Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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El lago no tiene respuestas
Rubí despertó temprano al día siguiente.
Mucho antes de que Logan apareciera para molestarla.
Mucho antes de que su abuela comenzara a preparar el desayuno.
Incluso antes de que el sol terminara de iluminar los campos.
Había pasado buena parte de la noche pensando en la caja.
En la fotografía.
En la frase escrita en el papel.
Y, sobre todo, en la manera en que Wyatt había evitado responderle.
Había algo allí.
Estaba segura.
El problema era que no conseguía unir las piezas.
Rubí se vistió rápidamente, tomó la fotografía que había guardado la noche anterior y salió de la casa.
No pensaba decirle a nadie dónde iba.
Esta vez quería pensar sola.
El camino hasta la vieja cerca estaba cubierto de rocío. Sus zapatillas se humedecieron mientras avanzaba entre la hierba, pero no le importó.
Llegó a la cerca y se agachó junto a la tabla donde habían encontrado la caja.
La observó detenidamente.
Nada.
Revisó debajo.
Nada.
Movió algunas piedras.
Nada.
—Vamos…
Volvió a sacar la fotografía.
La acercó a la cerca.
En la imagen aparecían ella y Logan frente a la madera, mientras Wyatt estaba detrás.
Rubí observó el fondo.
El granero.
La cerca.
Un árbol enorme.
Y algo más.
—¿Qué es eso?
Amplió la fotografía en el teléfono.
Había una pequeña marca tallada en una de las tablas.
Parecía una estrella.
Rubí levantó la cabeza.
Buscó la misma marca en la cerca.
Nada.
—No puede ser.
Se movió unos pasos.
Volvió a mirar.
Nada.
Quizás la fotografía había sido tomada desde otro ángulo.
O quizás la marca ya no existía.
Rubí suspiró.
—Primera pista inútil.
Guardó la fotografía.
Entonces recordó algo.
El lago.
La tarde anterior, Wyatt había dicho que quería pasar por allí.
¿Y si no había sido casualidad?
Rubí comenzó a caminar.
El lago estaba rodeando el centro del pueblo pero el camino era irregular. Aun así, siguió avanzando.
Cuando llegó, el sol ya estaba alto y había caminado unos 15 minutos
El agua reflejaba el cielo y una brisa suave movía las ramas de los árboles.
Rubí caminó hasta el viejo muelle.
Se sentó en el borde.
Sacó nuevamente la fotografía.
—A ver…
La observó.
Después miró alrededor.
Nada.
—¿Qué relación tienes con la caja?
Silencio.
Rubí miró el agua.
—¿Y qué se supone que significa “donde comenzó todo”?
Silencio.
—Perfecto.
Dejó caer los brazos.
—Ni siquiera tú tienes respuestas.
Se quedó allí unos minutos.
Entonces recordó la promesa.
Cada verano.
Quizás eso era todo.
Quizás no había ningún misterio.
Quizás la nota había sido escrita simplemente como un recuerdo de la infancia.
Y ella estaba convirtiendo todo en algo mucho más complicado.
Rubí se levantó.
—Estoy perdiendo la cabeza.
Caminó por la orilla.
Vio unas piedras planas y comenzó a patearlas suavemente.
—Poemas.
Piedra.
—Dulces.
Otra piedra.
—Flores.
Otra.
—Una caja.
Otra.
—Una fotografía.
Otra.
—Y una nota que no explica absolutamente nada.
Rubí cruzó los brazos.
—Excelente.
Miró hacia el cielo.
—¿Quién hace esto y después no deja una sola pista útil?
Se quedó pensando.
—Wyatt.
El nombre salió de su boca casi sin querer.
Rubí hizo una mueca.
—Claro. Tenía que ser él.
Recordó cómo la había mirado.
Cómo había respondido a medias.
Cómo parecía saber algo.
—“Algunas cosas cambian cuando las dices en voz alta”…
Imitó su voz.
—Qué profundo.
Rodó los ojos.
—¿Por qué no puedes hablar como una persona normal?
Retrocedió unos pasos sin mirar dónde pisaba.
Su zapatilla chocó con una piedra.
—Ah.
Intentó recuperar el equilibrio.
No pudo.
—¡No, no, no…!
Su pie resbaló.
Rubí cayó hacia atrás y terminó sentada en la orilla.
El problema fue que la parte húmeda del terreno cedió bajo su peso.
—¡Ah!
Se deslizó.
Y cayó directamente al agua.
El chapuzón rompió la tranquilidad del lago.
Rubí salió a la superficie de inmediato, completamente empapada.
Se quedó quieta.
Un mechón de cabello pegado a su rostro.
La camiseta mojada.
Los pantalones empapados.
—Perfecto.
Escupió un poco de agua.
—Perfecto, Rubí.
Se apartó el cabello de la cara.
—¿Qué más puede salir mal?
—¿Quieres que haga una lista?
Rubí se quedó congelada.
Giró lentamente la cabeza.
Wyatt estaba de pie sobre el muelle.
La observaba.
Con los brazos cruzados.
Y una sonrisa apenas contenida.
Rubí lo miró con una mezcla de vergüenza y enojo.
—No te atrevas a reírte.
Wyatt apretó los labios.
—No me estoy riendo.
—Te estás riendo por dentro.
—Un poco.
—¡Wyatt!
Él finalmente soltó una carcajada.
Rubí le lanzó un poco de agua.
—¡Idiota!
—¡Está bien, está bien!
Wyatt bajó del muelle y se acercó a la orilla.
—¿Estás lastimada?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces sal.
Rubí intentó levantarse.
El fondo estaba resbaladizo.
Volvió a perder el equilibrio.
—¡Espera!
Wyatt se metió al agua y la sujetó del brazo.
—Te tengo.
Rubí se quedó quieta.
Otra vez aquella cercanía.
Solo que esta vez ambos estaban empapados.
Wyatt la ayudó a salir.
Rubí se sentó sobre una piedra, molesta consigo misma.
—No digas nada.
Wyatt se quedó frente a ella.
—No iba a decir nada.
—Estabas pensando algo.
—Estaba pensando que tienes una habilidad increíble para meterte en problemas.
Rubí lo miró mal.
—Me caí.
—Sí.
—Accidentalmente.
—Claro.
—No fue gracioso.
—No.
Wyatt hizo una pausa.
—Aunque un poco sí.
Rubí tomó una piedra.
—Wyatt.
—Ya me callo.
Ella dejó la piedra.
Durante unos segundos solo se escuchó el agua.
Wyatt se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.
Rubí lo miró.
—No necesito esto.
—Estás temblando.
—Tengo frío.
—Exactamente.
Ella se envolvió con la chaqueta.
Olía ligeramente a madera, cuero y a él.
Rubí intentó no pensar demasiado en eso.
—¿Qué haces aquí?
—Te vi salir temprano.
Rubí levantó la mirada.
—¿Me estabas siguiendo?
—No.
—Entonces, ¿cómo supiste que estaba aquí?
—Porque ayer vinimos juntos.
—Eso no significa que supieras que volvería.
Wyatt guardó silencio.
Rubí entrecerró los ojos.
—Sabías que vendría.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
—Porque cuando quieres descubrir algo, no sabes rendirte.
Rubí suspiró.
—Llevo horas intentando unir las pistas.
—¿Y?
—Nada.
Wyatt se sentó a su lado.
—¿Qué pistas?
Rubí dudó.
Después sacó la fotografía.
—Esta.
Se la mostró.
—La caja.
Wyatt miró la fotografía.
—¿Qué pasa con ella?
—Hay una marca detrás de nosotros.
—Sí.
Rubí lo miró rápidamente.
—¿La conoces?
Wyatt tardó un segundo.
—Sí.
—¿Qué es?
Él señaló la pequeña estrella tallada.
—La hicimos nosotros.
Rubí abrió los ojos.
—¿Nosotros?
—Tú, Logan y yo.
—¿Para qué?
Wyatt sonrió.
—Era nuestro símbolo.
—¿Nuestro símbolo?
—Sí.
—No lo recuerdo.
—Eras pequeña.
Rubí miró nuevamente la fotografía.
—¿Y dónde está ahora?
Wyatt señaló el bosque que rodeaba el lago.
—Aquí.
Rubí levantó la cabeza.
—¿Aquí?
—Sí.
Ella se puso de pie inmediatamente.
—¿Dónde?
Wyatt soltó una pequeña risa.
—Espera.
—¡Dijiste que estaba aquí!
—No dije que fuera fácil encontrarlo.
Rubí puso los ojos en blanco.
—Claro.
Comenzaron a caminar por la orilla.
Después de unos minutos, Wyatt se detuvo frente a un árbol enorme.
En el tronco había una pequeña estrella tallada.
Rubí se acercó.
La tocó.
—No puede ser…
Debajo de la estrella había tres iniciales.
R. L. W.
Rubí sintió un pequeño nudo en la garganta.
Rubí.
Logan.
Wyatt.
—Lo hicimos nosotros —susurró.
—Sí.
—¿Y por qué no lo recuerdo?
Wyatt se quedó mirándola.
—Porque después de ese verano dejaste de venir.
Rubí bajó la mirada.
—Yo no quería.
—Lo sé.
El viento movió las ramas sobre sus cabezas.
Rubí tocó nuevamente las iniciales.
—¿Qué más había?
Wyatt sonrió.
—Una promesa.
Ella lo miró.
—¿Qué promesa?
—Eso sí tendrás que recordarlo tú.
Rubí frunció el ceño.
—¡Wyatt!
Él comenzó a caminar.
—Vamos. Te vas a resfriar.
Rubí lo siguió, todavía molesta.
—¡No puedes decirme algo así y después irte!
—Puedo.
—¡Eres insoportable!
Wyatt sonrió.
—Eso ya me lo dijiste.
Rubí caminó detrás de él, apretando la chaqueta contra su cuerpo.
No había descubierto quién estaba detrás de las notas.
Tampoco había conseguido unir todas las pistas.
Pero ahora tenía algo nuevo.
Una estrella.
Tres iniciales.
Y una promesa que, aparentemente, ella misma había olvidado.
Y mientras regresaban al rancho, Rubí comenzó a sospechar que quizás la respuesta que buscaba no estaba en los poemas.
Quizás estaba escondida en aquellos veranos que creía recordar.