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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 8: El castillo de piedra negra.

A la mañana siguiente —o al momento del ciclo en que el fuego del abismo ardía con más fuerza, pues aquí no existían los días ni las noches como yo los conocía—, Lucien regresó a mis aposentos con una sonrisa que prometía cosas nuevas. Se acercó a mí, me tomó de la mano con esa suavidad que solo reservaba para mí y dijo con su voz profunda y resonante:

—Hoy te mostraré todo lo que es mío… y por lo tanto, todo lo que es tuyo también. Conocerás cada rincón de este lugar, para que sepas que aquí no hay puertas cerradas para ti, ni secretos que te oculte. Este es tu hogar ahora, Isabela, y debes conocerlo tal como lo conozco yo.

Salimos de la habitación juntos, caminando por los pasillos altos y silenciosos, donde el eco de nuestros pasos se perdía en las sombras de los techos inmensos. El castillo era una maravilla aterradora y hermosa, construido enteramente con bloques de una piedra negra tan oscura que parecía absorber la propia oscuridad, pulida hasta brillar como vidrio o metal fundido. Las paredes estaban adornadas con grabados antiguos: figuras de demonios, criaturas aladas, símbolos que representaban el poder, el fuego y la eterna noche que reinaba en estas profundidades.

—Fue construido hace más de dos mil años —me contó Lucien, mientras caminábamos, apretando mi mano entre las suyas—. Lo levantaron mis antepasados, los primeros en gobernar el Abismo. Piedra sobre piedra, tallada con magia y fuerza, para que nada pudiera derrumbarlo ni atravesarlo. Es el lugar más antiguo y fuerte de todo el reino. Aquí hemos resistido guerras, invasiones y el paso de siglos enteros sin que una sola grieta aparezca en sus muros.

Recorrimos pasillos interminables, donde las llamas oscuras flotaban en el aire, iluminando nuestro camino con ese resplandor rojizo y profundo que ya empezaba a resultarme familiar. Vimos salones inmensos con techos tan altos que se perdían en la penumbra, mesas largas capaces de dar cabida a cientos de seres, tronos de piedra y metal oscuro incrustados con piedras preciosas que brillaban con luz propia. Todo respiraba antigüedad, poder y una grandeza que me hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo orgullosa de poder caminar allí al lado de su dueño.

Pasamos por zonas donde trabajaban otros seres: criaturas de distintas formas y tamaños, algunos con rasgos parecidos a los de Lucien, otros más pequeños o con formas extrañas, todos dedicados a sus tareas, pero que al vernos pasar se detenían inmediatamente, inclinaban la cabeza y bajaban la mirada con respeto absoluto. Nadie hablaba, nadie se movía sin permiso. Y yo notaba cómo, aunque me miraban de reojo con curiosidad, nadie se atrevía a acercarse, ni a mirarme demasiado tiempo. La orden de Lucien era ley: Ella es mía. Y todos la cumplían al pie de la letra.

Llegamos a una zona de jardines interiores, algo que jamás hubiera imaginado encontrar aquí. No había flores ni plantas verdes como en mi antiguo mundo, sino vegetación extraña, de tallos gruesos y hojas de tonos oscuros, púrpuras, azules profundos y negros, que crecían alrededor de fuentes de piedra de donde brotaba agua oscura y brillante. El aire allí era más fresco, cargado de aromas intensos y terrosos.

—Aquí crecen las plantas que usamos para curar, para tejer, para todo lo que necesitamos —explicó él, mientras yo pasaba la mano suavemente por una hoja grande y oscura que brillaba levemente al tacto—. Nacen de la tierra del Abismo, se alimentan de su energía. Nada de lo que hay aquí es igual a lo que tenías allá arriba. Todo ha sido creado para sobrevivir, para ser fuerte, para durar. Como nosotros.

Seguimos nuestro recorrido y llegamos a las salas de armas: paredes cubiertas de espadas, hachas, armaduras y objetos de combate que parecían demasiado grandes y pesados para cualquier ser humano, pero que aquí eran herramientas de uso cotidiano. Lucien me mostró algunas, me explicó sus nombres y para qué servían, y al ver mi expresión de asombro, sonrió con ese orgullo antiguo que llevaba en la sangre.

—He luchado con muchas de estas —dijo, pasando la mano por el filo de una espada ancha y negra—. He defendido este castillo y estas tierras de quienes han querido quitárnoslo. Muchos han venido pensando que podían vencerme, que podían tomar lo que es nuestro. Pero ninguno ha logrado traspasar estas puertas ni ganar una batalla contra mí.

Me miró entonces, y su expresión se volvió más suave, más intensa.

—Y ahora… ahora lucharía con más fuerza que nunca. Porque este castillo no es solo piedra y poder. Ahora aquí vives tú. Y antes de dejar que alguien te toque o te quite de aquí, destruiría todo el Abismo si fuera necesario.

Seguimos caminando, subiendo escaleras de caracol talladas en la misma roca, hasta llegar a los niveles más altos, donde estaban las habitaciones privadas, las bibliotecas llenas de libros antiguos de cubiertas duras y símbolos grabados, y las salas de estudio donde Lucien pasaba gran parte de su tiempo antes de que yo llegara.

—Pasaba horas aquí, solo —me confesó, mientras mirábamos estanterías llenas de conocimientos antiguos, historias de siglos pasados, leyes y magias del Abismo—. Leía, estudiaba, gobernaba… pero siempre estaba solo. Todo este espacio inmenso, todo este lujo, todo este poder… y no tenía con quién compartirlo. Nunca pensé que algún día traería a alguien aquí, que caminaría a mi lado mostrándole todo lo que he construido. Nunca pensé que querría hacerlo.

Se giró hacia mí, me tomó ambas manos entre las suyas y me atrajo hacia su cuerpo, rodeándome con sus brazos fuertes.

—Pero ahora estás aquí, Isabela. Y este castillo de piedra negra, que durante milenios fue solo un lugar de poder y soledad, se ha convertido en algo distinto. Ahora es nuestro hogar. Cada pared, cada pasillo, cada piedra que lo forma… ahora tiene sentido porque tú estás dentro de él.

Miré a mi alrededor de nuevo, viendo la inmensidad, la fuerza, la belleza oscura de aquel lugar que al principio me había parecido una prisión aterradora. Ahora, escuchando sus palabras, sintiendo su calor y su protección, lo veía de otra forma. Era una fortaleza, sí. Era un lugar antiguo y duro, sí. Pero también era el refugio más seguro que existía, el lugar donde yo estaba más protegida que en ningún otro sitio, el lugar donde mi vida había cambiado para siempre.

—Es hermoso —dije con sinceridad, levantando la vista hacia él—. Es distinto a todo lo que conocía, es oscuro y fuerte… pero es hermoso. Y me gusta saber que es mi hogar.

Lucien sonrió, esa sonrisa que iluminaba todo su rostro y que me hacía sentir como si yo fuera la dueña de todo ese reino. Me besó la frente, despacio, con ternura.

—Entonces te enseñaré cada día algo nuevo —prometió—. Conocerás cada rincón, cada secreto, cada historia que estas paredes guardan. Porque tú ya no eres una invitada aquí, Isabela Voss. Eres la dueña de este castillo de piedra negra, igual que eres la dueña de mi vida.

Nos quedamos allí un momento más, abrazados en medio de aquella inmensidad de roca oscura y fuego eterno, sabiendo que, entre esas paredes, bajo la protección de aquel ser poderoso y obsesivo, mi nueva vida estaba tomando forma, fuerte, profunda y eterna, igual que el propio castillo.

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