas de siempre.
Pero algo era diferente.
Algo en el aire. Algo en su pecho. La certeza, sin pruebas, de que ella lo había recibido.
—Memento mei —susurró una vez más. Para sí mismo. Para ella. Para nadie.
Se apartó de la ventana.
La noche continuaba. Pero ya no era la misma.
Miró sus manos. Las que, en otra forma, no eran manos. Las que, en otro tiempo, no necesitaban lenguaje para decir lo que acababan de decir.
Las cerró lentamente. Como si sostuvieran algo. Como si, a pesar de la distancia, a pesar de los treinta y un pisos, a pesar de todo lo que los separaba, todavía pudieran alcanzarla.
No sabía si era verdad.
Pero lo eligió igual.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴