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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:379
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 12 - ¿Primer día con la suegra?

—¡Despiértala!

La jefa del servicio doméstico sacudió a Camila con suavidad para despertarla.

—Señorita, despierte. Ya amaneció. Señorita… señorita…

—¡Ella no es ninguna «señorita»! ¡Está al mismo nivel que ustedes, o incluso más abajo!

Sin paciencia para esperar, la señora Montenegro jaló a Camila de un pie y la tiró de la cama. La muchacha despertó de golpe.

—¿Q-q-qué pasa? —preguntó, desorientada.

—¡Recoge tus cosas! ¡Este no es tu lugar!

La señora la jaló del brazo para obligarla a levantarse y salir de la habitación de una vez.

Camila obedeció. Recogió sus bolsas e intentó cargarlas todas a la vez. La jefa del servicio quiso ayudarla, pero la señora no se lo permitió.

—No la ayudes. Desde hoy es tu subordinada. ¡Enséñale cuál es su cuarto!

—P-pero el joven señor dijo que la señorita se quedaría en esta habitación, señora…

—¡En esta casa mando yo! ¡Mi palabra es la ley! ¡El que no obedezca mis reglas, que se vaya preparando para largarse de aquí! ¡Llévala ahora mismo a su cuarto! ¡Para que sepa cuál es su lugar! ¡Mujer descarada!

La señora hablaba tan encendida que la jefa del servicio se asustó.

Al final, obedeció. Llevó a Camila al cuarto destinado a las empleadas domésticas. Una vez adentro, trató de disculparse con ella.

—Perdóneme, señorita. No puedo desobedecer a la señora. Por favor, no le vaya a decir nada al joven señor. Nosotras también le tenemos miedo. En esta casa no somos nada; solo cumplimos órdenes. Otra vez, le pido perdón, señorita…

La mujer le tomó las manos y se disculpó de todo corazón.

—Sí, señora, no se preocupe. De todos modos, yo no merezco quedarme en esa habitación tan lujosa. Mi lugar es aquí. Hasta es mejor que mi cuarto rentado. Doy gracias de poder quedarme aquí…

Camila contempló satisfecha aquel cuartito de dos por tres metros. Apretó con cariño las manos de la jefa del servicio, tratando de quitarle toda preocupación.

—Discúlpeme, señorita. La señora ordenó que haga el mismo trabajo que hacemos nosotras…

—Pero yo ya tengo trabajo en la empresa…

—Según el señor Montenegro, usted ya no tiene que volver a la empresa. Le pidió que se quede aquí hasta que nazca el bebé.

Camila no supo qué responder. Estaba confundidísima. Si no la dejaban trabajar, ¿cómo iba a mandarle dinero cada mes a su familia? Debió haber agregado una cláusula al acuerdo: «la PARTE I tiene prohibido entrometerse en los asuntos laborales de la PARTE II». Pero ¿qué podía hacer? La PARTE I era el dueño de la empresa donde trabajaba; seguro iba a hacer con ella lo que quisiera.

—B-bueno… ¿Y qué tengo que hacer ahora, señora?

—Lo mejor es que se cambie y se ponga este uniforme. Después puede acompañarme a la cocina.

La jefa del servicio, que se llamaba Lupe, le entregó el uniforme que traía en las manos y la dejó sola para que se cambiara. Pero antes de que Camila alcanzara a cambiarse, tocaron a la puerta.

Toc, toc, toc.

Camila abrió. Era doña Lupe otra vez.

—¿Sí, doña Lupe?

—Señorita, Gerardo, el asistente, la está esperando en la entrada. Mejor vaya a verlo. Seguro tiene que ver con alguna orden del joven señor.

A regañadientes, Camila le hizo caso. No quería ver ni a ese hombre ni a su asistente. ¿Para qué la buscaba otra vez aquel asistente tan antipático?

En la sala de recibir, Gerardo la esperaba impaciente. En cuanto la vio, se levantó y se acercó a ella.

—Esto se lo manda el director. Use esta para sus necesidades; gástela en lo que quiera. Y esta otra úsela para lo que necesite el bebé: las consultas con el médico, las vitaminas, libros o videos sobre bebés. En pocas palabras, todo lo que tenga que ver con el bebé lo paga con esta tarjeta. ¿Entendido?

Gerardo le entregó dos tarjetas bancarias.

—Y-yo no necesito esta… Solo voy a tomar esta otra…

Camila tomó la tarjeta destinada a los gastos del bebé.

—Tiene que quedarse con las dos. Usted ya no trabaja en la empresa. Haga de cuenta que el director le sigue pagando el sueldo como si todavía trabajara ahí. ¿De acuerdo?

Le metió las dos tarjetas en la mano y se fue sin despedirse, sin darle siquiera la oportunidad de negarse.

Camila se quedó mirando las dos tarjetas, desconcertada. Al final decidió guardarlas bien y usarlas solo cuando de verdad le hicieran falta.

Volvió a su nuevo cuarto, se puso el uniforme y fue a buscar a doña Lupe.

—Señorita, sígame, por favor.

Doña Lupe le dio un recorrido por aquella casa inmensa y le explicó todas las tareas que solían hacer las empleadas. Al final la llevó a la cocina.

—El joven señor me encargó que la cuidara, así que usted no tiene que hacer todos estos trabajos. Cuando esté la señora, solo quédese aquí en la cocina y haga cosas ligeras. Cuando la señora no esté en casa, puede volver a su cuarto a descansar. Tiene que cuidar mucho su salud, señorita, y sobre todo la de su bebé.

—Pero yo estoy dispuesta a hacer todo eso, doña Lupe. Estoy acostumbrada…

—Señorita, es lo que me encargó el joven señor. No puedo pasar por alto lo que él pidió. Y como ahora la señora no está, vaya a su cuarto y descanse.

—Pero todavía es temprano, doña Lupe. No puedo estar de floja. Déjeme ayudarla…

Camila le tomó las manos, suplicándole que la dejara ayudar. Ante aquellos ojos redondos y transparentes, doña Lupe no pudo negarse. Al final la dejó quedarse en la cocina, haciendo tareas ligeras.

En la cocina había otras dos empleadas, más o menos de la edad de Camila, que la miraban con antipatía.

—Oye, Tere, si quieres hacerte rica rápido, es facilísimo, ¿eh?

—¿Ah, sí? ¿Y cómo, Aure? Ya me cansé de ser sirvienta toda la vida. Quiero hacerme rica ya.

—Nomás te metes en la cama de alguno de los jóvenes señores y te embarazas. Créeme, de la noche a la mañana te vuelves rica. Como esa de ahí.

Aurelia le lanzó una mirada de desprecio a Camila.

—¿Rica de dónde, Aure? Está igual que nosotras. Mírale la suerte: está peor que nosotras. La embarazaron y no se casaron con ella. Y encima la pusieron de sirvienta. Quiso trepar y le salió mal. Pobrecita —se burló Tere, con una mueca.

Nada de aquello la entristeció. Al contrario: agradecía que ese hombre no se hubiera casado con ella. Al menos no tenía que vivir bajo el mismo techo que él. ¿Que ser sirvienta era una desgracia? Para nada. Estaba acostumbrada a ese tipo de trabajo. Se había pasado la vida entera sirviendo a otros. Así que esa suerte no le daba ninguna tristeza.

Lo que más deseaba era que los nueve meses pasaran pronto. Quería tener al bebé cuanto antes y entregárselo a ese hombre. Después rompería todo lazo con él y con el bebé, para siempre.

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