Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Pueblo 1
La primera vez que Lavender acompañó a su abuela al pequeño pueblo para vender, lo hizo con la emoción tranquila de quien se siente útil. Caminaba a su lado, sosteniendo el canasto con ambas manos, orgullosa de poder ayudar. El mercado era modesto, lleno de voces conocidas, de rostros curtidos por el trabajo y de puestos improvisados que se repetían semana tras semana.
Pero bastó poco para que algo le apretara el pecho.
Lavender observó en silencio cómo algunas personas miraban las flores y las raíces de Rosie, asentían con fingido interés y luego ofrecían menos de lo justo. Decían que el producto no valía tanto, que ese día había demasiada oferta, que el clima no ayudaba. Rosie dudaba, sonreía con amabilidad… y aceptaba.
Lavender sintió una rabia que no era propia de una niña.
Sabía, incluso con sus seis años, cuánto esfuerzo había detrás de cada manojo. Sabía cuántas monedas se necesitaban para sobrevivir el invierno. Ver cómo se aprovechaban de la bondad de su abuela le encendió algo por dentro, una furia silenciosa que tuvo que tragarse porque aún era pequeña, porque nadie escucharía a una niña en un mercado.
No dijo nada en ese momento. Esperó.
De regreso a casa, caminando por el sendero de tierra, Lavender apretó la mano de Rosie y habló con una seriedad que la mujer no esperaba.
—Abuela… yo voy a aprender a vender.
Rosie se detuvo y la miró, sorprendida.
—¿Aprender a vender? Eso no es cosa de niñas, mi flor.
Lavender negó con la cabeza, decidida.
—Sí lo es. Porque tú eres buena… y hay gente que no lo es. Yo quiero ayudarte.
La abuela la observó en silencio. Vio la firmeza en sus ojos, una determinación extraña para alguien tan pequeña. Al final, suspiró y le acarició la mejilla.
—Está bien.. Te enseñaré.
Lavender sonrió, no con alegría infantil, sino con la satisfacción tranquila de quien ha tomado una decisión importante. Sabía que aún era joven, que no podía cambiarlo todo de inmediato.
Pero también sabía algo más..
Esta vez no solo protegería la casa y la cosecha.
También protegería a su abuela del mundo.
Mientras caminaban juntas hacia el mercado en las semanas siguientes, la abuela Rosie comenzó a enseñarle a vender. No lo hacía como quien enseña un oficio duro, sino como quien transmite una forma de mirar el mundo.
—No debemos cobrar de más, mi flor.. le decía mientras acomodaban las flores.. La tierra no nos pertenece. Se riega con la lluvia que dan los dioses. Lo que crece en ella es para bendecir al mundo.
Hablaba con una serenidad profunda, convencida de cada palabra. Para Rosie, las flores y las raíces no eran mercancía, sino dones.. algo que pasaba por sus manos antes de llegar a otros. Creía, con una fe sencilla, que el equilibrio estaba en no tomar más de lo necesario.
Lavender la escuchaba con atención. Admiraba esa bondad pura, casi sagrada. Miraba a su abuela y pensaba que pocas personas eran así, tan limpias de corazón, tan incapaces de malicia.
Pero también veía lo otro.
Veía a la gente que pagaba poco sin pestañear. Veía cómo tomaban los manojos, los olían, los giraban entre los dedos, sin notar las horas de trabajo bajo el sol, las manos agrietadas, las noches secando raíces con cuidado para que no se echaran a perder. No veían el esfuerzo detrás de cada planta, de cada flor cortada en el momento justo.
Lavender apretaba los labios. No discutía con su abuela. Entendía su filosofía, la respetaba. Pero dentro de ella crecía una idea distinta, una que no negaba la bondad, sino que quería protegerla.
Aprendió a observar. A escuchar precios. A notar quién regateaba por necesidad y quién lo hacía por costumbre. Aprendió que ser justa no era lo mismo que dejarse aprovechar.
Mientras Rosie hablaba de los dioses y la tierra compartida, Lavender pensaba en el equilibrio. En cómo honrar la generosidad sin convertirla en sacrificio constante. En cómo enseñar al mundo a valorar lo que recibe.
Y en silencio, con la paciencia de quien sabe esperar, decidió que cuando llegara su momento, encontraría una forma de vender sin traicionar la bondad… pero sin permitir que nadie volviera a pisotear el esfuerzo de su abuela.