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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:705
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Demasiado fácil

Stefano llamó esa misma noche.

Victoria estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada de apuntes, cuando escuchó a su mamá decir desde el pasillo:

—¡Victoria! ¡Teléfono!

Levantó la cabeza.

—¿Quién es?

—Un muchacho.

Su mamá apareció en la puerta con una expresión que ya contenía demasiadas preguntas.

—¿Qué muchacho?

—Si supiera, te habría dicho el nombre.

Victoria se levantó demasiado rápido.

—No corras —dijo su mamá.

—No estoy corriendo.

—Claro.

Tomó el teléfono intentando parecer indiferente.

—¿Aló?

—Hablas más despacio por teléfono.

Victoria sonrió antes de poder evitarlo.

—Stefano.

—Veo que me recuerdas.

—Han pasado como cuatro horas.

—Podías olvidarme.

—No eres tan importante.

—Eso dolió.

Victoria se sentó en el brazo del sofá.

Su mamá pasó frente a ella.

Despacio.

Demasiado despacio.

Victoria esperó hasta que desapareció por el pasillo.

—¿Para qué llamaste?

—Me dijiste que podía.

—Te di mi número. No es lo mismo.

—Entonces puedo colgar.

—Hazlo.

Silencio.

Ninguno colgó.

Victoria terminó riéndose.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues hablando conmigo.

Aquella llamada duró cuarenta y siete minutos.

Victoria lo supo porque su papá se lo recordó al día siguiente cuando encontró la cuenta del teléfono sobre la mesa y anunció que en esa casa nadie estaba financiando romances internacionales.

—¡Ni siquiera fue una llamada internacional!

—Cuarenta y siete minutos ya cuenta como otro país.

Su mamá intentó no reírse.

Victoria se encerró en el cuarto, avergonzada y feliz.

Stefano volvió a llamar dos días después.

Luego al siguiente.

Después dejó de parecer extraño que su voz apareciera al final del día.

Se veían cuando podían.

A veces cerca de la universidad. Otras en una cafetería pequeña donde el dueño parecía haber decidido que ellos ocupaban siempre la misma mesa. Stefano llegaba primero y pedía el café de Victoria sin preguntarle.

La primera vez ella protestó.

—¿Y si hoy quería otra cosa?

—¿Querías otra cosa?

—No.

—Entonces.

—Ese no es el punto.

—Nunca entiendo cuál es el punto contigo.

—Ese es tu problema.

Stefano sonrió.

A Victoria le gustaba hacerlo sonreír.

Le gustaba más de lo que quería admitir.

Él no se parecía a los muchachos que conocía en la universidad. No hablaba todo el tiempo de sí mismo. No convertía cada conversación en una competencia. Escuchaba. Recordaba cosas pequeñas.

Que ella odiaba las pasas.

Que los jueves salía agotada.

Que tenía una profesora que pronunciaba su apellido mal a propósito, o al menos eso juraba Victoria.

También sabía cuándo no preguntar.

Eso, con el tiempo, fue precisamente lo que más daño hizo.

Pero entonces le parecía una virtud.

Un viernes, Stefano llegó casi una hora tarde.

Victoria llevaba veinte minutos enojada y cuarenta fingiendo que no lo estaba.

Cuando él entró a la cafetería, buscó su cara desde la puerta y supo inmediatamente que estaba en problemas.

—Antes de que digas nada...

—No voy a decir nada.

—Peor.

Stefano se sentó frente a ella.

—Se me complicó el trabajo.

—Está bien.

—Victoria.

—¿Qué?

—No está bien.

—Entonces no preguntes.

Él pasó una mano por el cabello.

—No pude avisarte.

—También está bien.

—Deja de decir eso.

Victoria cerró el libro que tenía abierto.

—¿Qué quieres que diga? Me dijiste a las cuatro. Son casi las cinco. No tengo teléfono pegado al cuerpo para que aparezcas cuando quieras y me avises cinco minutos antes.

Stefano bajó la mirada.

—Tienes razón.

La respuesta la desarmó un poco.

—Ya sé.

—No volverá a pasar.

Volvió a pasar.

No de la misma manera.

Nunca exactamente igual.

Un día era el trabajo.

Otro, un asunto familiar.

Otro, algo que tenía que resolver y que no podía explicar en ese momento.

Stefano siempre regresaba con una razón suficientemente creíble para que Victoria se sintiera exagerada por haber dudado.

Y, entre una ausencia y otra, estaba presente de una forma que hacía difícil reclamarle.

La esperaba afuera de clases con algo de comer.

Le llevaba fotocopias cuando ella no había podido sacarlas.

Una tarde la encontró llorando por una nota que, semanas después, ni siquiera recordaría.

—Me fue horrible.

Stefano miró el examen.

—No está horrible.

—Para mí sí.

—Entonces la próxima sale mejor.

—Qué fácil.

—No dije que fuera fácil.

Victoria se secó la cara con rabia.

—Odio llorar.

—Ya me di cuenta.

—No me mires.

Stefano giró la cabeza hacia la pared.

Victoria lo observó.

—¿Qué haces?

—No te estoy mirando.

Ella soltó una risa entre lágrimas.

—Idiota.

Él volvió a mirarla.

—Mejor.

Fue la primera vez que Victoria pensó que podía enamorarse de él.

No lo dijo.

Ni siquiera se lo dijo a sí misma con todas las letras.

Pero empezó a esperarlo.

A reconocer el sonido de su carro.

A mirar el reloj cuando se acercaba la hora de una llamada.

A guardar historias del día porque quería contárselas a él primero.

Stefano también parecía buscarla cada vez más.

Excepto los domingos.

Los domingos casi nunca llamaba.

Al principio Victoria no lo notó.

Después sí.

—¿Qué haces los domingos? —preguntó una tarde.

Stefano tardó un segundo de más en responder.

—Cosas de la casa.

—¿Vives solo?

Él tomó la taza.

—¿Eso es un interrogatorio?

—Es una pregunta.

—A veces estoy con mi familia.

—¿Tus papás?

—Mi familia, Victoria.

Ella frunció el ceño.

—Qué específico.

—¿Quieres conocer mi árbol genealógico?

—No.

Stefano estiró la mano y le quitó una migaja de la manga.

—Entonces deja de poner esa cara.

—¿Cuál cara?

—La que pone la gente cuando cree que estoy ocultando un cadáver.

Victoria se rio.

La conversación terminó ahí.

Debió insistir.

No lo hizo.

Porque tenía dieciocho años.

Porque le gustaba.

Porque Stefano sabía hacer algo que entonces ella todavía no sabía nombrar: responder sin mentir del todo.

Pasaron las semanas.

Una tarde, al despedirse, él la besó.

No fue cinematográfico.

No llovía.

No había música.

Victoria estaba diciendo que tenía que irse porque su mamá iba a matarla y Stefano respondió:

—Hablas demasiado.

—Y tú...

No terminó.

Él la besó.

Victoria se quedó quieta un segundo.

Después le agarró la camiseta con una mano y lo besó de vuelta.

Cuando se separaron, Stefano apoyó la frente contra la de ella.

—Ahora sí puedes seguir hablando.

Victoria tardó en encontrar la voz.

—Te odio.

—No parece.

Ella lo empujó suavemente.

—Tengo que irme.

—Lo sé.

—Mañana tengo clase temprano.

—Lo sé.

—Y no me llames tarde.

—Está bien.

Stefano la miró alejarse.

Victoria caminó hasta la esquina sin volverse.

Solo cuando estuvo segura de que él ya no podía verla, se tocó los labios.

Esa noche Stefano no llamó.

Tampoco la siguiente.

El tercer día, Victoria empezó a enojarse.

El cuarto, decidió que si él llamaba no iba a contestar.

El quinto día sonó el teléfono.

Victoria llegó antes que su mamá.

—¿Aló?

—Hola.

Ella cerró los ojos.

—¿Dónde estabas?

Hubo una pausa.

—Tuve un problema familiar.

—¿Qué problema?

Otra pausa.

—Uno que tenía que resolver.

Victoria apretó el cable del teléfono entre los dedos.

—Siempre tienes algo que resolver.

—Lo sé.

—No, no sabes.

—Victoria...

—Si quieres estar conmigo, no puedes desaparecer cada vez que te dé la gana.

Del otro lado no hubo respuesta inmediata.

Cuando Stefano habló, su voz había cambiado.

—Tienes razón.

Victoria esperaba una explicación.

No llegó.

En cambio, él dijo:

—Mañana te veo.

—¿Eso es una pregunta?

—No.

Victoria debería haber dicho que no.

—A las cuatro —respondió.

Colgó y se quedó mirando el teléfono.

No sabía qué había ocurrido durante esos cinco días.

Tampoco sabía que el problema familiar de Stefano tenía apenas unos meses de vida.

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