Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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El refugio y la tormenta
Elena sigue corriendo hasta que sus piernas dejaron de responderle, no sabía hacia dónde iba, solo sabía que debía alejarse, poner kilómetros entre ellas y aquellos hombres, entre la pequeña Milagros y la furia de Lourdes.
La niña pesaba tan poco en sus brazos, sin embargo era el peso más grande que jamás había llevado, cada paso era una promesa silenciosa a Camila (La cuidaré, no dejaré que le hagan daño, amiga tu hija vivirá)
Se detuvo frente a una pequeña capilla de barrio, de paredes desgastadas y puerta de madera siempre abierta, ingresa a ella sin dudarlo, buscando el rincón más oscuro y apartado, y se dejó caer en un banco de madera fría, allí bajo la luz tenue de unas velas, apartó la chaqueta y mira a Milagros por primera vez con calma.
La bebé tiene los ojos cerrados, los labios entreabiertos, un mechón de cabello negro igual al de su mamá. al verla el corazón de Elena se apretó con una mezcla de dolor y ternura tan fuerte que le duele respirar.
—Eres tan hermosa —susurra, acariciando su suave mejilla.—Tu mamá te amó con toda su alma, antes incluso de poder abrazarte, yo te protegeré con la mía.
Mientras tanto, en la casa de la que habían huido, el caos era absoluto, los hombres corrían de un lado a otro, con las manos temblorosas y sudando frío, la supuesta trabajadora social estaba pálida, con las piernas casi sin fuerza.
La mujer llama a Lourdes, sus nanos no dejaban de temblar, y cuando la voz fría y cortante de la mujer se escuchó al otro lado de la línea, supo que su vida valía menos que nada.
—¿Dónde está? —preguntó Lourdes, sin saludar, sin levantar la voz, con una calma que aterrorizaba más que cualquier grito.
— ¿Dónde está la niña?
—Se la llevaron —Tartamudea la mujer— Una chica salió de la nada, la tomó del auto y se fue corriendo, no pudimos detenerla, fue tan rápido.
—¿No pudieron? —La voz de Lourdes se volvió helada— Les pagué para que no dejaran cabos sueltos, y dejaron que una simple muchacha les arruinara todo, encuentra a esa entrometida y deseo ver el cadáver de las dos.
Y si no pueden hacerlo bien, no vuelvan a presentarse ante mí, no me importa dónde estén, no me importa el precio, quiero que esa niña desaparezca, para siempre.
La llamada se cortó, los hombres intercambiaron miradas de pánico y salieron de inmediato, divididos en grupos, recorriendo cada calle, cada callejón, cada rincón cercano, Lourdes, por su parte, caminaba de un lado a otro de su amplio salón, apretando los puños con tanta fuerza que los nudos se le pusieron blancos, — No puede ser. — Pensaba, con el pecho lleno de una rabia venenosa. — Esa niña no existe, no debe existir, ¡Luciano es mío, y nada ni nadie me lo va a quitar!
*** No sabía que, en su obsesión, estaba creando el obstáculo más grande, la determinación de alguien que no tenía nada que perder, y todo por lo que luchar.
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Lejos de allí, en una oficina de la ciudad, Luciano no podía quedarse quieto, algo no andaba bien, un presentimiento, como un puño frío en el estómago, no lo dejaba en paz.
Pensaba en Milagros, en su pequeña hija, en la fragilidad de su vida recién comenzada, algo le decía que el peligro era real, que la sombra de Lourdes se cernía sobre su casa, sobre su niña.
Tan solo hubiese sido más cuidadoso aquel día, hubiese evitado tantas desgracias, ahora sus padres lo obligan a cumplir con esa malvada mujer, pero encontrará algo para sacarla de su casa, no desea que siga profanando el hogar construido con Camila.
Agarra su abrigo y sale apresuradamente, sin saber aún que su hija ya no estaba en su departamento, que la persona menos esperada la había salvado antes de que fuera demasiado tarde.
*****
En la capilla, Elena miraba a Milagros y sabía que no podía quedarse allí mucho tiempo Debía moverse, buscar un lugar seguro, alguien en quien confiar, pensó en Emiliano, en su bondad, en el amor que había sentido por Camila, él sabría qué hacer, solo él las protegería, pero para llegar hasta Emiliano, debía cruzar la ciudad, con una niña en brazos y el peligro pisándole los talones.
—Vamos, pequeña — Susurra envolviéndola con cuidado. —Tenemos que irnos, no nos rendiremos, tu mamá nos está mirando, y sé que ella nos guiará.
Sale de la capilla con paso firme, ocultando a la niña entre sus ropas, caminando con la cabeza alta pero con los sentidos alerta, cada persona que pasaba, cada auto que se acercaba, era una amenaza. Pero también era una oportunidad. Porque el amor que llevaba en sus brazos era más fuerte que cualquier miedo, más fuerte que cualquier plan malvado.
Y así, entre sombras y esperanza, comenzó el verdadero viaje de Milagros, una huida por la supervivencia, una búsqueda de justicia, y el comienzo de un camino que uniría de nuevo a corazones que el destino había separado.
Luciano estaba buscándolas, Emiliano pronto sabría la verdad y Lourdes, sin saberlo, estaba a punto de descubrir que no se puede matar lo que el amor mantiene vivo.