Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 18: La ilusión fracturada
Punto de vista: Alana
El peso de la humillación y el despecho de la noche en el restaurante me persiguieron hasta el plano del sueño.
Cuando abrí los ojos en la penumbra de la terraza suspendida, el aroma a sándalo y lluvia fresca me envolvió de inmediato. Ahí estaba él. La sombra perfecta del hombre que habitaba mis noches desde hacía seis meses. Pero esta vez, al verlo parado a pocos metros, la fascinación se convirtió en un veneno amargo en mi garganta.
«Es mi mente», me dije con rabia, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia me escocían en los ojos. «Es mi propio subconsciente castigándome por haberme enamorado de una mentira».
Como no tenía idea de que el hombre frente a mí era el Alexander real compartiendo mi misma experiencia, decidí vaciar toda la furia retenida durante el día sin medir un solo filtro.
—¿Por qué tenías que ser él? —le espeté de golpe, avanzando hacia él con los puños cerrados y el pecho agitado por la indignación—. ¡Dímelo! De todas las ilusiones que mi mente pudo crear, ¿por qué tuviste que tomar la cara de un hombre frío, arrogante y comprometido con otra?
El Alexander de mi sueño se giró hacia mí, con esos ojos azules ardiendo en una mezcla de posesión y celos oscuros que me helaron la sangre.
—¿De qué estás hablando, Alana? —su voz resonó grave, áspera, cargada de una frustración real—. ¿Crees que para mí es fácil verte sonreírle a ese idiota, llamándolo "amor" frente a mí, dejándote tocar en un restaurante como si yo no existiera?
Escuchar a mi propia fantasía reclamarme por Mateo me hizo estallar en una risa amarga.
—¡Tú no tienes ningún derecho a reclamarme nada! —le grité, dándole un empujón en el pecho con todas mis fuerzas, necesitando descargar el dolor de la realidad—. ¡Tú solo eres un refugio que se rompió! ¡Allá afuera, el Alexander real tiene una prometida millonaria, un imperio y una vida resuelta en la que yo no soy más que una simple pasante a la que mira con desprecio! ¡Allá afuera ese hombre me trata como un estorbo mientras se casa con Victoria!
Alexander me sujetó los antebrazos con una fuerza brutal, tirando de mí hacia su cuerpo con una desesperación salvaje que casi me dejó sin aire.
—¡No me importa Victoria! ¡No me importa el imperio ni la vida de allá afuera! —me rugió a centímetros de la cara, con la mandíbula tensa y las venas del cuello marcadas—. ¡Lo único que me está volviendo loco es saber que otro hombre te toca en la vida real! ¡Eres mía en este lugar! ¡Me perteneces, maldita sea!
—¡No soy de nadie! —repliqué con la voz rota, intentando zafarme mientras el llanto se me escapaba por fin—. ¡No me perteneces ni te pertenezco! Te odio por hacerme sentir esto...
¡Odio a mi mente por haberte creado tan perfecto aquí cuando en la vida real eres el prometido de otra mujer!
—¿Me odias? —susurró él febrilmente, pegando su frente a la mía mientras nuestras respiraciones agitadas se mezclaban en un aire caliente y denso—. Pruébalo...
Nos enredamos en una discusión encarnizada, una pelea de reproches y furia contenida donde la distancia, en vez de crecer, nos empujó a un choque brutal. Sus labios se estrellaron contra los míos sin dulzura, en un beso hambriento, exigente y desesperado que sabía a lágrimas y despecho. Le devolví el beso con la misma rabia, clavándole las uñas en los hombros, entregándome a la tormenta de mi propia frustración.
No hubo paz. No hubo caricias tiernas ni el refugio cálido de siempre. Fue un reclamo amargo, un choque de orgullos heridos que nos dejó a ambos exhaustos en la penumbra.
De golpe, el suelo bajo mis pies pareció ceder.
Me desperté de un salto en mi cama en Los Ángeles, con el corazón martilleándome las costillas y la respiración agitada. La luz del amanecer entraba fría por la ventana.
Me pasé las manos temblorosas por el rostro, sintiendo las mejillas húmedas y el labio inferior palpitándome por la intensidad del beso en el sueño.
La sensación en mi pecho era espantosa. No había alivio. Sentía una distancia helada, un nudo amargo en la garganta y la certeza dolorosa de que, por primera vez en seis meses, estábamos completamente peleados.
Miré el reloj de la mesa de noche: las siete de la mañana. En una hora tendría que entrar a la oficina corporativa y entregarle los archivos a mi jefe cara a cara... sabiendo que la tormenta de la noche anterior todavía nos quemaba a los dos.