Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Reunión 3
La reunión no perdió ritmo.
Si al inicio había sido formal, pronto se convirtió en algo dinámico, casi eléctrico.
Abigail no se limitó a aceptar el acuerdo.. empezó a organizarlo en voz alta.
—Necesitamos una fecha concreta.. Si vamos a convertir esto en algo grande, no podemos quedarnos en “pronto”. ¿Cuándo empezamos?
Michael la observó, sorprendido por su determinación inmediata.
—Podemos iniciar los preparativos esta misma semana.. Los anuncios oficiales podrían hacerse en diez días.
Ella asintió con energía.
—Perfecto. Mientras más rápido, mejor. El vino no mejora esperando en silencio… mejora cuando circula.
Él sostuvo su mirada un segundo más de lo debido.
—Le habilitaré una oficina aquí en el palacio.
Abigail parpadeó.
—¿Aquí?
—Sí. Tendrá acceso directo a los ministros de comercio, a los registros de aduanas y a los embajadores extranjeros.
Ella ladeó la cabeza.
—¿No le traerá problemas eso?
Michael arqueó una ceja.
—¿Problemas?
—Ya sabe.. Una comerciante instalada en el palacio, entrando y saliendo. La gente habla. Siempre habla.
Michael apoyó los codos sobre la mesa.
—Nadie le discute decisiones al rey.
Abigail lo miró con fingida inocencia.
—¿Nadie?
Él sostuvo la compostura.
—Nadie.
Ella entrecerró los ojos con picardía.
—¿Seguro? ¿Ni su esposa? ¿Ni alguna amante secreta que le diga “Michael, no metas más mujeres en el palacio”?
La naturalidad con la que dijo aquello habría dejado sin aliento a cualquier cortesano.
Michael no desvió la mirada.
—No tengo esposa.
Abigail alzó una ceja.
—¿Y amante?
—Tampoco.
El silencio que siguió fue breve… pero distinto.
Abigail sonrió lentamente.
Tomó la copa de vino que había traído como obsequio y la levantó.
—Salud por eso.
Michael casi no pudo contener la reacción.
—¿Salud?
—Claro.. Un rey sin esposa ni amante significa menos dramas y más concentración en el comercio. Eso siempre es buena noticia.
Pero la forma en que lo miró decía algo más.
Michael levantó su copa también.
Las copas chocaron suavemente.
El sonido fue pequeño.
Pero el momento no lo fue.
Michael la miraba ya casi sin disimulo.
La forma en que el vestido rojo resaltaba bajo la luz.
La seguridad con la que sostenía su postura.
La manera en que hablaba sin miedo, sin cálculo.
No era solo hermosa.
Era vibrante.
Y él lo sentía en cada respiración.
Abigail, por su parte, parecía perfectamente consciente… y perfectamente cómoda.
No retrocedía.
No se intimidaba.
Sonreía.
Sostenía la mirada.
Dejaba que el silencio se estirara apenas lo suficiente para volverse interesante.
—Majestad.. si voy a tener oficina en el palacio, espero que tenga buena ventana. No pienso trabajar como topo.
—La tendrá.
—Y té decente.
—También.
Ella inclinó la cabeza.
—Entonces creo que podemos hacer historia.
Michael dio un paso más cerca de la mesa.
—Lo haremos.
Por un instante, la conversación dejó de ser comercial.
El aire cambió.
Se volvió más denso.
Más íntimo.
Abigail lo miró con esa mezcla de alegría y leve desafío.
—¿Sabe algo, Majestad?
—¿Qué cosa?
—Cuando lo conocí en el bosque pensé que era demasiado serio para disfrutar nada.
Michael sostuvo su mirada.
—¿Y ahora?
Ella sonrió, un poco más suave esta vez.
—Ahora creo que solo necesitaba una copa de vino adecuada.
Él dejó escapar una risa baja.
—Puede que tenga razón.
La reunión continuó entre planes, fechas y estrategias, pero bajo todo eso latía algo distinto.
Una atracción clara.
Una curiosidad creciente.
Una tensión que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar aún.
Abigail seguía siendo ella.. Alegre.
Un poco atrevida.
Coqueta sin esfuerzo.
La conversación había tomado un ritmo casi cómodo.
Planos, fechas, ideas.
Pero Michael, que llevaba días conteniendo preguntas, no pudo evitar que una se deslizara entre las palabras.
—Lady Abigail… ¿Por qué decidió venir a la capital?
Ella no pareció incómoda.
Tomó su copa, giró el vino lentamente y respondió con tranquilidad..
—Mi madre me ofreció el viaje.
Michael asintió, esperando algo más estratégico.
Pero Abigail continuó, directa como siempre..
—No para hacer negocios.
Él alzó la vista.
—¿No?
—No.. Fue para alejarme de un hombre que no me amaba.
La frase cayó suave.
Pero el efecto en el rey fue inmediato.
Algo en su interior se tensó.
Le costó disimularlo.
No era celos todavía.
Era algo más primitivo.
Una molestia seca, inesperada.
—¿Un hombre que no la amaba? —preguntó con aparente neutralidad.
Abigail asintió.
Michael apretó levemente la mandíbula.
—¿Tiene usted… novio?
La pregunta salió más directa de lo que pretendía.
Abigail lo miró con sorpresa leve… y luego negó.
—No.
Se acomodó en la silla con naturalidad.
—Y no está en mis planes tener uno.
Michael sostuvo su mirada, buscando titubeo.
Duda.
Algo que indicara ocultamiento.
No encontró nada.
Abigail continuó..
—Ahora solo quiero ayudar con los negocios de la familia Stevens. Ellos son buenas personas..
Su voz no era dramática.
No era sentimental exagerada.
Era firme.
Sincera.
Michael la observó con atención.
Podría ordenar investigar.
Podría confirmar cada detalle.
Y probablemente lo haría, por costumbre.
Pero había algo en la forma en que ella hablaba…
No había resentimiento.
No había deseo de provocar.
No había estrategia.
Solo claridad.
Le creyó.
O al menos, quiso creerle.
La tensión en sus hombros disminuyó apenas.
—Entonces su prioridad es la Casa Stevens.
—Completamente.. Si algún día tengo un romance, que sea cuando no tenga que elegir entre el amor y mis metas.
Michael no respondió.
Pero algo dentro de él se movió.
No era rechazo al amor.
Era independencia.
Eso la hacía aún más peligrosa para su calma.
Continuaron hablando del palacio.
De la oficina.
De qué ala sería más adecuada.
De los horarios.
Michael explicaba con detalle, y Abigail escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas prácticas, incluso señalando detalles logísticos que ningún cortesano se habría atrevido a mencionar.
El ambiente volvía a ser fluido cuando..
Un golpe seco en la puerta.
—Majestad, es urgente —anunció la voz del consejero desde afuera.
Michael frunció el ceño.
Había dado órdenes claras.
No quería interrupciones.
—Adelante —dijo, con evidente molestia contenida.
El consejero entró con expresión seria y susurró algo sobre un asunto diplomático que requería firma inmediata.
Michael escuchó.
Asintió.
Pero su expresión se endureció.
El momento se había roto.
Abigail se levantó con naturalidad.
—No quiero robar más tiempo del que ya he robado —dijo con una sonrisa ligera.
Michael la miró.
—No lo ha robado.
Ella inclinó la cabeza, divertida.
—Entonces lo he invertido bien.
Se despidió con una reverencia correcta esta vez, sin interrupciones ni risas.
Pero antes de girarse, lo miró.
Y esa mirada…
No fue descarada.
No fue evidente.
Fue lenta.
Sus ojos se detuvieron en los de él un segundo más de lo necesario.
Luego descendieron apenas, como si midieran la distancia entre ambos.
Volvieron a subir, brillantes.
Con una curva sutil en la comisura de sus labios.
Una promesa pequeña.
Un desafío suave.
Una invitación implícita a no quedarse solo en negocios.
Michael sintió que el aire se volvía más denso.
—La espero pronto, Lady Abigail.
Ella sostuvo esa sonrisa.
—Estaré aquí antes de que pueda extrañarme, Majestad.
Y salió.
En el pasillo, Mila estaba literalmente con las manos entrelazadas, murmurando oraciones.
—¡¿Está viva?! —susurró al verla.
Abigail soltó una risa.
—Sí, y con oficina nueva.
Mila casi lloró de alivio.
Dentro del despacho, Michael permaneció inmóvil unos segundos después de que la puerta se cerrara.
El consejero hablaba aún de tratados y documentos, pero el rey apenas escuchaba.
Solo veía aquella última mirada.
Coqueta.
Segura.
Libre.
Y por primera vez en mucho tiempo, un asunto diplomático le parecía mucho menos urgente que la próxima vez que ella cruzara esa puerta.