Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
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Capítulo 5: Manipulación a fuego lento
El pasillo de la guardia del Hospital Central estaba iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con un parpadeo mortecino. Olía a desinfectante industrial, a humedad de paraguas mojados y a la angustia sorda que impregna las salas de espera públicas.
Eric caminó a zancadas por el suelo de linóleo manchado, sintiendo el corazón martillarle la garganta. A cada paso se repetía que solo estaba cumpliendo un acto de decencia básica, que un abogado no niega auxilio a un conocido en desgracia. Pero sus manos sudorosas dentro de los bolsillos del sobretodo traicionaban la mentira que intentaba venderse a sí mismo.
Al doblar la esquina hacia el área de curaciones menores, la vio.
Patricia estaba sentada en un banco metálico, encogida sobre sí misma, envuelta en un impermeable beige empapado y visiblemente desgastado. Tenía una gasa pegada con cinta adhesiva en el pómulo izquierdo, el cabello castaño claro revuelto y los ojos anegados en lágrimas que habían arruinado su delineador. Ya no quedaba rastro de la mujer altiva que años atrás lo miraba por encima del hombro desde la ventanilla de un automóvil importado. Parecía una muñeca rota, vulnerable y desamparada.
—¿Patricia? —la voz de Eric salió más suave de lo que hubiera querido.
Ella levantó la vista con lentitud. Al enfocarlo, abrió los labios con un estremecimiento, y dos lágrimas frescas rodaron por sus mejillas pálidas.
—Eric… viniste —susurró, con un hilo de voz quebrado por la emoción, incorporándose con torpeza como si las piernas apenas pudieran sostenerla—. De verdad viniste… Dios mío, después de todo el daño que te hice… no merecía que me miraras a la cara.
Antes de que Eric pudiera reaccionar o mantener una distancia prudente, Patricia dio un paso vacilante y se desplomó contra su pecho. Sus brazos delgados rodearon el cuello de Eric con un aferramiento desesperado, ocultando el rostro en el hueco de su hombro mientras el llanto la sacudía por completo.
Eric se quedó rígido. Sus brazos quedaron suspendidos en el aire durante dos segundos interminables. El aroma a lluvia y a desinfectante se mezcló de pronto con una nota dulce y floral: el mismo perfume de vainilla salvaje que Patricia usaba en la facultad, el mismo que durante años se le quedó impregnado en las sábanas de su juventud. Un escalofrío involuntario le recorrió la columna vertebral.
Con torpeza, Eric apoyó una mano en la espalda de ella, dándole palmaditas contenidas.
—Tranquila. Ya pasó. Dime qué ocurrió.
Patricia se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para que sus ojos verdes, húmedos y suplicantes, buscaran los de él. Sus pupilas, sin embargo, no estaban tan perdidas como fingían: en un barrido casi imperceptible, Patricia escaneó el sobretodo de paño fino de Eric, el reloj de marca en su muñeca y las llaves de un auto moderno que asomaban de su bolsillo. Supo de inmediato que su tiro no había salido por la culata.
—Aquel hombre… aquel con el que me fui… fue un monstruo, Eric —comenzó a relatar, bajando la vista con una vergüenza estudiada al milímetro—. Al principio todo era deslumbrante, pero pronto se volvió violento, posesivo. Me aisló de todos. Cuando intenté dejarlo en la capital, me quitó todo lo que tenía: mis tarjetas, mis ahorros, hasta las joyas de mi abuela. Escapé con lo puesto en el primer ómnibus hacia aquí. Solo quería regresar a donde alguna vez fui feliz. Pero en la terminal me arrebataron la cartera… me golpearon al resistirme.
Eric apretó los dientes, sintiendo una furia primitiva encenderse en su pecho. Durante años había fantaseado con que la vida castigara a Patricia por haberlo abandonado; pero ver ese castigo materializado frente a sus ojos no le producía regocijo, sino una peligrosa y seductora sensación de poder. Ahora los papeles se habían invertido: él ya no era el muchacho pobre al que se podía pisotear; era el salvador.
—No te preocupes por el hospital —dijo Eric con firmeza, sacando su billetera—. Yo me encargo del ingreso, de los medicamentos y del médico de guardia.
—No puedo aceptar tu dinero, Eric, me muero de vergüenza —sollozó ella, cubriéndose la boca con fingida consternación—. Si me ayudas, solo te pido que sea como un préstamo. Te devolveré hasta el último centavo en cuanto consiga trabajo. No soportaría que pienses que volví a buscarte por interés… Te traté tan mal, fui tan inmadura, tan estúpida… Nunca me perdoné haberte roto el corazón.
El golpe psicológico fue certero. Patricia no atacaba; se rendía incondicionalmente, validando el valor de Eric con cada palabra.
—El pasado ya pasó, Patricia —respondió él, suavizando la mirada, completamente atrapado en la trampa emocional—. Lo importante ahora es que estés a salvo.
Eric resolvió los trámites administrativos en menos de media hora, pagando la atención médica privada para que la trasladaran a un consultorio más cómodo. Luego, al constatar que ella no tenía adónde ir, la llevó en su vehículo hasta un hotel céntrico y elegante, reservando una habitación por tres noches con cargo a su tarjeta personal.
En el vestíbulo del hotel, Patricia se despidió con lentitud. Tomó la mano de Eric entre las suyas, acariciándole el dorso con las yemas de los dedos.
—Me enteré de que te casaste —soltó ella de repente, en un tono bajo, agridulce, cargado de una melancolía que sonaba desgarradoramente sincera—. Tu esposa debe ser una mujer maravillosa, Eric. Ella supo ver el oro en ti cuando yo solo fui una ciega que buscaba espejismos de vidrio. Tiene mucha suerte… tiene al hombre que yo siempre debí haber protegido.
Eric sintió un nudo en la garganta. La mención de Aurora cayó como un balde de agua helada sobre su conciencia, pero la culpa vino inmediatamente acompañada de una vanidad tóxica: Patricia, la inalcanzable, se lamentaba de haberlo perdido.
—Aurora es… una gran mujer —atinó a decir, retirando la mano con lentitud culposa—. Descansa. Mañana te enviaré a alguien del estudio con ropa básica y algo de efectivo para tus trámites.
—Gracias, mi ángel —susurró Patricia, inclinándose para rozar la mejilla de Eric con sus labios suaves y fríos antes de subir hacia el ascensor.
Eran pasadas las tres de la madrugada cuando Eric abrió la puerta de su departamento.
El lugar estaba sumido en una penumbra silenciosa. En la cocina, la luz de la campana extractora seguía encendida, iluminando la tarta de manzanas intacta sobre la mesada. A un lado, cuidadosamente doblada, descansaba una nota con la caligrafía clara y prolija de Aurora:
> «Te dejé comida en el horno por si volvías con hambre. Las llaves del despacho están sobre tu escritorio. Descansa.»
>
Eric se quedó inmóvil en medio del living. El contraste era atroz: en el hotel había dejado las lágrimas teatrales, la vulnerabilidad caótica y las caricias furtivas; aquí reinaba una generosidad madura, serena y sin reclamos. Pero en lugar de calmarlo, la nobleza de Aurora le provocó una punzada de asfixia. Frente a Aurora, Eric sentía que debía ser perfecto, el hombre agradecido y correcto que ella había rescatado; frente a Patricia, en cambio, se sentía un héroe todopoderoso.
Se quitó el sobretodo con movimientos lentos y fue directo al baño. Se lavó la cara con agua fría tres veces para quitarse el calor de la piel, pero cuando se acercó a la toalla, percibió con claridad el rastro sutil de perfume de vainilla en el cuello de su camisa.
Cerró los ojos, apretando el mármol del lavatorio con los nudillos blancos. La semilla de la traición ya estaba plantada, y en el silencio de la noche, comenzaba a germinar en la sombra.