Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Tengo miedo
...CAPÍTULO 9 ...
...----------------...
...SOFÍA RÍOS...
Han pasado dos días desde aquella conversación…Dos días desde que Nathan encontró las pruebas. Dos días desde que discutimos, lloramos, gritamos y terminamos más indecisos que desde el principio.
Y no he sabido nada de él.
Lo extraño.
Extraño su presencia pesada, su risa exagerada, su forma torpe de ponerse serio cuando la situación lo supera. Pero al mismo tiempo… agradezco que me haya dado espacio. Mi cabeza no tiene espacio para más caos.
Los mensajes de Alex siguen llegando como si nada ocurriera.
“Buenos días, amor.”
“¿Almorzaste?”
“Iré a verte un rato después de ensayar con los chicos. Te extraño.”
Y yo respondo con monosílabos, sintiendo que cada uno es una mentira más pesada que la anterior.
Nathan solo me escribió una vez.
Una única vez.
“¡Hola mi Sofilopi! ¿Cuándo es tu chequeo? Te pasaré a recoger para vayamos juntos.”
Lo peor es que su mensaje no sonaba molesto.
Sonaba ansioso.
¿Estaba Feliz?
¿Quién se alegra de algo así?
¿Quién quiere convertirse en papá a los veinte años mientras su vida está empezando y su banda está ganando fama mundialmente?
Nathan.
Era tan él.
Ese mismo día, sin preguntarme mucho, me envió un segundo mensaje:
“¿Quieres que averigüe qué necesitamos para el bebé? O no sé, ¿cuándo compramos las cosas? Tendrá que ser después de la gira.”
Me quedé mirando esa frase tanto tiempo que la pantalla se apagó sola.
Quería llorar.
Quería gritarle que no se ilusionara.
Que yo seguía sin estar lista.
Que seguía pensando en abortar, aunque el mundo entero me señalara como la mala de la película.
Pero no escribí nada.
Solo dejé el celular boca abajo.
...----------------...
Hoy es la primera cita prenatal. La doctora me dijo por teléfono que era mejor que viniera acompañada. Y aquí estoy, afuera del consultorio de la clínica privada asociada con los Blake, con la respiración entrecortada, las manos húmedas y un nudo en la garganta que me hace sentir que aún no soy capaz de entrar.
Cuando escucho un “Sofi” suave —demasiado suave para ser él normalmente— levanto la vista.
Nathan está ahí, apoyado contra la pared del pasillo, con una gorra negra, una sudadera gris y unas ojeras enormes.
Pero sonríe apenas me ve.
Le dije que no pasara por mi, ya que estaba resolviendo unos asuntos de la banda con los directivos de la agencia y esperar a que él pasara por mi, solo me retrasaría y por consecuencia perdería la cita.
—Pensé que no alcanzaría a llegar —dice caminando hacia mí, inseguro, como si temiera que saliera corriendo.
—Pensé lo mismo —susurro, acomodando una hebra de mi cabello detrás de la oreja.
Nathan junta las manos detrás de la cabeza y respira profundo, nervioso.
—Bueno… menos mal alcancé a llegar. Porque en la condición en la que estás, me da miedo de que quieras hacer alguna locura.
No sé por qué, pero esa frase me pesa el doble.
—¿Listos? —pregunta la enfermera abriendo la puerta.
Nathan me mira y asiento, aunque por dentro estoy temblando.
Entramos finalmente al consultorio, es frío, demasiado blanco. La doctora, una mujer joven de gafas rectangulares, me saluda amablemente y luego mira a Nathan.
—¿Y tú eres…? —pregunta.
—El papá —responde él sin dudar, enderezándose.
Me quedo congelada. La doctora sonríe.
—Bien, entonces vamos a empezar.
Me pide recostarme en la camilla. Levanto un poco la camiseta y ella enciende la máquina de ultrasonido. Suena un pitido suave. El gel está helado en mi abdomen y doy un pequeño salto involuntario.
Nathan ríe por lo bajo.
—Tranquila, Sofi… no es para tanto.
Lo fulmino con la mirada, pero él sonríe igual, como si nada pudiera borrarle esa alegría tonta del rostro.
La doctora apoya el transductor sobre mi vientre y mueve la mano con precisión.
En la pantalla aparece un espacio grisáceo. Mi corazón late tan fuerte que me retumba en los oídos. La doctora inclina la cabeza y ajusta un botón. Y entonces…algo aparece.
Un pequeño punto parpadeando.
—Ahí está —dice con voz cálida—. Ese parpadeo es el latido.
Nathan se queda rígido, completamente inmóvil.
Sus ojos se agrandan. Parece un niño viendo magia por primera vez.
Yo…
yo siento que me falta el aire.
—El embrión mide seis milímetros —continúa la doctora—, lo que corresponde a unas ocho semanas de gestación. Es muy pronto aún, pero todo se ve dentro de lo esperado.
—¿Ocho semanas? —pregunto con un hilo de voz.
—Ojala se parezca a mi para que no adopte más amargada actitud de su mamá… —murmura él, demasiado emocionado para terminar la frase.
La doctora sonríe, sin entender el contexto.
—¿Quieren escuchar el corazón?
Nathan casi se cae de la silla de la impresión.
—¿Se puede? ¿De verdad?
Asiento débilmente. La doctora activa un botón. De la máquina sale un sonido irregular, rápido, diminuto.
Nathan se tapa la boca con la mano, como si tratara de contener algo que le crece desde el pecho.
—Ese es… —susurra—. Ese es nuestro bebé.
Una punzada atraviesa mi estómago.
No sé si es miedo, culpa o ternura.
La doctora nos explica ciertas indicaciones: ácido fólico, hidratación, próximos controles, ecografía de las 12 semanas, citas prenatales cada mes al inicio…
Pero yo apenas escucho.
Solo siento que cada palabra es un peso nuevo encima de mí.
La cita termina y salimos del consultorio.
Nathan camina despacio a mi lado. Cuando llegamos al estacionamiento, él se detiene frente a mí.
—No puedo creerlo —dice en un susurro quebrado—. Sofi, es real. Hay un… —se ríe, nervioso—Hay un corazón latiendo ahí.
Yo miro el piso.
—Lo sé.
—No estás tan feliz como yo, ¿cierto?
Niego con la cabeza.
Nathan guarda silencio. Luego se acerca un poco más, bajando su gorra para verme mejor los ojos.
—Sofía… —murmura—. ¿Tienes miedo?
—Mucho.
Él respira hondo.
—Yo también.
Eso me sorprende.
—¿Tú? ¿Miedo? Si estás emocionado con todo esto.
—Obvio —responde encogiéndose de hombros—. Somos unos críos aún. No tengo idea de qué hacer con un bebé. No sé ni cómo pagar mis cosas sin que Dylan me recuerde cada mes que no gaste todo mi dinero en estupideces y además está Alex. Y la banda. Y… todo.
Hace una pausa. Y luego añade, más bajo:
—Pero, Sofi… es nuestro bebé. Nuestro. Y aunque tenga miedo… estoy feliz. Muy feliz.
La palabra me golpea.
“Feliz.”
Como si esto fuera un regalo.
Como si esto fuera algo bonito.
Me cubro el rostro con las manos. Nathan se acerca y me toma las muñecas suavemente, bajándolas.
—Ey… mírame.
Levanto la mirada.
—No tienes que estar feliz todavía. No tienes que sentir lo que yo siento. Solo… no tomes decisiones por miedo. No hagas nada sin pensar. No estás sola, ¿ok?
Trago saliva.
Quiero creerle. Quiero sentirme un poco menos perdida.
—Nathan… —digo temblando—. Yo no sé si voy a poder.
—Yo sí —responde sin dudar—. Y cuando tú no puedas, yo podré por los dos.
Me muerdo el labio, intentando sostener las lágrimas.
—Solo… dame tiempo —pido—. No le digas a nadie. No aún. No estoy lista.
Nathan asiente, suave, sin insistir.
—Te lo prometo. —Luego sonríe, genuinamente —. Pero déjame estar. Déjame acompañarte. No me cierres la puerta otra vez.
Yo asiento con un mínimo movimiento.
Él suspira, aliviado, y me acomoda un mechón detrás de la oreja con una delicadeza que no le conocía. Y entonces lo veo. Ese brillo en sus ojos. Esa ilusión tan desbordada que da miedo.
Como si no pudiera contenerla.
Como si ya se hubiera enamorado del bebé.
Como si… se estuviera enamorando de mí.
Y yo, trágicamente, sigo amando a Alex.