trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 3: El Vals de las Apariencias
La tarde de la Gran Gala de Invierno había llegado. Para el resto de la ciudad, era un evento de caridad; para el Grupo Steelwood y el Consorcio Valerius, era una demostración de fuerza bruta.
En la suite principal de la mansión Valerius, el caos era elegante. Elena, con sus 17 años, estaba sentada frente a un tocador de mármol blanco rodeada por tres estilistas. El aire estaba saturado con el aroma de la laca para el cabello y el perfume de rosas frescas.
—No lo quiero tan apretado —protestó Elena mientras la modista ajustaba el corsé de su vestido.
El vestido era una obra maestra de la alta costura: seda salvaje en color azul noche, tan oscuro que parecía negro bajo las sombras, pero que brillaba con matices eléctricos bajo la luz. Tenía un escote palabra de honor que resaltaba la delicadeza de sus hombros y una falda con una abertura lateral que subía hasta la mitad de su muslo, desafiando la etiqueta más conservadora de su madre.
—Es necesario para la caída de la tela, señorita Elena —respondió la modista, una mujer pequeña de anteojos dorados que apenas se atrevía a mirarla a los ojos.
Elena suspiró. Miró su reflejo. Sus ojos avellana estaban perfectamente delineados, dándole una mirada felina y madura. Llevaba una gargantilla de diamantes que perteneció a su abuela, un recordatorio constante de que ella no era solo una joven, sino el eslabón de una cadena de siglos.
De pronto, la puerta se abrió. No fue una de las estilistas, sino Ethan.
Entró con la seguridad de quien es dueño del suelo que pisa. A sus 18 años, el esmoquin parecía una extensión de su propia piel. El corte era impecable: solapas de seda, camisa blanca de piqué tan almidonada que parecía irrompible, y gemelos de zafiro que hacían juego con el color del vestido de Elena. Se había peinado el cabello negro hacia atrás, dejando al descubierto su frente amplia y sus facciones endurecidas.
Los estilistas se retiraron de inmediato, haciendo una pequeña reverencia. Nadie quería estar en la misma habitación que Ethan Steelwood cuando tenía esa mirada de enfoque absoluto.
Él caminó hacia ella y se detuvo detrás de su silla. Sus ojos verdes se encontraron con los de ella en el espejo. Durante un largo minuto, no dijo nada, simplemente dejó que su mirada recorriera cada centímetro de ella, desde el peinado recogido hasta la línea de sus hombros.
—Estás… —se detuvo, buscando la palabra adecuada— …peligrosa, Elena.
Ella sonrió de lado, disfrutando del efecto que causaba en él.
—¿Peligrosa? Pensé que dirías hermosa.
—Hermosa es una palabra para las flores del jardín —respondió él, bajando las manos hasta posarlas en sus hombros desnudos. Sus palmas estaban calientes, un contraste marcado con la piel fría de ella—. Peligrosa es cuando sé que cada hombre en esa gala va a querer lo que es mío. Y peligrosa porque hoy tienes ese brillo en los ojos que dice que vas a darme problemas.
Él se inclinó y depositó un beso lento en la curva de su cuello. Elena cerró los ojos, sintiendo la vibración de la voz de él contra su piel.
—No te separes de mi lado ni un segundo —ordenó Ethan contra su oído—. Los buitres están esperando cualquier señal de debilidad entre nosotros. Especialmente hoy que se rumorea que el contrato matrimonial se hará público antes de medianoche.
Elena se tensó.
—¿Hoy? Pensé que esperarían a mi graduación.
—Tu padre tiene prisa, Elena. Y yo… —él la obligó a girarse en la silla para que lo mirara de frente— …yo no quiero esperar más. Quiero que el mundo sepa que no hay vuelta atrás. Que eres una Steelwood en todo menos en el nombre, todavía.
Él sacó una caja de terciopelo del bolsillo de su chaqueta. Al abrirla, un brazalete de diamantes y zafiros brilló con una intensidad cegadora.
—Esto es para que combine con el vestido —dijo él, tomándole la muñeca con una firmeza que rozaba la posesión—. Y para recordarte quién te puso las joyas más caras cuando alguien intente impresionarte con palabras baratas.
Elena miró el brazalete. Era hermoso, pero se sentía como un grillete de lujo.
—A veces siento que me estás marcando, Ethan. Como a uno de tus caballos de carreras.
Ethan no se inmutó. Terminó de cerrar el broche del brazalete y la levantó de la silla.
—No eres un caballo, Elena. Eres la reina. Y un rey nunca permite que su reina salga sin su corona.
La llegada al hotel “Imperator” fue un espectáculo mediático. El Lamborghini negro de Ethan se detuvo frente a la alfombra roja, y antes de que los aparcacoches pudieran moverse, Ethan ya estaba fuera del vehículo, rodeando el coche para abrir la puerta de Elena.
Los flashes de las cámaras estallaron como ráfagas de ametralladora. Ethan puso una mano en la parte baja de la espalda de Elena, guiándola a través de la multitud de reporteros. Su postura era protectora; su cuerpo siempre ligeramente inclinado hacia ella, creando una barrera física entre Elena y los extraños.
Al entrar al gran salón, el murmullo de las conversaciones bajó de volumen. Cientos de ojos, cargados de juicio y envidia, se posaron en ellos.
—Mantén la cabeza en alto —susurró Ethan con una sonrisa de fachada para las cámaras—. Sonríe como si supieras un secreto que ellos no.
Caminaron hacia la mesa principal, donde ya estaban sus madres, Isabella Steelwood y Sofía Valerius, luciendo joyas que podrían comprar una pequeña isla.
—Llegan tarde —siseó Sofía, ajustándose el abanico—. Marcus ya ha empezado a hablar con los inversores de la costa. Ethan, tu tío está en el bar, parece que ha bebido más de la cuenta y está diciendo tonterías sobre la gestión de la empresa.
Ethan asintió, su rostro volviendo a ser la máscara de hielo corporativa.
—Yo me encargo de él. Elena, quédate con nuestras madres. No te muevas de aquí.
—No soy una niña pequeña, Ethan —replicó ella, aunque él ya se estaba alejando hacia el bar con paso decidido.
Elena se quedó allí, atrapada en una conversación sobre fundaciones y subastas de arte que no le interesaba en absoluto. Sin embargo, su atención se desvió cuando vio a un grupo de jóvenes de su edad, hijos de los rivales de su padre, observándola desde la distancia. Entre ellos estaba Isabel Vane, la hija del competidor que Ethan estaba intentando destruir.
Isabel, de 18 años, era el polo opuesto de Elena: cabello oscuro, ojos afilados y una ambición que se le escapaba por los poros. Se acercó a Elena con una sonrisa que era más un desafío que un saludo.
—Vaya, Elena. El vestido es precioso —dijo Isabel, barriendo a Elena con la mirada—. Aunque parece que Ethan te tiene con la correa muy corta esta noche. No te ha dejado sola ni para respirar.
—Ethan es protector, Isabel. Algo que tu padre claramente no es, considerando cómo está dejando que tu empresa se hunda —respondió Elena con una calma que sorprendió incluso a su madre.
Isabel se tensó, su sonrisa flaqueando.
—Disfruta de tu momento de gloria. Todos sabemos que este matrimonio es solo una transacción. Ethan no te ama; ama el 40% de las acciones que traes contigo. Dicen que en la oficina es un monstruo, que no tiene corazón. ¿Realmente quieres dormir con un hombre que solo ve números cuando te mira?
Elena sintió una punzada de duda, una sombra que siempre habitaba en el fondo de su mente. Pero antes de que pudiera responder, sintió de nuevo esa mano familiar y poderosa en su cintura.
Ethan había regresado. No dijo una palabra a Isabel. Simplemente la miró con tal desprecio que la chica retrocedió un paso, intimidada por la oscuridad que emanaba de él.
—El vals está por empezar —dijo Ethan, ignorando la presencia de Isabel como si fuera aire—. Y voy a bailar con mi prometida.
Él guio a Elena hacia el centro de la pista de baile. La orquesta empezó a tocar una melodía clásica y melancólica. Ethan la tomó por la cintura, pegándola a él más de lo que la etiqueta permitía. Sus ojos verdes estaban fijos en los de ella, ignorando a las cientos de personas que los rodeaban.
—¿Qué te dijo esa víbora? —preguntó él, susurrando contra su frente mientras se movían al ritmo de la música.
—Nada importante —mintió Elena—. Solo tonterías de envidiosa.
Ethan se detuvo un segundo en medio del giro, obligándola a sostenerle la mirada.
—Elena, mírame. Sé lo que dicen. Dicen que soy un monstruo, que solo me importan las acciones. Pero tú sabes la verdad. Sabes que este imperio no significa nada si no estás tú para heredarlo conmigo.
Él la hizo girar y luego la atrajo de nuevo hacia su pecho con un movimiento posesivo.
—Esta noche, cuando anuncien nuestro compromiso oficial, el mundo intentará separarnos. Pero quiero que recuerdes esto: nadie, ni tu padre ni el mío desde su tumba, podrá quitarme lo que es mío.
Elena apoyó la cabeza en su hombro, dejándose llevar por la música y por la abrumadora seguridad de Ethan. A los 18 años, su mundo era una jaula de diamantes, y aunque a veces sentía que le faltaba el aire, sabía que mientras Ethan fuera su carcelero, nunca estaría sola en la oscuridad.
El salón del hotel “Imperator” alcanzó un silencio sepulcral cuando la orquesta detuvo la música. Las luces de los candelabros de cristal se atenuaron, dejando que solo los focos principales iluminaran el pequeño podio donde Marcus Valerius se encontraba de pie, con una copa de cristal de baccarat en la mano.
Ethan, de 18 años, permanecía junto a Elena, de 17, en el centro de la pista. Él no le había soltado la mano ni un segundo; sus dedos estaban entrelazados con una fuerza que, aunque oculta bajo la seda y el encaje, era una declaración de propiedad.
—Damas y caballeros —la voz de Marcus resonó, amplificada por el sistema de sonido—. Esta noche no solo celebramos la generosidad de nuestras familias hacia la Fundación Legado. Celebramos la estabilidad y el futuro. Como muchos han rumoreado, hoy sellamos oficialmente el pacto que el gran Alexander Steelwood y yo iniciamos hace trece años.