una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 8: Dos desconocidos bajo las estrellas
La brisa nocturna movía suavemente las hojas de los árboles.
Sara observaba a los dos desconocidos que habían aparecido casi al mismo tiempo. Había algo extraño en ellos. No podía explicarlo, pero ambos transmitían una presencia que inspiraba respeto.
El joven de cabello oscuro permanecía serio, con los brazos cruzados.
La mujer de largos cabellos dorados sonreía con una elegancia natural.
—¿Se conocen? —preguntó Sara.
Ares y Afrodita intercambiaron una rápida mirada.
—Sí... —respondieron al mismo tiempo.
Los tres rieron con cierta incomodidad.
Afrodita dio un paso al frente.
—Mi nombre es... Afro.
Ares la miró de reojo.
—¿Afro?
—Es un apodo —respondió ella rápidamente.
Sara sonrió.
—Es un nombre bonito.
Ares suspiró por dentro. "Podría haber elegido un nombre menos obvio...", pensó.
—¿Y tú? —preguntó Sara.
Ares tardó unos segundos en responder
—Ar...
Se dio cuenta de que casi decía su verdadero nombre.
—...Ario.
Afrodita tuvo que contener la risa.
Sara no notó nada extraño.
—Mucho gusto, Ario.
El dios de la guerra asintió con cierta rigidez.
—Igualmente.
Los tres comenzaron a caminar por la ciudad.
Las calles estaban casi vacías.
Muchas familias dormían temprano para ahorrar velas y comida.
Sara rompió el silencio.
—No los había visto por aquí.
Afrodita respondió con naturalidad.
—Venimos de muy lejos.
—¿Buscan trabajo?
Ares respondió antes de pensar.
—No lo necesitamos.
Afrodita le dio un discreto codazo.
—Mi amigo quiere decir que... todavía estamos buscando qué hacer.
Sara sonrió.
—Si quieren, mañana puedo preguntar si necesitan ayuda en el mercado.
Ares la observó sorprendido.
—¿Nos ayudarías sin conocernos?
—Claro.
—¿Y si fuéramos malas personas?
Sara soltó una pequeña risa.
—Prefiero dar una oportunidad antes que desconfiar de todos.
Aquella respuesta dejó a Ares sin palabras.
Mientras caminaban, llegaron a un pequeño puente de piedra.
Desde allí podía verse el río iluminado por la luna.
Afrodita apoyó los brazos sobre la baranda.
—Es hermoso.
Sara asintió.
—Cuando era niña venía aquí con mi papá.
Por primera vez en la noche, su sonrisa se volvió melancólica.
—Él decía que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay algo hermoso que vale la pena proteger.
Ares permaneció en silencio.
Aquellas palabras despertaron un recuerdo lejano.
Miles de años atrás, muchos guerreros luchaban precisamente para proteger a quienes amaban.
Con el paso del tiempo, él solo había visto guerras por ambición.
Quizá por eso había olvidado que existían otras razones para luchar.
De repente, el cielo comenzó a cubrirse de nubes negras.
Un fuerte viento recorrió la ciudad.
Ares levantó la vista.
Reconocía aquella energía.
Era un rayo enviado por Zeus.
No iba dirigido a la ciudad...
Iba dirigido a él y a Afrodita.
Una voz retumbó únicamente en sus mentes.
—Regresen al Olimpo. Ahora.
Afrodita tragó saliva.
—Nos encontró...
Sara notó que ambos habían cambiado de expresión.
—¿Ocurre algo?
Afrodita improvisó una sonrisa.
—Nos... acaban de avisar que debemos marcharnos.
—Qué lástima. Me agradó conocerlos.
Ares la observó durante unos segundos.
Era la primera vez que alguien le decía algo así sin conocer su verdadera identidad.
—A mí también... me agradó conocerte.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
Afrodita lo miró con sorpresa.
Jamás había escuchado a Ares hablar con tanta sinceridad.
Sara sonrió.
—Espero volver a verlos.
Afrodita respondió con una sonrisa cálida.
—Estoy segura de que nos volveremos a encontrar.
Los dos comenzaron a alejarse.
Sara los despidió con la mano, sin imaginar que acababa de conversar con dos dioses del Olimpo.
Un instante después, Ares y Afrodita aparecieron en el gran salón del trono.
Un relámpago iluminó toda la habitación.
Zeus los esperaba con el rostro completamente serio.
Todos los dioses estaban presentes.
Nadie decía una palabra.
Zeus descendió lentamente los escalones de su trono.
—Así que no solo desobedecieron mis órdenes...
Su mirada pasó de Ares a Afrodita.
—También hablaron con la mortal.
Ares dio un paso al frente.
—La responsabilidad es mía.
Afrodita lo miró sorprendida.
—No. Yo también...
—Fui yo quien inició la conversación —interrumpió Ares.
Zeus lo observó fijamente.
—¿Estás dispuesto a recibir el castigo por ambos?
—Sí.
El salón quedó completamente en silencio.
Afrodita sintió un nudo en el pecho.
Nunca había visto al dios de la guerra asumir una culpa que podía compartir.
Zeus levantó su cetro.
Un rayo descendió del techo y envolvió a Ares.
El dios cayó de rodillas, soportando el dolor sin emitir un solo grito.
Afrodita dio un paso adelante.
—¡Basta!
—¡No interfieras! —ordenó Zeus.
El castigo terminó unos segundos después.
Ares respiraba con dificultad, pero logró ponerse de pie.
Zeus habló con voz firme.
—Esta será la única advertencia.
Si alguno de ustedes vuelve a interferir con la prueba de la humanidad...
Su mirada recorrió todo el salón.
—Será desterrado del Olimpo.
Ningún dios respondió.
Sin embargo, mientras Ares recuperaba el aliento, no podía dejar de pensar en Sara.
Y Afrodita comprendió algo que nunca imaginó.
Aquella simple mortal ya no era solo una curiosidad para ellos.
Poco a poco, sin darse cuenta, ambos estaban comenzando a encariñarse con ella.
Y eso era exactamente lo que Zeus más temía.
Fin del Capítulo 8.