Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 05
La corte entera estaba paralizada por el terror. Nunca antes nadie había desafiado a la familia imperial de manera tan abierta en el corazón mismo del palacio. Mi padre, el duque Gerald, corría hacia nosotros con el rostro desencajado, flanqueado por dos ancianos ministros que balbuceaban llamados a la calma.
Pero yo no miraba a mi padre. Ni miraba a Aedric, que se sobaba la muñeca amoratada lanzándome miradas envenenadas mientras Laura le susurraba consuelos con voz llorosa.
Miraba a Aleixandre.
El archiduque dio un paso atrás con elegancia marcial, inclinando la cabeza apenas un centímetro hacia mí, con una mirada en la que danzaban sombras de fuego y hielo.
—Nos volveremos a ver muy pronto, Lady Eleanor —dijo en voz baja, con un tono que no era una promesa cortés, sino una sentencia ineludible—. Aseguraos de que cuando llegue el momento del anuncio, elijáis bien a quién llamáis vuestro verdugo... y a quién llamáis vuestro cómplice.
Giró sobre sus talones y se alejó con paso firme hacia la salida de los jardines de invierno, dejando tras de sí un salón sumido en el caos absoluto, con nobles susurrando como nidos de avispas y un príncipe humillado que me miraba con la promesa de una venganza implacable.
Me toqué la muñeca izquierda, donde la marca de las brujas de sangre continuaba ardiendo bajo mi piel con un latido nuevo, poderoso y hambriento.
Sonreí. Una sonrisa oscura, libre de miedo, libre de cadenas.
El príncipe quería una esposa sumisa para pisotearla. Mi padre quería una moneda de cambio para salvar su patrimonio. La corte quería una oveja para el sacrificio.
Pero el juego acababa de cambiar. Al diablo con mi prometido. La villana acababa de encontrar su espada.
***
El caos que siguió a la partida del archiduque Bondhe fue digno de una comedia barata.
Mi padre llegó hasta mí con el rostro encendido por una furia sorda, sus manos temblando de rabia contenida mientras intentaba mantener la voz lo suficientemente baja como para que los duques vecinos no escucharan la reprimenda.
—¿Qué demonios ha sido eso, Eleanor? —siseó, tomándome con brusquedad del antebrazo derecho para alejarme del círculo de curiosos—. ¿Has perdido el juicio? ¡Provocar a su alteza de esa manera delante de toda la corte! ¡Permitir que ese salvaje del norte se interpusiera entre tú y tu futuro esposo! ¿Tienes idea de lo que esto significa para la casa Fiargod?
Miré la mano de mi padre sobre mi brazo. En mi vida anterior, ese solo toque me habría hecho encogerme de hombros y derramar lágrimas de culpa, rogándole perdón por haberle fallado.
Ahora, clavé mis ojos en los suyos con tanta frialdad que el viejo duque vaciló por un instante.
—Suélteme, padre —dije, en un susurro que cortó el aire como una cuchilla helada.
—¿Cómo te atreves...?
—He dicho que me suelte —repetí, y esta vez dejé que una ínfima brizna de la energía que hervía en mi sangre se filtrara a través de la tela de mi vestido.
Una descarga de frío repentina y punzante, como si hubiera tocado hierro congelado a la intemperie en pleno invierno boreal, recorrió los dedos de mi padre. El duque soltó mi brazo de golpe con un jadeo involuntario, retrocediendo un paso mientras se miraba la palma de la mano, visiblemente conmocionado.
—¿Qué... qué demonios fue eso? —balbuceó, mirándome como si jamás me hubiera visto en su vida.
—Eso fue una advertencia, padre —respondí acomodándome la manga con parsimonia—. Si la casa Fiargod está en la ruina, no es por mi culpa; es por vuestra cobardía y vuestras malas decisiones al apostar por un príncipe endeble que no sabe ni defender su propia mano frente a un verdadero señor de la guerra. Si queréis que nuestro linaje sobreviva, dejad de tratarme como una mercancía averiada. De ahora en adelante, las decisiones sobre mi vida las tomo yo.
—¡Insolente! ¡No tienes ningún derecho! ¡El emperador firmará el decreto en menos de media hora! —rugió él en voz baja, la ira ganándole al desconcierto—. ¡Subirás a esa tarima, sonreirás y besarás el anillo de Aedric, o te desheredaré esta misma noche!
—Adelante, desherédeme —sonreí con una tranquilidad que terminó de quebrar la paciencia de mi progenitor—. Pero recuerde una cosa, duque Gerald: si me deshereda, el contrato matrimonial queda nulo por cláusula de sangre, y Aedric reclamará la deuda de las minas mañana mismo a primera hora. ¿Quién irá a la torre de los deudores entonces? ¿Usted... o mi querida prima Laura?
El duque abrió la boca para replicar, pero no le salieron las palabras. Se quedó allí, pálido y tembloroso, dándose cuenta de que la niña sumisa que había criado para ser un trofeo silencioso ya no existía.
Me di media vuelta sin esperar su respuesta y caminé hacia los pasillos laterales que conducían a la terraza exterior. Clara me siguió a paso apresurado, manteniendo la distancia prudente pero con los ojos desorbitados por el asombro y el miedo.
—Mi lady... por todos los cielos... nunca la había visto hablarle así al señor duque... —susurró la muchacha cuando estuvimos a salvo de las miradas curiosas, bajo el abrigo de los arcos de piedra gótica que daban a los jardines reales.
El aire de la noche era gélido, cargado de neblina invernal. Apoyé mis manos enguantadas sobre la barandilla de piedra cubierta de escarcha, respirando hondo. El frío me quemaba los pulmones, pero era un dolor limpio, purificador, que borraba los últimos vestigios del veneno de mi pasado.
Miré hacia abajo, hacia el patio de armas iluminado por antorchas parpadeantes. A lo lejos, vi la figura solitaria de Aleixandre Bondhe montando un imponente corcel negro con armadura de combate, rodeado por sus jinetes de la guardia de hielo. Antes de cruzar las puertas del palacio hacia la oscuridad de la noche, el archiduque detuvo las riendas de su caballo por un breve instante y alzó la mirada hacia el balcón donde yo estaba parada.
Nuestros ojos se encontraron una vez más a través de la distancia y la bruma.
No hubo palabras. Solo un acuerdo silencioso forjado en el abismo de dos almas que no le temían a los monstruos porque ya llevaban uno viviendo dentro de su pecho.
Aleixandre espoleó a su caballo y desapareció en la penumbra de la capital como una tormenta que promete regresar para arrasarlo todo a su paso.
—Clara —dije sin apartar la vista del camino de herradura vacío.
—¿Sí, mi señora?
—Esta noche no me pondré el anillo de Aedric.
La muchacha tragó saliva con dificultad. —¿Y qué hará, milady, si el emperador la obliga?
Me toqué el pecho, sintiendo el latido furioso y poderoso de mi sangre ancestral, y el lejano eco de las cadenas subterráneas de un dragón que aguardaba pacientemente mi llamado bajo las ruinas olvidadas del imperio.
—Si el emperador intenta obligarme —respondí con una sonrisa que no albergaba un ápice de misericordia—, le recordaré a este imperio podrido por qué los antiguos libros de historia llamaban a las mujeres Fiargod las reinas de la calamidad. Que empiece el banquete, Clara. Quiero ver qué cara pone mi prometido cuando descubra que el trono no lo espera a él... sino a mí.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!