En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 3: El Susurro de las Brujas
Al caer la tarde del día siguiente, una niebla espesa y cenicienta comenzó a descender sobre el bosque sagrado que rodeaba las ruinas del antiguo templo, situadas a pocos kilómetros del perímetro defensivo del castillo. Jasmín, embozada en una capa de lana oscura que ocultaba sus finas ropas de reina, avanzaba con paso firme entre los troncos retorcidos de los robles seculares.
Había escapado de la vigilancia habitual aprovechando el cambio de guardia en los jardines. En el corazón de las ruinas, junto a un altar de piedra cubierto de musgo y runas olvidadas, la esperaba Morrigan.
Morrigan era la última gran bruja de la orden que había adiestrado a Jasmín en su juventud. Vestida con túnicas pesadas de piel y lino, removía con una vara de fresno las brasas humeantes de un brasero de bronce. El aroma a salvia quemada, mirra y óxido impregnaba el aire.
—Has tardado en venir, pequeña reina —habló Morrigan sin volverse. Su voz era raspada, similar al crujido de hojas secas—. Aunque el viento me trajo el hedor de tu desesperación mucho antes de que cruzaras el límite del bosque.
Jasmín se despojó de la capucha, dejando al descubierto su rostro pálido y sus ojos encendidos por la determinación.
—Necesito la fórmula, Morrigan —exigió Jasmín, dando un paso al frente—. Sé que conservas los tomos prohibidos del Cáliz de Ceniza y Carmín.
La anciana bruja se detuvo. Giró lentamente la cabeza y clavó sus ojos nublados por la ceguera mística en la joven reina.
—Haces mal en buscar este camino, Jasmín —advirtió Morrigan con severidad maternal—. La magia de atadura de voluntad no es una simple poción de enamoramiento de las que se venden a los campesinos en las ferias. Es magia de sangre. Es destructiva. Un corazón forzado por la brujería no ama con dulzura; se deforma, se obsesiona hasta la locura y termina consumiendo y destruyendo a quien lo rodea. ¿Es eso lo que quieres para el monarca de Aethelgard?
—¡Su corazón ya está muerto! —estalló Jasmín, y las lágrimas de frustración que había retenido durante semanas finalmente rodaron por sus mejillas—. Dante es un bloque de hielo. Un hombre de piedra que me ignora, que rehúsa tocarme, que me trata como a un adorno inútil en su trono. Cumplimos un mes de casados y soy una reina virgen en un castillo lleno de buitres que esperan mi fracaso. Preferiría mil veces un amor oscuro, violento y manipulado antes que esta agonía diaria de sentirme invisible para el único hombre que me importa.
Morrigan observó el fuego caótico que ardía en la mirada de la joven. Sabía que cuando una mujer de su linaje tomaba una decisión impulsada por la pasión y el orgullo, no había fuerza humana ni divina que pudiera hacerla retroceder.
Con un suspiro pesado, la anciana se acercó a un cofre de madera reforzado con bandas de hierro. Introdujo una llave pequeña y extrajo un fragmento de pergamino amarillento, gastado por los siglos.
—Esta es la receta del Cáliz de Ceniza y Carmín —dijo Morrigan sosteniendo el pergamino pero sin entregárselo aún—. Exige la flor de sombra que solo florece en la penumbra del invernadero real bajo la luna nueva, raíz de mandrágora silvestre y tres gotas de tu propia sangre, vertidas en el momento exacto en que la poción hierva. Si le das de beber esto a Dante, no habrá marcha atrás. Su mente y su cuerpo quedarán encadenados a ti por el resto de sus días. Y recuerda bien esto, Jasmín: solo tú poseerás la fórmula para revertirlo, pero revertir la magia de sangre deja cicatrices imborrables en el alma.
Jasmín arrancó el pergamino de las manos de la anciana con dedos temblorosos. Ni siquiera escuchó la última advertencia. En su mente solo resonaba un pensamiento eufórico: muy pronto, el orgullo del rey Dante estaría destrozado, y él estaría de rodillas a sus pies.