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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

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Capítulo 4

Ahora te haces responsable

La verdadera dueña del consultorio cruzó el umbral con la bata a medio abrochar y una carpeta bajo el brazo, y en dos segundos entendió toda la escena.

—A ver. —Le arrancó a Max el expediente de las manos como quien le quita un juguete a un niño—. Fuera de mi silla. Ahora.

Max se levantó sin prisa, sin una sola palabra de disculpa, y a Camila le pareció increíble que aquel hombre que la había tenido acorralada contra la camilla se apartara tan dócil ante la mujer de la bata. Doña Leticia le clavó una mirada larga, de arriba abajo, y algo en su gesto se endureció.

—Ya hablaremos tú y yo —le dijo a su hijo, en un tono que no admitía réplica—. Espérame afuera.

Él salió. En la puerta se detuvo apenas un instante, lo justo para volver la cabeza y mirar a Camila una última vez, como quien memoriza algo que piensa recuperar. Después el consultorio quedó en silencio.

—Perdone usted el numerito, señorita. —Doña Leticia se sentó, se puso los lentes y por fin la miró como a una paciente y no como a un problema—. Ese es mi hijo. A veces se le olvida que este es un hospital y no su oficina. A ver, cuénteme. ¿Qué la trae?

Camila no supo por dónde empezar. Que el hombre que acababa de salir por esa puerta era el mismo que la había dejado sin poder sentarse bien; que la médica frente a ella era su madre; que el universo, por lo visto, tenía un sentido del humor cruel. Nada de eso podía decirlo. Así que bajó la vista a sus manos y murmuró lo esencial: molestia, una relación, la primera, el miedo de que algo anduviera mal.

Doña Leticia la revisó con manos expertas y modales secos que, a pesar de todo, tranquilizaban. Fue anotando, chasqueando la lengua, y de pronto, sin levantar la mirada de la receta, soltó lo que pensaba.

—Nada grave. Una irritación, nada más. Pero óigame bien: el animal que le hizo esto no tuvo ni tantita consideración. —Rasgó la hoja del recetario con un tirón seco—. Así son. Se llevan lo que quieren y ni se fijan si duele. Con razón las muchachas terminan aquí, asustadas y solas. Ojalá al desgraciado se le caiga la cara de vergüenza algún día.

Camila se quedó de una pieza. La mujer despotricaba con toda el alma contra su propio hijo sin tener la menor idea. Tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada histérica, o para no llorar; a esas alturas ya no sabía distinguir una cosa de la otra.

—Le dejo esta pomada y un antiinflamatorio. —Doña Leticia le tendió la receta—. Y nada de intimidad hasta que se le baje por completo la inflamación, ¿eh? Nada. Que se aguante el que sea.

—Sí, doctora. Gracias.

—Y usted cuídese más, mija. —Por primera vez la voz de la mujer se ablandó, y esa ternura repentina fue casi peor que el regaño—. No todos los hombres valen la pena. Mire, si supiera, ando buscándole novia a mi hijo. Una doctora, muchacha decente, de buena familia, cirujana... A ver si sienta cabeza.

A Camila se le heló la sangre en las venas. Agarró la receta, balbuceó otro "gracias" que le salió estrangulado y prácticamente huyó del consultorio. En la farmacia del hospital pagó la pomada con las monedas contadas, guardó el sobre en el bolso como si quemara y caminó hacia la salida con la única idea de subirse a lo primero que la sacara de ahí.

Afuera había empezado a caer una llovizna fina. En la acera, junto a la banqueta, había un coche negro con el motor encendido, uno de esos que parecían de agencia recién estrenados. A Camila, con la cabeza hecha un remolino, le pareció un taxi ejecutivo. Se acercó, abrió la puerta trasera y se dejó caer en el asiento.

—Al Metro Taxqueña, por favor —dijo, sin mirar al frente.

—Adelante te sientas mejor.

Reconoció la voz antes de reconocer nada más. Se le fue el color. En el asiento del conductor, con una mano en el volante y la otra apoyada con toda tranquilidad en el respaldo, estaba él.

—Usted... —Camila manoteó buscando la manija—. Perdón, me equivoqué, este no es...

—Ya te vi entrar. —Max no giró la cabeza, pero había algo en la comisura de su boca, apenas—. Súbete adelante o quédate atrás. Como quieras. Pero llueve, y tú vives lejos.

No había amenaza en su tono. Era peor: era la certeza tranquila de un hombre que ya sabía que ella no tenía cómo negarse. Camila pensó en bajarse y esperar el pesero bajo la lluvia. Pensó en las monedas que le quedaban. Apretó los dientes, rodeó el coche y se sentó adelante, pegada a la puerta, con el bolso apretado contra el pecho como un escudo.

Max arrancó.

—Desde cuándo lo sabía. —No era una pregunta la que a ella le temblaba en la garganta, sino un reproche—. Que era yo.

—Desde que entraste al consultorio. —Manejaba sin apuro, los ojos en la avenida mojada—. La cara no se me había olvidado.

Camila cerró los ojos. Todo el elaborado plan de fingir que nada había pasado, de no volver a verlo jamás, se le venía abajo con esa sola frase.

—Mire, fue un error —dijo, atropellada, las palabras saliéndole de golpe—. Yo estaba tomada, me equivoqué de habitación, me metí a la que no era. No lo hice a propósito, se lo juro, no soy de esas que... No lo estaba buscando a usted ni a nadie. Le prometo que no le voy a causar ningún problema. Para mí no pasó nada. No tiene que responder por nada, ni preocuparse, ni volver a verme.

Él la dejó terminar. Después, en un semáforo, la miró de lleno por primera vez.

—¿Terminaste?

Ella asintió, sin aire.

—Yo también me equivoqué de habitación —dijo Max, despacio—. Esa noche también fue mi primera vez.

El semáforo cambió a verde. Camila no lo notó. Se quedó mirándolo con la boca entreabierta, buscando en esa cara imperturbable el gesto que delatara la broma. No lo encontró. Aquel hombre, con ese porte, con ese coche, con esa manera de mirar a las mujeres como si midieran menos que él, le estaba diciendo que había llegado virgen a esa cama. Que ella había sido la primera.

—Eso no... —Se le enredó la lengua—. Eso no es posible.

—Pregúntale a mi madre si quieres. —La comisura otra vez—. Aunque no te lo recomiendo.

Camila se puso roja hasta las orejas. Volvió la cara hacia la ventanilla, hacia la lluvia que rayaba el cristal, intentando recomponerse. Un pensamiento incómodo se le coló entre la vergüenza, uno que no quería formular pero que la responsabilidad la obligaba a formular.

—¿Y usted... está sano? —soltó al fin, muy bajito—. Digo, para saber si tengo que... hacerme algún estudio.

Esta vez él sí sonrió, apenas, pero sonrió.

—Acabas de oír a mi madre. La primera fuiste tú. —Hizo una pausa deliberada—. La pregunta es al revés. ¿Ya tomaste algo?

—La pastilla. Al día siguiente. —Camila se abrazó a sí misma—. No hay riesgo de nada.

—Bien. —Max cambió de carril con un movimiento seco—. Entonces resumamos. Tú entraste a mi cuarto. Tú fuiste la primera con la que estuve. Yo salí perdiendo más que tú en este trato. —Dejó caer las palabras como quien cierra una negociación—. Y sin embargo eres tú la que se quiere ir sin responder por nada.

—¿Responder? —Camila lo miró, incrédula—. ¿Yo, responder por usted?

—Alguien tiene que hacerse responsable. —Se detuvo frente a una estación del Metro, sin que ella se lo pidiera, como si supiera exactamente adónde iba—. Y no voy a ser yo el que salga a comprar una pastilla a las siete de la mañana.

Ella no supo qué contestar. Antes de que encontrara las palabras, Max metió la mano al bolsillo interior del saco y sacó una tarjeta. La dejó sobre la pierna de Camila, sin tocarla.

Era negra, con letras doradas grabadas en relieve. Camila la levantó con dos dedos. No había cargo, ni empresa, ni logotipo. Solo un nombre —Maximiliano— y un número de teléfono. El cartón pesaba distinto, más grueso, más frío de lo normal, y ella no supo por qué eso la puso más nerviosa que todo lo demás.

—Maximiliano —leyó en voz alta, y frunció el ceño. El nombre le sonaba de algún lado, de un titular, de una conversación oída a medias, sin que lograra ubicarlo—. ¿Alcázar? ¿De los...?

—De ninguno que te importe. —Se estiró para abrirle la puerta desde su lado, y por un segundo estuvo tan cerca que ella olvidó respirar—. Guárdala. Piénsalo. Me llamas.

Camila salió del coche con la receta en una mano y la tarjeta negra en la otra. La lluvia le mojó la cara enseguida. El coche negro se perdió entre el tráfico sin que ella alcanzara a decir que no pensaba llamar nunca.

Se quedó parada en la banqueta, con el agua escurriéndole por el cuello, mirando aquellas letras doradas que no le decían nada y que, sin que ella lo supiera todavía, lo decían todo.

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