Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 6: El tamaño de los sueños
...~Adrián~
...
La luz de la mañana entraba a borbotones por los ventanales del estudio, dibujando rectángulos dorados sobre las muestras de tela y los bocetos esparcidos. Adrián llevaba dos horas trabajando y todavía no había levantado la vista del tablero.
Tenía una taza de café frío a su izquierda, tres lápices mordisqueados a su derecha, y una idea que le bullía en la cabeza desde que despertó: crecer.
No bastaba con tener un estudio bonito y algunos clientes ocasionales. No bastaba con proyectos pequeños que podía hacer solo. Si quería construir algo real, algo que sostuviera su vida sin depender de la herencia, sin depender de Alejandro, sin depender de nadie, necesitaba pensar en grande.
Pero pensar en grande daba miedo.
Cogió un folio nuevo y empezó a escribir:
Proyectos actuales:
· Reforma de apartamento para pareja joven (200.000 €)
· Asesoría de color para oficina de abogados (3.000 €)
· Diseño de mobiliario para tienda emergente (12.000 €)
Total: 215.000 €. Suficiente para vivir, para ahorrar, para no pasar apuros. Pero no suficiente para crecer.
Necesitaba más. Necesitaba proyectos más grandes, clientes con más presupuesto, un equipo que le permitiera abarcar más trabajo. Necesitaba, sobre todo, dejar de verse a sí mismo como "el omega que hace diseño por hobby" y empezar a verse como "Adrián Guerrero, diseñador de interiores".
El nombre le sonaba ajeno, incluso en su propia cabeza.
Dejó el lápiz y se levantó. Fue a la ventana, apoyó la frente en el cristal. La ciudad se extendía allá afuera, llena de posibilidades. En algún lugar de esa ciudad, había personas que necesitaban espacios hermosos. Personas con dinero, con gusto, con ganas de algo diferente, solo tenía que llegar a ellas.. Pero, ¿cómo?
Volvió a la mesa y siguió escribiendo:
Necesito:
· Web profesional (no la cutre que tengo)
· Presencia en redes (Instagram, Pinterest)
· Contactos en el sector inmobiliario (arquitectos, promotoras)
· Un proyecto "escaparate" (algo que pueda enseñar y diga "esto es lo que hago")
· Alguien que me ayude con la parte administrativa (no puedo hacerlo todo)
Se quedó mirando el último punto. Alguien que le ayude. Un equipo. Personas que trabajaran con él, para él, por él.
Era una idea emocionante y aterradora a partes iguales. Nunca había tenido un equipo. Nunca había sido el jefe de nadie. Siempre había trabajado solo, en su pequeño estudio, con sus pequeños proyectos, su pequeña vida.
Pero ya no quería una vida pequeña.
Sonrió. Una sonrisa nerviosa, de esas que preceden a las decisiones importantes.
—Vale —dijo en voz alta—. Pues vamos a ello.
El resto de la mañana transcurrió entre llamadas y correos. Llamó a un amigo de la universidad que trabajaba en una promotora inmobiliaria. Quedaron para comer la semana siguiente. "Te paso contactos", dijo el amigo. "Hay mucha demanda de interioristas con criterio".
Llamó a una compañera de profesión que tenía un estudio más grande, en busca de consejo sobre cómo contratar personal. "Empieza con becarios", le dijo ella. "Gente joven con hambre. Les pagas poco, les exiges mucho, y si valen, los terminas contratando. Así empecé yo".
Llamó a un diseñador web que le había recomendado un cliente. Pactaron una reunión para el jueves.
Cuando colgó la última llamada, eran casi las dos de la tarde y Adrián tenía la sensación de haber movido montañas. No eran montañas reales, solo pequeños pasos, pero eran sus pasos. Los estaba dando él.
Se sirvió otro café, esta vez caliente, y se sentó a mirar sus notas. La lista de "necesito" empezaba a tener tachaduras y anotaciones al lado. Progreso.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Adrián lo miró sin prisas, saboreando el momento de pausa. El nombre en la pantalla hizo que se le helara la sonrisa.
Alejandro Torres.
Abrió el mensaje:
"Te recojo a las tres. Comemos fuera. Confirmame."
No era una pregunta, no era una invitación. Era una orden. "Confirmame", como si él fuera un proveedor, un empleado, alguien sin agenda propia.
Adrián se quedó mirando el teléfono. La euforia de la mañana se desinfló como un globo pinchado. Eran las dos menos cuarto. Tenía quince minutos para arreglar todo, salir y estar listo en la puerta de su estudio a las tres en punto.
Quince minutos para interrumpir su trabajo, sus planes, su vida.
En su primera vida, habría respondido al instante: "Claro, te espero. Gracias por avisarme." Habría dejado todo, corrido a casa a cambiarse, y esperado en la puerta con una sonrisa.
Ahora, con la taza de café en la mano y la lista de "necesito" todavía fresca en la memoria, sintió algo nuevo: rabia.
No una rabia explosiva, no un arrebato. Era una rabia sorda, fría, la rabia de quien empieza a darse cuenta de lo mucho que ha tolerado.
¿Por qué Alejandro no preguntaba? ¿Por qué no decía "¿tienes tiempo?", "¿te apetece?", "¿podemos quedar?"? ¿Por qué daba por hecho que él iba a estar disponible siempre, a cualquier hora, para cualquier cosa?
Porque para Alejandro, él era eso: alguien siempre disponible. Un adorno que espera en su estante hasta que lo necesitan.
Adrián apretó el teléfono. Luego respiró hondo, lo dejó sobre la mesa y se obligó a pensar.
Podía decir que no. Podía escribir: "Lo siento, hoy no puedo, tengo trabajo." Era verdad, tenía trabajo. Tenía una reunión pendiente, llamadas que hacer, una lista de tareas que no iba a cumplirse sola.
Pero decir que no a Alejandro... eso no se hacía. No en su mundo. No en el mundo de los Guerrero, de los Torres, de los compromisos y las alianzas.
¿O sí?
Miró la lista otra vez. Necesito: web, redes, contactos, equipo, proyecto escaparate. Nada de eso iba a aparecer por arte de magia. Nada de eso iba a construirse mientras él dejaba todo para correr detrás de un alfa que ni siquiera le preguntaba cómo estaba.
Pero también estaba el compromiso. La familia. Las expectativas. Su madre, que le había hablado de renuncias y elecciones, pero que también sabía lo que costaba enfrentarse al sistema.
Adrián cogió el teléfono. Escribió:
"A las tres entonces. Nos vemos en el estudio."
Lo leyó. Le pareció demasiado sumiso. Borró y escribió:
"Vale. A las tres te espero."
Tampoco. Demasiado blando. Demasiado "te espero", como si él no tuviera otra cosa que hacer.
Al final, dejó el mensaje original de Alejandro y respondió simplemente:
"Ok."
Una palabra. Seca. Neutra. Ni sumisión ni desafío. Solo "ok".
Envió.
Luego se levantó, cogió la chaqueta, y salió hacia su casa para cambiarse. Mientras caminaba, sintió el peso de lo que acababa de hacer. No era una rebelión, no era una victoria pero era algo. Era un "ok" en lugar de un "claro, lo que tú digas".
Pequeños pasos. Como los de su estudio. Como los de su vida.
Llegó a la puerta del estudio a las tres menos cinco. Se había cambiado: vaqueros oscuros, camisa azul, chaqueta informal. Nada demasiado elegante. No iba a vestirse para impresionar a quien no lo miraba.
El coche de Alejandro apareció a las tres y siete minutos. Siete minutos de retraso. Adrián los contó, uno por uno, mientras el viento otoñal le despeinaba el remolino testarudo de la nuca.
El coche se detuvo. La ventanilla bajó.
—Sube —dijo Alejandro, sin mirarlo siquiera.
Adrián obedeció.
Y mientras el coche arrancaba y se perdía entre el tráfico, él pensó en su estudio, en su lista, en sus sueños. Todo eso iba a tener que esperar.
Una vez más.
...~Alejandro~
...
La llamada de su madre llegó a las once y media, justo cuando Alejandro estaba en medio de una reunión con el departamento financiero. Vio el nombre en la pantalla, frunció el ceñony dejó que saltara el buzón.
Pero su madre era persistente. Llamó otra vez a los cinco minutos. Y otra a los diez.
—Perdón —dijo a los financieros, levantándose—. Un momento.
Salió al pasillo y contestó con el tono cortante que reservaba para las interrupciones.
—Dime.
—Alejandro, no me hables así, que soy tu madre.
—Estoy en una reunión.
—Pues la interrumpes un minuto. ¿Cuándo fue la última vez que viste a Adrián?
Alejandro parpadeó, desconcertado.
—¿Adrián? Cenamos en familia hace unos días.
—No me refiero a cenas familiares. Me refiero a solos. A pasar tiempo juntos, hacer vida de pareja.
—Mamá, no tengo tiempo para estas cosas.
—Pues vas a tener que hacerlo. —La voz de su madre era firme, la voz de quien ha aprendido a manejar alfas testarudos—. La boda es en menos de un año. La gente empieza a preguntar y tú apareciendo siempre solo en los eventos no da buena imagen.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Mi imagen es perfecta.
—Tu imagen empresarial, sí. Pero no eres solo una empresa, Alejandro. Eres un alfa prometido y la gente quiere ver al alfa prometido con su omega. Es bueno para los negocios. ¿O crees que a los inversores no les gusta la estabilidad familiar?
Eso le hizo detenerse. Su madre conocía sus puntos débiles.
—¿Qué sugieres?
—Que quedes con él, que te dejes ver. Una comida, una cena, algo que pueda salir en las redes. Nada demasiado empalagoso, solo lo justo para que se sepan que existen
Alejandro consideró la propuesta. No era mala idea. Una comida, unas fotos, algún comentario en la prensa social. Reforzaba su imagen de hombre estable, con familia, con futuro. Los inversores asiáticos valoraban esas cosas.
—Vale —dijo—. Lo haré.
—Hoy.
—¿Hoy?
—Hoy, Alejandro, no lo dejes pasar. Llama a tu asistente, que reserve en algún sitio bueno y recógelo. Demuestra que sabes hacer de novio cuando toca.
Colgó antes de que él pudiera protestar.
Alejandro se quedó un momento en el pasillo, con el teléfono en la mano y una mueca de fastidio en el rostro. Luego respiró hondo, entró de nuevo en la sala de reuniones, y despachó a los financieros en diez minutos.
De vuelta a su despacho, llamó a su secretaria.
—Necesito una reserva para comer hoy. Restaurante caro, discreto, con posibilidad de fotos sin que parezca montado. Para dos.
—¿Nombre del acompañante?
—Adrián Guerrero. Mi prometido.
Hubo un silencio brevísimo al otro lado. Su secretaria conocía bien la situación.
—Enseguida le confirmo.
Alejandro colgó y se reclinó en el sillón. Otra cosa más que hacer. Otra pérdida de tiempo. Pero su madre tenía razón en lo de la imagen y él nunca descuidaba la imagen.
Escribió un mensaje rápido:
"Te recojo a las tres. Comemos fuera. Confirmame."
Lo leyó una vez. Era funcional, directo. No necesitaba florituras.
Envió.
Luego volvió al trabajo, sin pensar más en el asunto.
A las tres y siete minutos llegó al estudio de Adrián, el omega estaba en la puerta, esperando. Vaqueros, camisa azul, chaqueta informal. Iba guapo, pensó Alejandro con desapego. Iba bien para las fotos.
—Sube —dijo.
Adrián subió.
Y mientras el coche se alejaba, Alejandro repasó mentalmente la agenda de la tarde. Comida, dos horas máximo. Luego vuelta a la oficina, reunión con el equipo legal a las seis, llamada con Nueva York a las ocho. Factible.
Lo único que le molestaba era tener que perder el tiempo en algo tan... intrascendente.
Pero su madre tenía razón. La imagen importaba y si Adrián servía para eso, bienvenido fuera.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕