Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 11
El sol de mediodía se filtraba a través de las cortinas de lino de la mansión De la Torre, proyectando un patrón de luces y sombras sobre la habitación. Helena llevaba horas despierta, caminando de un lado a otro sobre la alfombra Persa. El peso de la jaula en la que se había metido comenzaba a sofocarla. La llamada de su hermana esa mañana, llorando por la frialdad repentina de Mateo y preguntándole si ella sabía algo, había sido la gota que derramó el vaso.
La culpa, un sentimiento que creía extinto por su sed de venganza, regresaba a morderle los talones. Pero lo que realmente la aterraba no era el desastre de su hermana, sino la forma en que su propio cuerpo y mente reaccionaban ante Leonardo. Ya no era una actuación. Estaba perdiendo el control.
Escuchó los pasos firmes y pausados approaching por el pasillo. La puerta del despacho se abrió y Leonardo entró. Llevaba una camisa gris oscuro con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando los antebrazos marcados, y ese aire de poder aplastante que siempre lo precedía.
—Tenemos que hablar, Leonardo —dijo Helena de inmediato, cruzándose de brazos para disimular el temblor involuntario de sus manos.
Leonardo se detuvo, cerró la puerta a sus espaldas con una parsimonia exasperante y la miró. Sus ojos grises, oscuros como un cielo de tormenta, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el pantalón corto de seda y el top blanco que ella llevaba.
—Te escucho, dulce Helena —dijo él, avanzando hacia el mueble de bar para servirse agua.
—Esto se acabó —soltó ella con firmeza fingida—. Mateo ya no quiere casarse, mi hermana está sufriendo y las cosas entre tú y yo... se están volviendo demasiado complicadas. Se nos fue de las manos. Quiero cancelar el acuerdo. Hoy mismo.
Un silencio denso y pesado cayó sobre la habitación. El sonido de los hielos chocando contra el cristal del vaso de Leonardo resonó como un disparo. Él no se giró de inmediato; se tomó su tiempo, dio un sorbo y luego se volvió despacio para enfrentarla.
No había sorpresa en su rostro. Solo una calma fría, calculadora y profundamente peligrosa.
—¿Cancelar el acuerdo? —preguntó con voz baja, una caricia de terciopelo y veneno.
—Sí —insistió Helena, dando un paso adelante para sostenerle la mirada—. Logramos lo que queríamos. Mateo mordió el anzuelo. No hay razón para seguir fingiendo frente a la sociedad ni para que me mantengas aislada como lo hiciste ayer. Te agradezco la ayuda, Leo, pero hasta aquí llegamos. Volvamos a ser amigos.
Leonardo dejó el vaso sobre la mesa con un golpe sordo. Caminó hacia ella con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Helena quiso mantener la posición, pero la energía magnética y dominante que él emanaba la obligó a dar un paso atrás hasta que el borde del escritorio choco contra sus caderas.
—¿Volver a ser amigos? —repitió él, acorralándola al apoyar ambas manos en el escritorio, una a cada lado de su cintura. La cercanía de su cuerpo encendió una hoguera instantánea en la piel de Helena—. ¿Después de cómo me besaste en el jardín? ¿Después de la forma en que gemiste mi nombre contra mi boca?
El rostro de Helena ardió, pero no apartó la vista.
—Eso fue un error. Nos dejamos llevar por la adrenalina del juego.
—No hay errores aquí, Helena —murmuró él, inclinándose hasta que sus labios quedaron a un milímetro de los de ella. Su aliento cálido, con sabor a menta y peligro, la mareó—. Y ciertamente no hay marcha atrás. ¿Acaso olvidaste el contrato que firmaste?
—¡Ese contrato era una tontería para ponernos reglas! —exclamó ella, intentando poner las manos sobre el pecho de él para empujarlo, pero la firmeza de sus músculos bajo la tela gris solo le recordó la fuerza aplastante de la que él era capaz.
—Para ti era una tontería. Para mí era un compromiso —dijo Leonardo. Su mano subió con rapidez, atrapando la barbilla de Helena con una presión firme pero precisa, obligándola a mirarlo a los ojos—. Cláusula tres, Helena: el trato termina únicamente cuando yo decida que ha cumplido su propósito. Y te aseguro que aún no hemos terminado. El acuerdo sigue en pie hasta después de la boda.
—¡Es absurdo! —protestó ella, con la respiración volviéndose entrecortada por la rabia y por la traicionera corriente eléctrica que el contacto de sus dedos le enviaba a la espina dorsal—. ¡No puedes obligarme a seguir con esto!
—Puedo, y lo haré —sentenció él con una frialdad que le heló la sangre—. Porque si intentas romper el trato hoy, si intentas volver corriendo a los brazos de Mateo o deshacer el escándalo, me encargaré personalmente de filtrar las fotos de nosotros este fin de semana a todos los medios del país. Arruinaré la reputación de tu familia y la de tu ex en cuestión de horas.
Helena abrió la boca, conmocionada. La máscara del amigo de la infancia se había desmoronado por completo, dejando al descubierto la sombra de una obsesión pura, calculadora y aterradora.
—Eres un monstruo... —susurró ella, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas de impotencia.
—Soy el hombre que prometió protegerte de ti misma —corrigió él.
Deslizó el pulgar por el labio inferior de Helena, acariciándolo con una lentitud tortuosa. La mirada de Leonardo se volvió oscura, hambrienta, casi febril.
—Crees que estás dividida entre tu lealtad a tu familia y tu deseo por Mateo, pero la verdad es otra, Helena. Le tienes miedo a esto —murmuró, bajando la mano para presionar la palma contra el centro del pecho de ella, justo donde su corazón latía de forma desbocada—. Le tienes miedo a lo mucho que te gusta que te domine. Le tienes miedo a darte cuenta de que ese chico idiota jamás podrá hacerte sentir la mitad de lo que sientes cuando te toco.
—No te tengo miedo a ti —mintió ella, aunque su propio cuerpo la traicionó cuando un estremecimiento involuntario la hizo arquear la espalda hacia el toque de él.
Leonardo sonrió. Una sonrisa oscura, victoriosa, que le erizó los vellos de los brazos.
—Deberías tenerme miedo —susurró él contra sus labios—. Porque llevo años esperando a que caigas en mis manos, dulce Helena. Y ahora que estás aquí, ni Dios ni el diablo van a convencerte de que te deje ir.
Antes de que ella pudiera asimilar la magnitud de la confesión, Leonardo inclinó la cabeza y reclamó su boca en un beso abrasador, posesivo y cargado de una exigencia implacable. No le pidió permiso; tomó lo que consideraba suyo. Helena intentó resistirse un segundo, apretando los puños contra sus hombros, pero el sabor a peligro y la abrumadora atracción física que los consumía terminaron por romper su fuerza de voluntad.
Abrió los labios, devolviéndole el beso con una desesperación febril, enredando las manos en su cabello oscuro. Leonardo la pegó a su cuerpo, levantándola ligeramente sobre el escritorio mientras sus lenguas se entrelazaban en una danza salvaje que no dejaba espacio para la culpa ni para la razón.
Cuando él finalmente se separó, dejándola jadeante y con los labios encendidos, se limpió la boca con el dorso de la mano sin perder esa mirada de propiedad absoluta.
—Prepárate —dijo él, acomodándose las mangas de la camisa como si nada hubiera pasado—. La fiesta de compromiso es este viernes. Y vas a ir del brazo de tu novio.