Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 20
La lluvia caía sin tregua sobre los ventanales del despacho principal de la mansión. En la penumbra de la estancia, el padre de Isabella se aferraba con manos temblorosas al borde de su escritorio de caoba. Su rostro lucía pálido, desencajado, con ojeras profundas que atestiguaban una noche entera sin pegar el ojo. Tras el devastador encuentro en la gala benéfica, el pánico lo había devorado por completo, pero la verdadera pesadilla apenas comenzaba a revelarse ante sus ojos.
Sobre la superficie de madera yacía desplegada una carpeta de cuero negro que su jefe de seguridad privada acababa de entregarle con urgencia. En su interior, informes filtrados del servicio de inteligencia internacional y fotografías tomadas en secreto revelaban la verdad con una claridad espeluznante.
Las imágenes mostraban a "Sasha Rostova" descendiendo de un jet privado en el aeropuerto, vistiendo abrigos de corte impecable y rodeado por la guardia de élite de la mafia rusa. Pero no eran las ropas costosas ni la comitiva militar lo que le congeló la sangre al empresario: era el rostro. La estructura ósea de la mandíbula, la postura erguida y, sobre todo, esos fríos ojos azules que diez años atrás pertenecían a un joven e ingenuo arquitecto.
—No puede ser... No puede ser... —balbuceaba el hombre, retrocediendo un paso mientras los papeles temblaban en sus manos—. ¡El heredero de los Rostova es Alexander! ¡El novio de mi hija!
El terror que sintió fue tan abrumador que las piernas le fallaron, obligándolo a dejarse caer torpemente sobre el sillón de cuero. La verdad lo aplastaba con la fuerza de una montaña. Alexander no solo había sobrevivido a los múltiples disparos en la catedral, no solo había sido exhumado y resucitado por Valentine Rostova, sino que durante una década entera se había transformado en el brazo ejecutor del imperio criminal más temido de Europa del Este.
El hombre al que mandó a silenciar para ocultar sus fraudes financieros y sus deudas con el bajo mundo había regresado. Y no volvía como una víctima implorante, sino como un monarca absoluto con poder ilimitado, recursos millonarios y una sed implacable de justicia.
—Está vivo... El fantasma está vivo —susurró el empresario con la voz rota, pasándose las manos por el rostro bañado en un sudor frío y viscoso.
Comprendió de golpe por qué sus cuentas bancarias en el extranjero habían sido congeladas, por qué sus socios comerciales le daban la espalda y por qué las empresas fiduciarias rusas absorbían sus deudas. Alexander lo había rodeado sistemáticamente, tejiendo una red invisible para asfixiarlo antes de dar el golpe final. El imperio que levantó sobre mentiras y la sangre derramada en el altar se desmoronaba en mil pedazos, y el verdugo que venía a cobrar la cuenta era el mismo hombre al que creyó sepultado bajo tierra.
Mientras el villano se ahogaba en el pánico en su mansión, la paz reinaba en el interior de la suite privada del hotel. La luz tibia del amanecer comenzaba a filtrarse entre las persianas, iluminando la estancia donde Alexander e Isabella permanecían abrazados en el gran sofá de terciopelo.
Alexander la sostenía contra su pecho con una devoción casi sagrada, acariciándole el cabello con delicadeza mientras escuchaba atento cada palabra que brotaba de los labios de su prometida. Tras el impacto del reencuentro, Isabella necesitaba desahogar el peso acumulado durante diez años de ausencia.
—Al principio todo era oscuridad, Alexander —confesó Isabella en un susurro entrecortado, apoyando la mejilla sobre el tórax de él, sintiendo el ritmo constante de su corazón—. Las primeras semanas después del funeral no podía comer ni dormir. Me quedaba en la habitación a oscuras, abrazando tus prendas de vestir solo para sentir tu perfume. Sentía que mi vida había terminado en ese altar.
Alexander apretó los labios, conteniendo un nudo de dolor en la garganta mientras le besaba la coronilla.
—Y luego llegó la noticia... —continuó ella, alzando levemente la mirada para conectar sus ojos avellana con los azules de él—. Cuando la prueba dio positivo, sentí un miedo cerval, pero también una chispa de esperanza que me salvó del abismo. Supe que llevaba dentro de mí un pedazo tuyo, una razón para volver a respirar.
Isabella hizo una pausa, dejando escapar un suspiro cargado de recuerdos agridulces.
—Criar a Alex en la soledad fue el desafío más difícil de mi existencia —relató con la voz suave—. Las fiebres nocturnas cuando era un bebé, las visitas al médico sola entre parejas que sonreían, los primeros pasos que diste por perdidos... Cada logro de nuestro hijo era una victoria hermosa, pero también un recordatorio punzante de que no estabas a mi lado para compartirlo. Tuve que ponerle una sonrisa cada mañana, secarme las lágrimas en secreto y trabajar incansablemente para que nunca le faltara nada ni sintiera el vacío de un hogar roto.
Alexander cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas. Cada palabra de Isabella le atravesaba el alma, alimentando una mezcla de culpa atroz y una admiración infinita por la mujer extraordinaria en la que se había convertido.
—Le hablé de ti desde que era muy pequeño —prosiguió Isabella, rozando con la punta de sus dedos la mandíbula de Alexander—. Le conté que su padre era un hombre bueno, valiente y generoso. Cuando Alex me preguntaba por qué no estabas aquí como los padres de sus compañeros de escuela, yo le decía que eras su ángel guardián, alguien que lo cuidaba desde las estrellas. Nunca dejé que creciera con rencor o tristeza; lo crié rodeado de todo el amor que ambos teníamos para darle.
Alexander se inclinó y tomó el rostro de Isabella entre sus manos, mirándola con una intensidad desgarradora.
—Eres la mujer más valiente y maravillosa de este mundo, Isabella —murmuró él con la voz totalmente quebrada por la emoción—. Me arrodillo ante tu fuerza. Me perdonaré jamás por los años de soledad que tuviste que soportar, pero te juro sobre mi vida y sobre la sangre de nuestro hijo que esa pesadilla se terminó para siempre.
—Tenía tanto miedo de que olvidara tu rostro, de que el tiempo borrara tu recuerdo —sollozó ella, aferrándose a las solapas de su abrigo—. Pero cuando miraba a Alex, te veía a ti. Él fue la luz que me mantuvo de pie en medio de la tormenta.
—Y ahora esa luz nos va a guiar a los tres —sentenció Alexander, estampando un beso profundo, cálido y lleno de promesas sobre sus labios.
El reencuentro en la penumbra había sanado la herida del pasado. Mientras en la ciudad el padre de Isabella temblaba de terror al descubrir la verdadera identidad del heredero ruso que venía a destruirlo, en la suite del hotel Alexander e Isabella sellaban su alianza indestructible. El tiempo del luto había concluido; el padre de Alex había regresado para reclamar a su familia y protegerla con el poder invencible de su imperio.