Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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Lo que callan las miradas
La mañana apenas comenzaba cuando Alison abrió los ojos.
Por unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo de su habitación. Había dormido poco. El sueño del jardín seguía presente en su memoria, especialmente las últimas palabras del desconocido.
Observa lo que hace cuando crea que nadie lo está mirando.
Se incorporó lentamente.
—No pienso pasarme el día buscando significados ocultos en cada movimiento suyo —murmuró.
Sin embargo, sabía que no podría evitarlo.
Hades le había prometido pasar el día con ella. Y aunque estaba emocionada por aquella invitación, ahora tenía una pregunta nueva rondándole la cabeza.
¿Qué hacía Hades cuando creía que nadie lo observaba?
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Cuando salió de su habitación, encontró que ya había movimiento en la vivienda.
Una conversación sobre las provisiones del día ocupaba buena parte de la mañana. Alison ayudó a ordenar algunas cosas y escuchó una pequeña queja por haber dejado pendientes ciertas tareas la jornada anterior.
—Prometo que hoy regresaré temprano —dijo mientras acomodaba su manto.
—Eso dijiste ayer.
—Ayer tenía otros asuntos.
—¿Asuntos importantes?
Alison intentó disimular la sonrisa.
—Muchísimo.
La persona que tenía delante la miró con expresión divertida.
—Entonces espero que ese asunto importante no te haga olvidar que todavía tienes responsabilidades aquí.
—No las olvidaré.
Antes de marcharse, Alison recibió un pequeño encargo para el mercado. Lo guardó con cuidado y se despidió.
Aquella conversación le recordó algo que a veces olvidaba: su vida no estaba hecha únicamente de los momentos que compartía con Hades. Había personas que contaban con ella, pequeñas obligaciones y un hogar al que siempre regresaba.
Y no quería perder ninguna de esas cosas.
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Hades la esperaba cerca de la entrada del mercado.
Llevaba una túnica oscura y una expresión que habría hecho pensar a cualquiera que estaba esperando una noticia desagradable.
Alison se acercó por detrás.
—Si continúas mirando así a la gente, terminarán creyendo que vienes a anunciar una desgracia.
Hades giró la cabeza.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días, señor Cara de Funeral.
—Creí que habíamos superado ese nombre.
—Nunca prometí dejar de usarlo.
Él negó con la cabeza y le ofreció el brazo.
Alison lo aceptó, aunque no pudo evitar observarlo unos segundos.
Recordó la advertencia de su sueño.
Observa lo que hace.
Pero Hades no estaba haciendo nada extraño. Simplemente caminaba a su lado, adaptando el paso al de ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Nada.
—Llevas varios minutos mirándome.
—¿No puedo hacerlo?
—Puedes. Pero normalmente acompañas tus miradas con alguna pregunta.
Alison soltó una risita.
—Quizá hoy quiera descubrir si eres capaz de mantener una conversación sin discutir conmigo.
—Eso parece una tarea imposible.
—Para ti, probablemente.
Entraron juntos en el mercado.
Los comerciantes ofrecían frutas, pan, aceite, telas y pequeñas piezas de cerámica. Algunas personas regateaban los precios mientras otras se detenían a conversar con conocidos.
Alison parecía conocer aquel lugar de memoria. Saludaba a varios vendedores y se detenía cuando encontraba algo que llamaba su atención.
Hades, en cambio, observaba todo con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
—No entiendo por qué discuten tanto por el precio de unas aceitunas —comentó.
—Porque no todos pueden pagar lo que les piden.
—Entonces deberían establecer un precio justo desde el principio.
Alison lo miró.
—Eso sería maravilloso, pero no vivimos en un mundo donde todos hacen lo que deberían.
Hades guardó silencio.
La respuesta le recordó demasiado a su propia existencia.
Había pasado tanto tiempo rodeado de seres que hablaban de justicia mientras perseguían sus propios intereses que había olvidado cómo era escuchar una observación tan sencilla.
Alison tomó un pequeño recipiente de cerámica y examinó su superficie.
—¿Te gusta?
—Es un recipiente.
—Gracias por tu brillante opinión.
—¿Qué esperabas que dijera?
—Que tiene una forma bonita, que el trabajo está bien hecho o que no te gusta. Cualquier cosa que demuestre que tienes ojos.
Hades examinó el objeto con mayor atención.
—Está bien hecho.
—¿Ves? No era tan difícil.
Alison lo compró y continuaron caminando.
En un puesto cercano encontró unas pequeñas piezas de madera tallada. Se detuvo para examinarlas y una de ellas llamó su atención: tenía la forma de una flor de cinco pétalos.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Hades también la vio.
Por un instante, ambos quedaron inmóviles.
—Es solo una flor —dijo Alison, aunque no parecía convencida.
—Lo sé.
Pero su respuesta había llegado demasiado rápido.
Alison levantó la pieza.
—¿Crees que se parece al símbolo que encontramos?
Hades observó los pétalos.
La figura era sencilla, sin el círculo incompleto que rodeaba la flor del antiguo grabado. Podía tratarse de una coincidencia.
—Tiene cierta semejanza.
—Últimamente parece que encontramos esa flor en todas partes.
—No todas las flores tienen que significar algo.
Alison dejó la pieza en su lugar.
—Eso es lo que diría alguien que no quiere que una flor signifique algo.
Hades la miró.
—No todo lo que desconocemos es una amenaza.
—Y no todo lo que parece inofensivo lo es.
Él no encontró una respuesta inmediata.
Alison se alejó unos pasos para continuar mirando los puestos. Hades permaneció junto a la mesa durante un instante más.
No quería que aquella figura se convirtiera en otra razón para que ella sintiera miedo.
Pero tampoco podía negar que su aparición le inquietaba.
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Más tarde se sentaron a descansar cerca de una fuente pequeña.
Alison repartió el pan que había comprado y le ofreció una parte.
—No tienes que comerlo si no quieres —dijo—. Pero no pienso permitir que pases todo el día mirándome mientras yo como.
Hades aceptó el trozo.
—Eres bastante mandona.
—Y tú bastante difícil.
—Parece que nos entendemos.
Alison sonrió.
Comieron durante unos minutos mientras observaban a la gente pasar.
Entonces ella recordó algo.
—Ayer hablé de ti en casa.
Hades giró el rostro.
—¿Otra vez?
—¿Otra vez?
—Supongo que ya debería acostumbrarme a ser tema de conversación.
—No te emociones. No dije nada extraordinario.
—¿Y qué dijiste?
Alison lo miró de reojo.
—Que eres reservado, que a veces pareces enfadado con el mundo y que no sabes aceptar un cumplido.
—Una descripción muy generosa.
—También dije que me haces sentir acompañada.
Hades dejó de comer.
Aquella última frase le produjo una sensación que no supo explicar.
—¿De verdad?
—Sí.
Alison bajó la mirada hacia el pan que sostenía.
—En casa me dijeron que no debía permitir que tus secretos me confundieran. Que tengo derecho a hacer preguntas y a recibir respuestas cuando algo pueda afectarme.
Hades sintió que la tranquilidad del momento se desvanecía un poco.
—¿Y estás de acuerdo?
—Por supuesto.
—¿Crees que te estoy ocultando algo que podría hacerte daño?
Alison tardó en contestar.
—No lo sé, Hades. Ese es precisamente el problema.
Él miró hacia la fuente.
Podía decirle la verdad.
Podía pronunciar su nombre completo, contarle quién era y dejar que el mundo que había mantenido separado de ella se derrumbara sobre sus hombros.
Pero no lo hizo.
Todavía no.
—Hay cosas de mi vida que no son sencillas —dijo—. Personas con las que tengo obligaciones y asuntos que no puedo abandonar sin consecuencias.
—Eso ya me lo has dicho.
—Lo sé.
—Y no te estoy pidiendo que me cuentes todo ahora mismo. Pero quiero que entiendas que no puedo quedarme eternamente esperando a que decidas qué puedo saber.
Hades la miró.
—No quiero que esperes eternamente.
Alison sostuvo sus ojos.
—Entonces no me hagas sentir que estoy intentando acercarme a una puerta que nunca vas a abrir.
Él extendió la mano y tomó la de ella.
—No eres una desconocida para mí.
—A veces me haces sentir como si lo fuera.
Hades apretó suavemente sus dedos.
—Lo siento.
Alison no respondió de inmediato. Después, apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro.
—No quiero que pasemos todo el día hablando de cosas tristes.
—Estoy de acuerdo.
—Bien. Entonces cuéntame algo sobre ti que no sea un secreto peligroso.
Hades arqueó una ceja.
—¿Qué clase de cosa?
—Algo que te guste. Algo que detestes. Algún recuerdo. No sé. Una cosa normal.
Él pensó durante unos segundos.
—Me gusta el silencio.
—Eso ya lo sabía.
—Me gusta caminar cuando nadie espera nada de mí.
—Eso también.
—Y detesto que me obliguen a tomar decisiones sin conocer todas las consecuencias.
Alison lo observó.
—Eso último sí parece importante.
—Lo es.
—¿Y qué más?
Hades miró sus manos entrelazadas.
—Me gusta escucharte hablar.
Alison se quedó callada.
—Eso no es una respuesta muy elaborada.
—No me pediste un discurso.
Ella sonrió.
—Está bien. Te concedo ese punto.
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Cuando el sol comenzó a descender, Alison recordó el encargo que debía llevar de regreso.
—Tengo que volver.
Hades se puso de pie.
—Te acompañaré.
—No hace falta. Conozco el camino.
—Lo sé.
—Entonces...
—Quiero acompañarte.
Alison lo miró y finalmente aceptó.
Caminaron por las calles que se iban llenando de sombras. Al llegar a la calle estrecha donde estaba su vivienda, Alison disminuyó el paso.
—Aquí es.
Hades se detuvo junto a los escalones de la entrada.
—Lo recuerdo.
—Espero que no hayas olvidado cómo llegar. No pienso ir a buscarte si te pierdes.
—Haré un esfuerzo por sobrevivir.
Alison soltó una carcajada.
Antes de entrar, se volvió hacia él.
—Gracias por hoy.
—Gracias a ti por invitarme a caminar entre personas que discuten por aceitunas.
—No te burles. Algún día entenderás la importancia de unas buenas aceitunas.
Hades inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo tendré presente.
Alison subió el primer escalón, pero se detuvo.
—Hades.
—¿Sí?
—Me gustó pasar el día contigo.
Él la observó.
—A mí también.
Ella se acercó y depositó un beso suave en su mejilla.
—Hasta mañana.
Hades permaneció inmóvil mientras Alison entraba.
La puerta se cerró y él se quedó mirando la pequeña vivienda durante unos segundos.
No había sido una jornada extraordinaria.
No habían descubierto una antigua profecía ni enfrentado a una criatura desconocida.
Habían comprado alimentos, conversado y caminado por un mercado.
Y, sin embargo, Hades no recordaba la última vez que un día tan sencillo le había parecido tan valioso.
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Alison dejó sus compras y saludó a quienes estaban dentro.
—Has regresado —comentó una voz.
—Tal como prometí.
—¿Y cómo estuvo tu día?
Alison intentó ocultar la sonrisa, pero no tuvo demasiado éxito.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
La respuesta provocó una mirada divertida.
—Entonces parece que ese asunto importante resultó ser bastante agradable.
Alison se sentó y comenzó a contar algunas cosas del mercado. Habló de los vendedores, de los precios y de lo poco que Hades parecía comprender las discusiones por las aceitunas.
No contó todo.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Por primera vez, estaba empezando a comprender que podía conservar partes de su vida solo para sí misma sin que eso significara que estaba mintiendo.
Y quizá Hades también necesitaba aprenderlo.
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En el inframundo, Hades regresó cuando el cielo mortal ya había perdido sus últimos colores.
No había terminado de atravesar el corredor principal cuando una voz lo detuvo.
—Has estado ausente otra vez.
Perséfone estaba junto a una de las columnas, con los brazos cruzados.
Hades no mostró sorpresa.
—Tenía asuntos que atender.
—¿Asuntos mortales?
Él se detuvo.
—¿Qué quieres, Perséfone?
La diosa se acercó lentamente.
—Quiero saber por qué cada vez que regreso a este lugar pareces tener la mente en otra parte.
—Tengo muchas responsabilidades.
—Y, sin embargo, encuentras tiempo para ella.
Hades endureció la mirada.
—No pronuncies su nombre.
Perséfone soltó una risa sin alegría.
—Así que ahora también debo tener cuidado con las palabras que utilizo.
—No he dicho eso.
—No necesitas decirlo. Tu comportamiento habla por ti.
Hades intentó continuar su camino, pero ella volvió a interponerse.
—¿Qué encontraste en el templo?
Él la miró fijamente.
—¿Por qué te interesa?
—Porque hay cosas que deberían permanecer donde pertenecen.
—No sabes lo que encontramos.
—Entonces cuéntamelo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Perséfone lo observó con una mezcla de indignación y dolor.
—Antes no tenías tantos secretos para mí.
—Antes no utilizabas cada conversación para intentar controlar mis decisiones.
La expresión de la diosa cambió.
—Ten cuidado, Hades.
—Eso es precisamente lo que llevo haciendo demasiado tiempo.
Él pasó a su lado y se alejó.
Perséfone no lo siguió.
Pero cuando estuvo sola, volvió a pensar en la flor de cinco pétalos.
Había algo en aquel símbolo que le resultaba familiar.
Algo que no quería recordar.
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En una cámara apartada, el hombre que había estado siguiendo los movimientos de Alison contemplaba una pequeña pieza de obsidiana.
La superficie oscura reflejaba una luz tenue.
—Se encontraron de nuevo —informó.
Desde el otro lado llegó una voz.
—Eso era inevitable.
—La mortal empieza a prestar atención a los silencios de Hades.
Hubo una pausa.
—Entonces el tiempo se está acortando.
—¿Debemos intervenir?
La voz respondió con una frialdad inquietante:
—Todavía no. Si intervenimos demasiado pronto, podríamos despertar aquello que permanece dormido.
El hombre bajó la mirada hacia la pieza.
—¿Y si ella recuerda?
La respuesta tardó unos segundos.
—Entonces ninguno de nosotros podrá impedir lo que viene.
La comunicación terminó.
Y la cámara volvió a quedar en silencio.