La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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CAPÍTULO 9: EL REGRESO Y LA VERDAD OCULTA
Habían pasado tres días. La clínica del doctor Ramírez había ganado gran fama en todo el pueblo, y hoy era el día esperado: regresaban los soldados de la guerra. Todas las familias y personas del lugar se dirigían a la entrada para recibirlos.
Me desperté muy temprano, como siempre, y preparé el desayuno con esmero. Luego llamé a los chicos con tono claro:
—¡Oigan, levántense de una vez! Los cuatro vendrán conmigo a la clínica, y luego iremos a recibir a su padre.
—¡Nuestro padre por fin llegará! —exclamó Lucía con los ojos brillantes de emoción.
—Álex, carga la carreta con el jabalí que cazaste ayer —le indiqué—, aprovecharemos para vender su carne. Esteban, tú lleva los cajones con los jabones. Lucas y Lucía: ustedes vayan, adelantantense con el doctor Ramírez para que ayuden a organizar los turnos de los pacientes.
—Así lo haremos, madre —respondieron al unísono.
Mientras tanto, en casa de mi suegra por din despertó, retorciéndose de ira:
—¡Esa desgraciada de Isabella es un demonio… una mujer perversa!
—Madre, el quinto hermano regresa hoy —le dijo el mayor de sus hijos con tono taimado—. Debemos lograr que él la repudie. Me enteré que ahora gana mucho dinero trabajando en la clínica del doctor Ramírez.
—Aún no podemos pedir que la rechace —respondió ella, apretando los dientes—. Primero debemos sacarle todo lo que podamos. Ella tiene que darnos lo que le pidamos… detesto a esa mujer. ¡Me envenenó! Esa perra es extremadamente cruel.
Lejos de allí, en el palacio imperial, reinaba una gran confusión y angustia. Hacía trece años que el príncipe regente —hermano del emperador— había desaparecido, llevándose con él a los hijos del difunto príncipe heredero, que a su vez era hermano del actual soberano.
—Ese maldito de Víctor Drakon… —decían con furia—. Lo que más nos enfurece es que podría estar muy cerca. Siempre usó una máscara con la excusa de que su rostro estaba desfigurado, pero jamás imaginamos que lo hacía para ocultar su identidad y desaparecer con los niños sin que nadie pudiera reconocerlo.
—Su Majestad, el trono le pertenece por derecho —lo consolaba la emperatriz—. Además, la emperatriz viuda sigue muy enferma, así que no hay peligro. Lo más probable es que Víctor Drakon haya muerto: tenía muchísimos enemigos y nunca deseó el poder para sí mismo.
—Mi amada emperatriz… —susurró el emperador con voz suave—. Tú eres la única que logra tranquilizarme.
En ese momento entró el consejero principal, corriendo y con la cara desencajada:
—¡Majestad! ¡Es terrible lo que acaba de ocurrir!
—¿Qué ha pasado? —preguntó él, poniéndose de pie de un salto.
—El Templo Fénix ha vuelto a dar un oráculo… treinta años después del último.
—¿Qué ha pronunciado el templo? —inquirió el emperador con seriedad.
—Majestad, dice así: "La mujer del Fénix ha llegado para cambiar el reino y unir al mundo. El Fénix se convirtió en cenizas, pero resurgió mucho más poderoso que nunca". —El emperador apretó los puños con rabia—. ¿Acaso esa niña que mandé asesinar hace treinta años sobrevivió? ¡Maldición!
Al mismo tiempo, el general protector avanzaba con todo el batallón hacia el pueblo de Garen.
Cuando llegué a la clínica, el lugar ya estaba lleno de pacientes que esperaban con anhelo:
—¡Gran doctora, por favor cúrame!
—Usted es la Diosa de la Medicina…
—¡Sí, la gran sanadora que salva vidas!
Entré, acomodé mis jabones en un lugar visible para su venta, mientras una inmensa multitud se reunía en la entrada del pueblo. La mayoría eran mujeres, desesperadas por volver a ver a sus esposos, todas llevando regalos y sonrisas para recibirlos. Yo las observé con indiferencia: Qué ingenuas… tantos años separadas de sus maridos y aún así los quieren con tanta devoción. Yo jamás me he enamorado, y nunca haría algo así por nadie. No creo en el amor de los hombres, pues nunca recibí cariño de ninguno… aunque, debo admitir, que extrañamente les tengo afecto a estos muchachos. No son malos, solo estaban rebeldes por falta de guía.
De pronto apareció el batallón, encabezado por el general supremo. Justo detrás de él, montado en un caballo negro, venía un hombre de belleza extraordinaria: cabello largo y oscuro, ojos azules profundos, y un porte tan majestuoso que parecía un rey. Mis hijos dieron un grito de alegría y corrieron hacia él:
—¡Papá! ¡Eres tú! —gritó Lucía, llegando primero—. ¡Papá, soy Lucía!
—Lucía… qué grande estás —le dijo él con tono tierno, acariciándole la cabeza—. Ya eres toda una mujer.
—¡Y yo soy Lucas! —dijo el muchacho, acercándose también.
—Cuánto han crecido todos… —susurró él, mirando a Esteban y a Álex—. Ustedes deben ser Esteban y Álex. Perdónenme por no haber podido volver antes… me perdí los años más importantes de sus vidas. Y… ¿dónde está Isabella?
—Papá, mamá es la doctora de la clínica —le explicó Lucas—. Ahora está atendiendo a los enfermos.
—¿Isabella sabe medicina? —se sorprendió él—. Parece que ha cambiado mucho en estos cinco años…
—Papá, mamá ya no es ingenua —le aclaró Esteban con orgullo—. Es muy hábil e inteligente. Ella me enseñó que una mujer debe ser independiente y no depender de nadie.
El general supremo ordenó de inmediato:
—Llamen a esa médica excepcional que curó a mis soldados. Deseo conocer a esa gran mujer.
Salí de la clínica caminando con paso firme, porte elegante y una presencia imponente. Eva, que estaba entre los soldados, se quedó rígida del asombro: No puede ser… se suponía que Isabella era una mujer simple y torpe. ¿Cómo es posible que tenga tanta dignidad y fuerza? Con solo estar ahí impone respeto…
En su mente sonó la voz del sistema: Anfitriona, recuerde: su verdadero objetivo no es Oliver, sino el príncipe heredero Eren. Para convertirse en la emperatriz madre, debe usar a Oliver como escalón. Usted es la mujer del Fénix…
Me incliné con elegancia, mostrando una disciplina y respeto digna de la mejor oficial:
—Mi respeto y saludos al gran general supremo.
Él me observó detenidamente, y se le llenaron los ojos de lágrimas:
—Tiene usted un porte idéntico al de mi difunta esposa… ella también caminaba y se presentaba así. Entonces, ¿Usted es la esposa de Oliver? Decían por ahí que era una mujer sin ingenio y sin clase… pero es todo lo contrario: es virtuosa, elegante, tiene mucha dignidad. Esa postura y ese porte solo los he visto en la emperatriz viuda.
—Le agradezco mucho sus palabras, general protector —respondí con serenidad.
Eva se acercó sigilosamente a mí y me susurró al oído con malicia:
—Vaya, Isabella… qué sorpresa me das. Siempre te vi arrastrándote por Oliver, corriendo tras él sin soltarlo jamás.
La miré de reojo con frialdad y le respondí bajito:
—Si hablamos de arrastradas, ese título te lo ganas tú sola. Te vestiste de hombre, te metiste en el ejército y te arriesgaste todo por él… qué poca dignidad tienes. Eres la reina de las migajas que recogen lo que sobra. Pero no te preocupes: si lo quieres tanto, te lo puedo ceder.
Eva apretó los puños con furia, mordiéndose los labios con rabia contenida. Yo me acerqué hasta donde estaba Oliver y le dije con tono tranquilo:
—Me alegro de que hayas regresado sano y salvo.
—¿Solo me dirás eso? —preguntó él, sorprendido por mi distancia.
—¿Qué más tendría que decirte?
—Todas las esposas de los soldados nos reciben con abrazos, lágrimas y regalos… pero tú eres tan fría, tan distante.
—Ellas son mujeres que creen que no pueden vivir sin un hombre —le respondí con firmeza—. Yo puedo vivir perfectamente sin ti.
—Vaya, Isabella… —dijo él, mirándome con desconfianza—. Fingiste muy bien todo este tiempo. Ahora te pregunto: ¿por qué te acercaste a mi familia y qué es lo que buscas en realidad? Si descubro que tienes malas intenciones, te haré desaparecer.
—Inténtalo —le dije sin titubear, mirándolo directamente a los ojos—, y te aseguro que iremos juntos al infierno. No tengo malas intenciones… pero por tu reacción, parece que Oliver Ruiz no es más que una fachada, y tú ocultas tu verdadera identidad. Tal y como sospeché: ese porte tuyo no es de un plebeyo común.
—Isabella, la curiosidad es muy peligrosa —me advirtió él con voz baja—. Cuanto más dócil seas y menos te entrometas en mis asuntos, menos peligro correrás.
—¿Dócil? Lo siento mucho… pero yo no le obedezco a nadie, y mucho menos a un hombre —le respondí con una media sonrisa—. Recuerda bien: las mujeres hermosas somos las más peligrosas de todas.