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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. ¿Lo estás disfrutando?

Ninguno de los tres esperaba que Lucía apareciera de pronto, y mucho menos que dijera algo así. Se quedaron pasmados.

Unos segundos después, la expresión de Valeria cambió. Ya no quedaba nada de la dulzura ni de los buenos modales que antes fingía. —¿Qué haces todavía aquí, Lucía? —preguntó con abierto desprecio.

Con los ojos enrojecidos, Lucía sonrió con frialdad. —¿No les viene perfecto que esté aquí? Así pueden hacer lo que estaban planeando.

Valeria comprendió y se le descompuso la cara. —¡Te atreviste a escucharnos a escondidas!

—Sí. Si no los hubiera oído, seguiría creyendo que mi querida hermana es una santa y no una zorra sin vergüenza.

—¡Maldita mocosa! ¡Te atreves a insultar así a Valeria! ¡Te quieres morir! —Teresa, fuera de sí, levantó la mano para volver a golpearla.

—Mamá, ¿para qué te enojas con esta pueblerina de cuarta? Creció sin padre y sin modales. —Valeria soltó una risita y miró a Lucía con una calma burlona—. Hermanita querida, por lo que nos une, más te vale aceptar el divorcio y hacer lo que te digo. Si te niegas, no creo que aguantes las consecuencias.

Lucía ya no sentía nada por esa familia cuyo cariño tanto se había esforzado en conservar. Lo de ser hermanas nunca había sido más que una mentira.

La miró con más calma todavía. —Si me lo suplicas ahora, tal vez lo piense.

—¿Qué? —A Valeria le cambió la cara. La miró como si estuviera viendo a una imbécil.

—¡Te volviste loca, mocosa! —gritó Teresa.

Al ver sus expresiones, Lucía sonrió. —Sí, estoy loca. Así que voy a quedarme con Adrián toda la vida. Y con mi lugar de señora Beltrán.

—¡No abuses, Lucía! —Valeria perdió los estribos—. ¡No voy a dejar que te salgas con la tuya!

—Ya me salí con la mía. Por ahora, toda la ciudad sabe que la esposa de Adrián Beltrán se llama Lucía Suárez. Tú no.

Se dio la vuelta y se fue. Valeria siguió lanzándole insultos, rabiosa, pero Lucía no le hizo el menor caso.

Al salir del hospital, fue a una clínica maternoinfantil.

Temía que la brutalidad de Adrián la noche anterior y la caída de hacía un rato hubieran afectado al bebé.

Había mucha gente esperando, sobre todo embarazadas. Casi todas iban acompañadas de sus esposos o de algún familiar. Al ver la felicidad en sus rostros, Lucía se sintió todavía más ridícula.

Esperaba un hijo del hombre que amaba. Y aquel hombre amaba a otra.

Pero no siempre había sido así. Aquel verano, él le había tomado la mano y le había dicho: «Cuando sea grande, me voy a casar contigo».

Sí, se había casado con ella. A la fuerza, y contra su voluntad.

El bebé estaba bien. Lucía pudo respirar aliviada.

Apenas entró en la casa, oyó el golpe de la puerta principal al cerrarse detrás de ella.

Se volvió. Adrián había regresado.

Su rostro seguía siendo hermoso, pero el ceño y la mirada estaban cargados de una violencia aterradora.

—¿Volviste a buscar a Valeria? —Su voz era de hielo.

Lucía imaginó que Valeria había ido a quejarse con él, pero no tenía nada que ocultar. —Sí, fui, pero…

—¡Eres una maldita víbora, Lucía!

El insulto le cayó en el pecho como un puñado de vidrios rotos. El dolor se extendió de inmediato, aunque no dejara ninguna herida visible.

Lo miró acercarse, paralizada. Aquellos ojos rasgados estaban tan fríos que daban miedo.

—¿Le dijiste que seguirías pegada a mí hasta después de muerta, y que jamás le permitirías entrar en la familia Beltrán? ¿Eso le dijiste?

Lucía palideció. Ella nunca había dicho aquellas palabras.

Intentó explicarse, pero Adrián le apretó la muñeca con rabia y la arrojó violentamente sobre el sofá.

—¡No! ¡Adrián…!

Lo que él estaba haciendo la dejó blanca de miedo.

Nunca lo había visto tan frío ni tan violento. La aterraba perder al bebé por lo que estaba pasando.

Pero Adrián no le dio ninguna oportunidad de escapar. La sujetó con fuerza contra su cuerpo. No hubo consideración alguna, solo castigo.

Lucía no sintió ni un instante de placer. Solo un dolor cada vez más intenso, cada vez más difícil de soportar.

Nunca había imaginado que Adrián pudiera sentir tanto asco por ella.

No supo cuánto tiempo pasó. El dolor se volvió insoportable y acabó perdiendo el conocimiento. En un sueño largo, regresó a aquel hermoso verano de doce años atrás.

El sol, la playa y aquel árbol de alcanfor.

La pequeña Lucía recogía conchas junto al mar cuando vio, a lo lejos, a un niño sentado sobre una roca grande. Estaba callado y parecía muy triste.

Fue la primera vez que vio a Adrián. A los doce años ya tenía unas facciones hermosas y una figura alta y esbelta.

Pero parecía tan infeliz…

Lucía se acercó descalza y con cautela. Le ofreció una concha de muchos colores que le había costado encontrar.

—Toma, es para ti. Para que estés contento todos los días.

Adrián volvió la cabeza. Sus ojos rasgados la miraron con desconfianza.

Llevaba ropa de marca. Hasta sus zapatos eran de edición limitada.

Ella, en cambio, tenía puesto un vestido tan lavado que casi había perdido el color. No podían ser más distintos.

Aun así, él terminó extendiendo la mano para aceptar la concha.

Volvieron a encontrarse al día siguiente, a la misma hora. Adrián le llevó un vaso de té con leche para agradecerle el regalo.

Lucía lo recibió sonriendo. Nunca había probado el té con leche. Estaba delicioso.

Adrián la miraba y pensaba que aquella sonrisa era todavía más dulce que la bebida.

Durante ese verano se encontraban todos los días en la playa y se quedaban jugando juntos.

Una vez, Lucía se cortó el pie con un vidrio y empezó a sangrar. Adrián la cargó en la espalda y la llevó al centro de salud.

Apoyada en su espalda, con las mejillas encendidas por el sol del atardecer, sintió que el corazón le latía muy deprisa.

Se sonrojó y, sin poder evitarlo, le rodeó el cuello con más fuerza. —Adrián, yo… quiero estar siempre contigo. Quiero que juguemos juntos todos los días.

Él contestó sin pensarlo: —Bueno. Cuando sea grande, me voy a casar contigo. Así vamos a poder jugar juntos para siempre.

Pero después de aquella promesa inocente vino una separación que duró años.

Lucía nunca imaginó que, al despedirse aquel día, dejarían de verse por tanto tiempo.

Cuando volvieron a encontrarse, él ya era un hombre al que todos admiraban. Y tenía a una mujer a la que amaba. Se llamaba Valeria Suárez.

Lucía despertó exhausta en un lugar desconocido. Le dolía todo el cuerpo. El más mínimo movimiento le resultaba insoportable.

—Mira nada más. Yo que pensé que te habías muerto. ¿Por fin te dignas a abrir los ojos?

Al oír aquella burla, levantó la vista. Valeria estaba a su lado, deslumbrante, con el rostro fino y los ojos astutos llenos de rabia y celos que no podía disimular.

¿Celos?

Lucía no entendía qué podía envidiarle.

—Eres la mujer más rastrera que he conocido. ¡Mira que terminar en el hospital por eso!

¿El hospital?

Lucía miró a su alrededor. Así que estaba en un hospital.

Recordó lo ocurrido antes de perder el conocimiento y de pronto entendió los celos de Valeria.

Todo aquello le pareció una burla cruel. Aun así, sonrió como si hubiera ganado. —Es que Adrián no se cansa. Y eso que yo le dije que no.

—¡Perra! —A Valeria se le marcaron las venas de la frente—. ¡Eres una puta sin vergüenza, Lucía! ¡Adrián solo te usó para desahogarse!

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Sofia
yo quiero otro capítulo pero ya plis deja de hacerla sufrir tanto
Paola Garcia
mala novela no tiene ni forma de nada siempre lo mismo ella llevando palo y palo y toda Ia casada no me gustó o tiene nada de coherencia y ley hasta el capítulo 35
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