EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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No eres el único en elegir
Isabella estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada de muestras de telas, catálogos y fotografías de interiores.
Había decidido reorganizar su antiguo dormitorio. No porque le disgustara, sino porque quería dejar su huella en aquel espacio después de tres años viviendo lejos de casa.
Tenía una paleta de colores extendida frente a ella cuando su teléfono comenzó a sonar.
Gabriel.
—¿No se supone que estás al otro lado del mundo? —preguntó al contestar.
—Estoy al otro lado del mundo, no muerto. Puedo llamar a la mujer que me gusta.
Isabella sonrió.
—¿La mujer que te gusta? Qué afortunada debe ser.
—Muchísimo. Es preciosa, inteligente y tiene un sentido del humor terrible.
—Deberías conocerla mejor antes de ilusionarte.
—Llevamos tres años conociéndonos, Isabella.
Ella soltó una carcajada.
Gabriel siempre había tenido esa capacidad para hacerla reír sin esfuerzo. No necesitaba fingir ser alguien diferente para gustarle, ni medir cada palabra para evitar que se marchara.
Con él podía hablar de cualquier cosa, desde sus proyectos hasta sus inseguridades, sin sentir que debía ganarse su atención.
—¿Cuándo vuelves exactamente? —preguntó ella.
—En cuatro días.
—Pensé que tardarías más.
—He cambiado algunos planes. Quiero pasar un tiempo en casa antes de volver al trabajo.
—¿Y también quieres verme?
—Esa es la razón principal.
Isabella bajó la mirada hacia las muestras de colores, sonriendo discretamente.
—Entonces quizá pueda hacerte un hueco en mi apretadísima agenda.
—Voy a necesitar algo más que un hueco.
—Qué exigente.
—Todavía no has visto lo exigente que puedo ser.
—Gabriel.
—¿Qué? Estoy hablando de elegir el restaurante.
Ella se rio tan fuerte que tuvo que apartarse el teléfono de la oreja.
Cuando terminaron la llamada, Isabella se quedó unos segundos mirando la pantalla.
Le gustaba Gabriel. Le gustaba de una manera tranquila, sin aquella ansiedad que había confundido con amor durante su adolescencia.
No sabía si terminarían construyendo una relación duradera, pero tenía ganas de averiguarlo.
Y eso era suficiente por ahora.
Al día siguiente, Mateo llegó a casa acompañado de Nicolás.
Isabella estaba en el comedor, revisando unas fotografías impresas, cuando escuchó las voces.
—No sabía que vendrías —comentó al verlos aparecer.
—Necesitaba hablar con papá de un asunto —explicó Mateo—. Nicolás vino conmigo.
Ella asintió y volvió a sus fotografías.
Nicolás se quedó observándolas.
—¿Qué estás haciendo?
—Un proyecto.
—Eso ya lo veo.
Isabella levantó una ceja.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
Mateo soltó una carcajada y siguió caminando hacia el despacho de su padre.
—Los dejo solos. Intenten no matarse.
—No prometo nada —respondió Isabella.
Nicolás sonrió.
—¿Siempre tienes que hacerme quedar como un idiota?
—No, Nico. Eso puedes hacerlo tú solito.
Él se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido.
—Qué cruel te has vuelto.
—Y eso que todavía no he desayunado.
La conversación era ligera, casi familiar. Sin embargo, Nicolás empezó a notar algo que le resultaba difícil de explicar.
Isabella ya no buscaba su aprobación después de hacer una broma.
No lo miraba para comprobar si se había reído.
No parecía importarle si él la encontraba encantadora o insoportable.
Simplemente era ella misma.
—¿Puedo ver? —preguntó, señalando las fotografías.
Isabella se las acercó.
Nicolás las examinó con atención. Había imágenes de salones, cocinas y dormitorios, junto con anotaciones sobre materiales y distribución del espacio.
—Esto está muy bien.
—Gracias.
—¿Es para algún cliente?
—Todavía no. Estoy preparando un portafolio con mis trabajos. Quiero empezar a buscar oportunidades cuando termine algunas entregas.
—Podrías trabajar con una empresa importante. Tengo contactos que quizá podrían ayudarte.
Isabella levantó la vista.
—Te agradezco la intención, pero prefiero conseguir las oportunidades por mi cuenta.
Nicolás parpadeó.
—Solo estaba intentando ayudarte.
—Lo sé. Y te lo agradezco.
Ella no había sido grosera. Tampoco había rechazado su ofrecimiento para demostrarle nada.
Simplemente no necesitaba que él resolviera sus problemas.
Nicolás asintió, aunque sintió que su propuesta había quedado reducida a algo insignificante.
—Si cambias de opinión, me dices.
—Claro.
Isabella volvió a sus fotografías.
La conversación había terminado para ella.
Nicolás permaneció unos segundos más junto a la mesa antes de marcharse a buscar a Mateo.
Aquella tarde, mientras los dos amigos estaban en el jardín, Mateo decidió abordar un tema que llevaba demasiado tiempo evitando.
—¿Qué estás buscando con mi hermana?
Nicolás dejó de jugar con el vaso que tenía entre las manos.
—¿Qué?
—No te hagas el tonto. Últimamente preguntas por ella, apareces en casa y buscas cualquier excusa para hablarle.
—Es mi amiga desde hace años.
Mateo soltó una risa seca.
—¿Tu amiga? Curioso. Porque durante mucho tiempo no parecías demasiado interesado en saber cómo estaba.
Nicolás apretó la mandíbula.
—Sé que cometí errores.
—No hablo de lo que pasó aquella noche. Hablo de lo que hiciste después. De cómo dejaste que todo quedara así porque era más fácil no enfrentarte a las consecuencias.
El silencio se instaló entre ambos.
Nicolás bajó la mirada.
—No sé qué quiero, Mateo.
Era la primera vez que lo admitía en voz alta.
—Entonces averígualo antes de acercarte demasiado a ella.
—No voy a hacerle daño.
Mateo lo miró seriamente.
—No puedes prometer eso. Puedes prometer que no vas a jugar con ella otra vez. Lo demás no depende solo de ti.
Nicolás no respondió.
Porque, por primera vez, entendió que incluso sus buenas intenciones podían resultar insuficientes.
Isabella no era una puerta que pudiera tocar hasta que alguien le permitiera entrar.
Era una persona que podía decidir mantenerlo fuera.
Esa noche, Isabella recibió una llamada de Camila.
Su amiga quería saber si había elegido qué ponerse para la cena que tendría con Gabriel cuando regresara.
—Todavía faltan cuatro días —protestó Isabella.
—Precisamente. Tenemos tiempo para encontrar algo espectacular.
—No necesito verme espectacular.
—Isa, vas a cenar con el hombre con el que llevas años teniendo una relación que ninguno de los dos se atreve a definir. Claro que necesitas verte espectacular.
Isabella se rio.
—Eres una exagerada.
—Y tú estás evitando el tema.
La sonrisa de Isabella se suavizó.
—Me gusta estar con él, Cami. No tengo que fingir nada. Pero tampoco quiero apresurarme solo porque ahora estoy en casa y todo el mundo parece interesado en mi vida amorosa.
—Entonces no te apresures. Solo averigua qué quieres.
Isabella guardó silencio unos segundos.
—Creo que quiero intentarlo con él.
Camila chilló tan fuerte que Isabella tuvo que alejar el teléfono.
—¡Por fin!
—No grites.
—¡Llevo años esperando que tengas una vida sentimental normal!
—Mi vida sentimental es perfectamente normal.
—Claro. Por eso tu primer gran amor fue el mejor amigo de tu hermano y necesitaste tres años para dejar de suspirar por él.
Isabella se quedó callada.
No porque le doliera el comentario, sino porque comprendió que Camila tenía razón en algo.
Había pasado demasiado tiempo creyendo que amar a Nicolás significaba esperarlo.
Ahora quería descubrir qué se sentía al estar con alguien que también la eligiera.
Y estaba dispuesta a darse esa oportunidad.
Sin saberlo, mientras ella comenzaba a imaginar una cena con Gabriel, Nicolás se encontraba en su apartamento mirando una fotografía antigua en la que aparecían él, Mateo e Isabella.
En la imagen, ella tenía catorce años y estaba sentada sobre sus hombros, riéndose mientras le revolvía el cabello.
Nicolás sonrió al recordarlo.
Después dejó de sonreír.
Porque ya no podía recordar cuándo había sido la última vez que Isabella lo había mirado con aquella felicidad.
Y, por primera vez, se preguntó si algún día volvería a hacerlo.