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La Heredera que Él No Pudo Romper

La Heredera que Él No Pudo Romper

Status: En proceso
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Mujer poderosa / La mimada del jefe / Casada con el millonario / Amante arrepentido
Popularitas:236.5k
Nilai: 4.7
nombre de autor: lulu

Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.

Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.

Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.

Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.

Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Dicen que el matrimonio es la tumba del amor.

Y la verdad, si una va a terminar enterrada, mejor descansar bajo tierra que quedar tirada a la intemperie.

Después de más de dos meses cosiendo hasta que se me entumieron los dedos, por fin terminé mi propio vestido de novia.

Bajo la luz del atelier, la tela blanca brillaba con una elegancia limpia, preciosa. Era exactamente como lo había imaginado.

En unos días iba a caminar hacia el hombre que amaba. Nada más pensarlo, hasta dormida sonreía.

Desde los diecinueve hasta los veinticinco.

Seis años.

Mi amor por fin iba a tener sepultura digna.

Pero al despertar, todo se hizo pedazos.

—Lala, el señor Alcázar vino esta mañana al atelier y se llevó el vestido. ¿Lo mandaste a la casa? —me preguntó Cere por teléfono, confundida.

Yo acababa de abrir los ojos. Todavía tenía la cabeza pesada.

—¿Damián se llevó mi vestido?

—Sí. ¿No sabías?

—No. Le voy a preguntar.

Colgué.

Ya más despierta, seguí sin entender qué demonios hacía Damián Alcázar llevándose el vestido tan temprano.

La casa estaba llena de cosas de la boda. Centros de mesa, cajas, recuerdos para los invitados, flores falsas para las pruebas. No había espacio ni para respirar. Yo había planeado recoger el vestido un día antes de la ceremonia.

Le marqué.

No contestó.

Cuando iba a llamar por segunda vez, él me devolvió la llamada.

—Damián, ¿te llevaste mi vestido?

—Sí.

Una sola palabra. Ronca. Cansada. Como si llevara toda la noche sin dormir.

Me tensé.

—¿Qué tienes? ¿Estás enfermo?

Del otro lado hubo un silencio breve.

Luego su voz salió fría.

—Lala, cancelemos nuestra boda.

Sentí un golpe seco en los oídos.

—¿Por qué?

—A Iris le detectaron cáncer en etapa terminal. El médico dijo que le quedan, como mucho, tres meses.

La noticia me atravesó.

Durante un segundo, uno solo, pensé que el cielo por fin había abierto los ojos y venía a llevarse a esa desgraciada.

—¿Y eso qué tiene que ver con nuestra boda?

—Su último deseo es casarse conmigo. Si lo cumple, puede irse sin arrepentimientos.

No alcancé a contestar. Él siguió rápido, como si temiera que lo interrumpiera.

—Sé que es una petición excesiva, pero se está muriendo. ¿No puedes tenerle un poco de compasión?

Me quedé con la boca entreabierta.

Era el chiste más absurdo que había escuchado en mi vida.

Tardé varios segundos en soltar una risa seca.

—Damián Alcázar, ¿te estás oyendo?

—Estoy muy consciente de lo que digo. Lala, voy a casarme con Iris para cumplirle su último deseo. Sé que no es justo para ti. Como compensación, puedo transferirte el cincuenta por ciento de las acciones de la empresa. Piénsalo bien.

Todo el cuerpo se me quedó helado.

—¿Y si no acepto?

Su paciencia se quebró.

—¿Puedes ser un poco buena persona? Iris es tu hermana. Se va a morir. Solo tiene este pequeño deseo y tú ni siquiera puedes concedérselo.

Qué lógica tan bonita.

Me dio asco.

—Si tanto te importa, cuando se muera también puedes enterrarte con ella. Así queda completo el paquete.

—Tú...

Se quedó callado. Luego cambió de tema.

—De cualquier forma, ya traje el vestido al hospital. Iris tiene una complexión parecida a la tuya. Le va a servir.

Antes de que terminara, escuché una voz conocida al fondo.

—¡Damián, Iris despertó!

Era Tamara Montes, la esposa actual de mi padre. Mi madrastra. La madre de Iris.

—Voy —respondió él, con una urgencia que nunca me dedicó a mí—. Lala, espero tu respuesta pronto.

Y colgó.

Me quedé sentada en la cama, apretando el celular.

¿Desde cuándo esos tres eran una familia tan amorosa?

Qué ironía.

Hace más de diez años, Tamara le robó el esposo a mi madre. Ahora su hija quería robarme el mío.

De tal palo, tal astilla.

Mis padres se divorciaron cuando yo era niña. Menos de tres meses después, mi padre, Héctor Salcedo, llevó a Tamara a la casa con toda la cara dura del mundo.

Ella llegó con dos hijos. Mellizos. Un niño y una niña, dos años menores que yo.

Después me enteré por accidente de que también eran hijos de mi padre.

O sea, mi padre había traicionado a mi madre desde hacía años. Tenía otra familia afuera. Sus hijos ilegítimos eran apenas dos años menores que yo.

Cuando mi madre lo supo, se enfureció. Quiso volver a demandarlo para dividir de nuevo los bienes del matrimonio y proteger lo que me correspondía.

Mi madre solo quería evitar que todo terminara en manos de esa mujer.

Pero mi padre fue cruel.

No solo se negó, también aprovechó para quedarse con buena parte de los negocios de mis abuelos maternos.

Mi abuelo enfermó del coraje. Estuvo al borde de la muerte.

No había dinero para tratarlo. Mi madre vendió varias reliquias familiares, pidió prestado por todos lados, hizo lo imposible.

Igual no pudo salvarlo.

La culpa la destruyó. Pensó que ella lo había matado. Cayó en una depresión severa. Luego le detectaron cáncer de mama.

No tardó mucho en irse.

Mi padre la mató de rabia.

La muerte de mi abuelo y de mi madre nos rompió a mi abuela y a mí.

Desde entonces me juré algo:

todo lo que nos pertenecía a mi madre y a mí, lo iba a recuperar. Con intereses.

Estos años levanté mi carrera con mis propias manos. Mi marca creció. Y estaba a punto de casarme con Damián Alcázar, el heredero de la familia Alcázar, mi amor de infancia.

Pensé que, al unir fuerzas con el hombre que amaba, mi vida por fin iba a ponerse de mi lado.

Qué ingenua.

Me tropecé justo antes de entrar al altar. Y quien me quitó al novio fue la hija de la mujer que destruyó a mi madre.

¿Desde cuándo Damián e Iris eran tan cercanos?

¿Desde la primera vez que Iris se arremangó para donarle sangre?

¿Desde la primera vez que le cocinó algo?

¿O desde aquella vez, cuando cumplió dieciocho, que dijo frente a todos que el único hombre que amaría en su vida era Damián, y que si no podía casarse con él prefería morir?

En ese entonces Damián y yo ya éramos novios oficiales.

Pero todos se rieron y la aplaudieron.

Qué valiente, decían.

Damián, si por esas cosas ibas a casarte con ella, entonces ¿qué fui yo todos estos años?

Tu sangre era especial. Yo te doné durante cinco años, hasta que tu enfermedad se estabilizó.

Tu cuerpo era débil. Aprendí a prepararte caldos, infusiones, comidas suaves y menús que te recomendaban los médicos para que te recuperaras.

Pasé noches enteras junto a tu cama de hospital. Cuidé tu fiebre. Te acompañé en cada recaída.

¿Y ahora, porque Iris tiene una enfermedad terminal, me apuñalas por la espalda y cancelas una boda ya preparada para irte con ella?

Las lágrimas me subieron a los ojos.

Las empujé de vuelta.

Llorar por un desgraciado así no valía la pena.

Y llorar por mí tampoco.

La familia Salcedo me enseñó desde niña que las lágrimas no sirven. Solo hacen que los demás se rían más fuerte.

Si no estás conforme, pelea.

Esa es la única verdad.

Tomé el celular y le marqué al perro ese.

—Damián, pásame toda la empresa y te cedo el lugar de novia. Si aceptas, ven esta noche. Firmamos.

Pensé que iba a insultarme por pedir demasiado.

Pero solo guardó silencio un momento.

—Bien. Nos vemos en la noche.

Tres años atrás, Damián y yo fundamos una marca de alta costura: Lala & Damián.

Él puso el dinero. Yo puse los diseños.

Para mí, en ese entonces, fue casi empezar sin capital. Ahora la empresa valía cientos de millones y podía salir a bolsa cuando quisiera.

Y él estaba dispuesto a entregármela con tal de casarse con Iris.

Vaya.

Entonces sí eran amor verdadero.

Me levanté.

La casa estaba llena de artículos de boda. De pronto todo me pareció ofensivo. Hubiera querido prenderle fuego a cada caja.

Llamé a varias personas para que empacaran todo lo que tuviera que ver con Damián.

Menos mal que insistí en esperar hasta la noche de bodas para acostarme con él. Si además de todo hubiera perdido mi primera vez con ese hombre, me daría todavía más asco.

Cuando la casa quedó recogida, me cambié, me maquillé con calma y apenas terminé escuché el motor de un auto en el patio.

Damián llegó.

Y no vino solo.

Trajo a Clara Rivas, mi ex futura suegra.

Ah.

¿Tenían miedo de que su hijo saliera perdiendo y por eso vino mamá a vigilar?

Me quedé sentada en el sofá. No me levanté.

—Llegaste —le dije a Damián.

Luego miré a Clara.

—También vino usted, señora Rivas.

Clara se puso incómoda y sonrió apenas.

—¿No me decías ya mamá? ¿Por qué ahora tan formal?

Sonreí.

—Mi mamá murió hace años.

La cara de Clara se quedó sin expresión. Como si le hubieran cortado la piel.

Damián también se tensó.

Se acercó.

—Lala, quien te falló fui yo. No metas a mi mamá en esto.

—Si el hijo sale mal, la culpa es de los padres. ¿Quieres decir que mejor culpo a tu papá?

—¡Lala!

Alzó la voz.

Yo ladeé la boca. Me valía.

Clara lo jaló del brazo.

—Hablen bien. No peleen.

Damián respiró hondo, se sentó en el sillón individual y sacó un contrato.

Lo empujó hacia mí.

—Como pediste. La empresa completa será tuya. Nuestro compromiso queda cancelado.

Tomé los papeles y empecé a revisarlos.

—La empresa es la empresa. Pero te llevaste mi vestido. También tienes que pagarlo.

Él frunció el ceño. Seguro no esperaba que le cobrara cada cosa.

—¿Cuánto?

—Precio de amistad: un millón de pesos.

Clara casi saltó.

—¡Lala, eso es un robo!

La miré de lado.

—Señora Rivas, ¿quiere que su hijo le explique cuánto valen mis piezas en la industria?

Ambos guardaron silencio.

—Además, pueden no comprarlo —me encogí de hombros—. Aunque el vestido debe quererlo Iris. Y si Iris lo quiere, el señor Alcázar lo va a pagar aunque cueste el doble.

Damián me miró sorprendido.

Lo había adivinado.

Desde que Iris entró a la familia Salcedo, cualquier cosa que yo quisiera, aunque fuera basura, ella tenía que arrebatármela.

Un vestido se compra en cualquier lado.

Pero Damián tuvo que llevarse justo el que yo hice con mis manos.

Eso no fue ocurrencia de él.

Fue de Iris.

Después de dudar, Damián asintió.

—Bien. Un millón.

Clara lo miró.

—¿Estás loco? ¿Te sobra el dinero?

—Mamá, no te metas.

Luego volvió a verme.

—Iris está grave. No puede ir a escoger joyas para la boda. Dijo que tú ya tenías todo listo, así que tal vez podrías cederle también el juego completo.

Creí estar preparada.

No lo estaba.

Me quedé mirándolo.

—Damián Alcázar, si Iris te pide mi vida, ¿también vas a contratar a alguien para que venga por mi cabeza?

—Lala, Iris no es así. La malinterpretas demasiado. Está enferma de verdad. No puede preparar estas cosas. Y tú ya no las vas a usar.

Lo vi defender a otra mujer con tanta naturalidad que la risa se me subió sola.

—¿Te acuerdas de lo que me prometiste?

Dijiste que yo te salvé la vida.

Dijiste que jamás me fallarías.

Dijiste que solo me amarías a mí.

Damián evitó mis ojos.

—Lala, claro que te amo. Solo le tengo lástima. Es tan joven, dos años menor que tú, y le queda tan poco. Es tu hermana. ¿De verdad no te duele saber que va a morir?

Me acordé de Iris de niña.

Cortaba mi ropa con tijeras. Me metía cosas asquerosas entre las sábanas para verme gritar.

Yo tampoco era santa. Agarraba esas porquerías y la perseguía para metérselas en la boca. Una vez cayó por las escaleras del susto.

El resultado fue el de siempre: mi padre y mi madrastra me golpearon entre los dos.

Cuando ellos salieron, les corté toda la ropa del clóset.

Así fue mi guerra con la familia Salcedo. Yo sufrí, sí. Pero tampoco los dejé vivir tranquilos.

Solo que ellos eran más. Yo estaba sola. Terminé aplastada muchas veces.

Nadie entendía cuánto odiaba a Iris. Cuánto odiaba a Tamara.

¿Y ahora querían que me doliera su muerte?

Sonreí.

—Sí, pobrecita. Tan joven, tan bonita, a punto de marchitarse. Mi madrastra debe estar destrozada. Qué pena.

Ni siquiera notaron mi burla.

Clara, en cambio, se conmovió.

—Claro... Cada hijo es un pedazo de una madre. ¿Qué mamá no querría morir en lugar de su hijo?

—Mamá, tu corazón está delicado. El doctor dijo que no debes alterarte.

Damián la consoló y luego me miró con un tono más suave.

—Lala, yo me caso primero con Iris para cumplir su deseo. Después... te daré una boda más grande, más bonita. Te lo prometo.

Me quedé muda.

¿Qué acababa de decir?

—O sea... primero te casas con Iris y, cuando se muera, ¿vienes a casarte conmigo como si yo fuera la novia de repuesto?

Casi me reí en su cara.

Yo, Lala Salcedo, aunque no fuera la favorita de mi propia familia, tenía belleza, talento, carrera y nombre en los círculos de alta sociedad de Ciudad de México.

¿En qué cabeza cabía que, después de ser abandonada, iba a esperarlo como perro fiel?

Si yo quería casarme, podía escoger entre media ciudad.

Damián se veía cada vez más incómodo, pero aun así habló con esa ternura repugnante.

—Eres la mujer que más amo. Claro que voy a casarme contigo. No lo digas tan feo. En mi corazón, tú eres mi única esposa.

Qué ganas de vomitar.

Ya no lo soporté.

Tomé el contrato y firmé.

—¿Quieren las joyas? Bien. Otro millón. Deposítalo en mi cuenta. Mañana llevaré personalmente el juego completo al hospital y de paso visitaré a mi queridísima hermana.

Lala Salcedo

Damián Alcázar

1
Bienaventurada
Muy interesante hasta ahora
Buena la novela 🥰
Bienaventurada
Que gesto tan bonito 🥰de Sebastián
Bienaventurada
jajaja 😂
Bienaventurada
Tremendo cara e tabla 😒 infeliz
Eufemia Perez
La novela en me ha gustado. pero me pregunto porque demoran tanto que los protagonista de tanto que la hicieron sufrir😭 🤣🥰🤭 y teniendo un hombre bufno sigas todavia darle largo a una historia de amor que se ha vuelto aburrida para darle un final feliz con hijo a bordo en menos de que cante un gallo. asi no es una historia. que llegue a gustar no se como una hija novia hijastra aguanta tanto
Victoria Garcia
y la estupida le pintan plata y lo hace , que horrible está protagonista , deja que la golpeen , hace todo lo que le dicen que haga por la víbora de la hermana , no no que falta de dignidad , de carácter , de amor propio.
Mirna Vargas olortegui
Cansa mucho que Damian no deje ser feliz y esté siempre fregando a Sebas y Lala.
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
excelente,, una súper historia ,,, más apoyo y likes
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Sara Quiroga
muy buena trama felicitaciones 👏
Yolanda Villamar
porque no poner las imágenes para no tener que estar buscando 😡😡 que te cuesta
Daisy García
Hermosa Novela!!! me gusto mucho 👏👏👏
Nelida Romero
la verdad que cansa tanto odio ya. tendría que haber terminado porque repiten mucho el odio siempre a una misma persona
Monica Torti
yo la dejo de leer xq no tiene sentido si ella tiene su empresa para que hacerle caso a esos vividores me cansé de Iris, Héctor, Damián chauuuuuuuu
Monica Torti
que basura no se puede creer 🤬🤬🤬
Monica Torti
El amor es Lala 💓💓💓
Monica Torti
Que amiga loca 😂😂😂
Monica Torti
Ahora va a querer a Sebastián esa zorra
Monica Torti
Vas a reventar bruja ni en el pecho de muerte dejas de ser una víbora
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