NovelToon NovelToon
La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: Terminada
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: El Heredero de la Luna y la Sangre

El invierno llegó a Silver Creek con una ferocidad inesperada.

Las primeras nevadas cubrieron los jardines de la mansión Vance con un manto blanco y silencioso, transformando el paisaje en algo sacado de un cuento de hadas. Los árboles se volvieron esculturas de hielo, los estanques se congelaron, y el aire olía a leña quemada y a promesas de tiempos mejores. La manada se refugió en el interior, y la mansión, que antes me había parecido fría y vacía, se llenó de vida. De risas. De calor.

Freya se había quedado.

Lo que iba a ser una visita de una semana se había convertido en una estancia indefinida. Su manada, los Colmillo de Hierro, había aceptado la alianza tras escuchar su informe, y ahora éramos tres manadas unidas bajo un mismo propósito. Los guerreros de Freya patrullaban el perímetro junto a los nuestros, sus lobos grises mezclándose con los negros de la Sangre de Acero y los plateados de la Luna Plateada. Era extraño. Era hermoso. Era exactamente lo que había soñado.

Pero no todo era paz.

Dorian seguía ahí fuera. Sus espías habían sido vistos cerca de las fronteras, y los rumores de sus aliados crecían con cada día que pasaba. La Manada Sombra Nocturna, aunque debilitada sin su Primero, no había sido destruida por completo. Había facciones. Líderes emergentes. Lobos que aún creían en la promesa de la Noche Eterna.

Y luego estaba el bebé.

Mi hijo. Mi heredero. El que crecía dentro de mí con un poder que apenas comenzaba a comprender.

Los dolores habían aumentado en las últimas semanas. No eran constantes, pero cuando llegaban, eran intensos, como si algo dentro de mí estuviera luchando por salir. Seraphina —antes de su traición— había dicho que el bebé estaba despertando. Que su poder era inmenso. Que estaba preparándose para lo que venía.

Pero Seraphina había mentido sobre tantas cosas que ya no sabía qué creer.

Una noche, mientras dormía, tuve un sueño.

Estaba de pie en un lugar que no reconocía. Un prado inmenso, cubierto de flores silvestres, bajo un cielo de un azul imposible. El aire olía a primavera, a esperanza, a algo que no podía nombrar.

En el centro del prado, había un niño.

Era pequeño, apenas un bebé, pero sus ojos eran antiguos. Sabios. Brillaban con una luz que no era del todo humana. Tenía el cabello oscuro de Alexander y mis ojos verdes, y cuando me vio, sonrió.

—Mamá —dijo, con una voz que resonó en mi mente.

—Hola —susurré, arrodillándome frente a él—. ¿Cómo te llamas?

—Todavía no lo sé —dijo el niño—. Pero pronto lo sabré. Cuando nazca.

—¿Estás bien? —Pregunté, con el corazón encogido—. ¿Estás... completo?

—Estoy creciendo —dijo—. Aprendiendo. Preparándome.

—¿Preparándote para qué? —Pregunté.

—Para lo que viene —dijo el niño, y su sonrisa se volvió triste—. Para la guerra. Para la paz. Para todo.

—No quiero que luches —dije, con lágrimas ardiendo en mis ojos—. Eres solo un bebé.

—Soy más que un bebé, mamá —dijo—. Soy el hijo de dos Alfas. Soy el heredero de la Luna y la Sangre. Soy... —Hizo una pausa—. Soy el futuro.

Me desperté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado y el vientre palpitando con una energía que no reconocía.

Alexander se despertó a mi lado.

—¿Qué pasa? —Preguntó, incorporándose—. ¿Estás bien?

—El bebé —jadeé, llevándome una mano al vientre—. Lo he visto. En sueños. Me ha hablado.

—¿Qué? —Alexander palideció—. ¿Qué te ha dicho?

—Que está creciendo —dije—. Que se está preparando. Que es... —Tragué saliva—. Que es el futuro.

Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.

—Entonces estamos haciendo algo bien —dijo.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —Pregunté, incrédula—. Nuestro hijo acaba de hablarme en sueños. Eso no es normal.

—Nada de lo que ha pasado desde que te conocí es normal —dijo Alexander—. Pero hemos sobrevivido. Hemos ganado. Hemos construido algo hermoso. Y si nuestro hijo es parte de eso... —Hizo una pausa—. Entonces confío en él.

—¿Y si es peligroso? —Pregunté—. ¿Y si su poder es demasiado?

—Entonces lo enfrentaremos juntos —dijo Alexander, tomando mi mano—. Como hemos enfrentado todo lo demás.

Esa mañana, Freya me encontró en el jardín de invierno, sentada junto a la ventana, contemplando la nieve.

—Estás pálida —dijo, sentándose a mi lado—. ¿Te encuentras bien?

—No lo sé —admití—. El bebé... está cambiando. Creciendo. Y no sé qué significa eso.

—¿Has hablado con Kael? —Preguntó Freya—. Él sabe más de estas cosas que nadie.

—No —admití—. No quería preocuparlo.

—Kael se preocupa por ti —dijo Freya—. Como todos nosotros.

—Lo sé —dije—. Pero hay cosas que tengo que resolver sola.

Freya me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, tomó mi mano.

—No estás sola —dijo—. Nunca más.

—Gracias —susurré.

Esa tarde, busqué a Kael.

Lo encontré en la biblioteca, rodeado de libros antiguos y mapas polvorientos. Al verme entrar, levantó la vista, y su expresión se volvió seria.

—Necesitas hablar —dijo, sin preámbulos.

—¿Cómo lo sabes? —Pregunté.

—Porque te conozco —dijo Kael—. Y porque llevas días con esa expresión. La expresión de alguien que está cargando algo pesado.

Me senté frente a él y le conté todo. El sueño. Las palabras del bebé. La energía que sentía crecer dentro de mí.

Kael me escuchó en silencio. Cuando terminé, cerró el libro que tenía en las manos y me miró largamente.

—Tu hijo es especial —dijo finalmente—. Más especial de lo que imaginábamos.

—¿Qué significa eso? —Pregunté.

—Significa que tiene el poder de ambos linajes —dijo Kael—. La fuerza de la Sangre de Acero. La sabiduría de la Luna Plateada. Y algo más. Algo que no viene de ninguna de las dos manadas.

—¿Qué? —Pregunté, con el estómago encogido.

—No lo sé —admitió Kael—. Pero hay una profecía antigua. Una que habla de un niño. Un niño nacido de dos Alfas. Un niño que unirá a todas las manadas. Un niño que traerá la paz... o la destrucción.

—¿Y cómo sé cuál de las dos cosas será? —Pregunté.

—No lo sabrás —dijo Kael—. Hasta que llegue el momento.

Esa noche, mientras cenaba con Alexander, Freya y Kael, algo cambió en el aire.

Un olor. Familiar. Peligroso.

Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado.

—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander, levantándose también.

—Alguien ha cruzado el perímetro —dije—. Alguien que no debería estar aquí.

—¿Quién? —Preguntó Kael, con la mano en la empuñadura de su espada.

—No lo sé —admití—. Pero está cerca.

Salimos al patio, donde los guardias ya estaban en alerta. La nieve caía suavemente, cubriendo el suelo con un manto blanco que brillaba bajo la luz de la luna. Y allí, en el centro del patio, de pie, inmóvil, había una figura.

Una mujer. Alta. Delgada. Con el cabello oscuro y los ojos grises.

Los ojos de Alexander.

—Madre —susurró Alexander, con una voz quebrada.

La mujer sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, llena de años de dolor y arrepentimiento.

—Hola, hijo —dijo—. He vuelto.

El silencio que siguió fue más profundo que cualquier palabra.

Alexander se quedó paralizado, con los ojos fijos en la mujer que acababa de aparecer de entre las sombras. Su madre. La mujer que había desterrado cuando era apenas un adolescente. La mujer que había creído muerta durante años. La mujer que ahora estaba de pie en el patio de su mansión, cubierta de nieve, con los ojos grises brillando bajo la luz de la luna.

—Madre —repitió Alexander, con una voz que apenas reconocí. Era la voz de un niño. De un niño asustado y arrepentido.

La mujer dio un paso hacia él. Luego otro. Y luego, antes de que nadie pudiera reaccionar, se detuvo a unos metros de distancia, como si temiera acercarse más.

—Hijo —dijo, con una voz suave y ronca—. No esperaba que me recibieras con los brazos abiertos. Pero tampoco esperaba... esto.

Alexander parpadeó. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa amarga.

—¿Esto? —Repitió—. ¿Te refieres a la mansión? ¿A la manada? ¿A la mujer que está a mi lado?

—A todo —dijo su madre, con una sonrisa triste—. He oído cosas, Alexander. Rumores. Historias. Dicen que has cambiado. Dicen que ya no eres el hombre que yo dejé atrás.

—¿Y qué crees tú? —Preguntó Alexander, con una voz que temblaba ligeramente.

—Creo que quiero verlo con mis propios ojos —dijo su madre—. Si me lo permites.

Alexander la miró largamente. Luego, se giró hacia mí, como si buscara mi aprobación. Mi apoyo. Mi permiso.

Asentí lentamente. No sabía quién era esta mujer. No sabía qué quería. Pero sabía lo que significaba para Alexander. Y no iba a interponerme entre ellos.

—Pasa —dijo Alexander, con una voz que intentaba ser firme pero que temblaba en los bordes—. Pero primero, dime tu nombre. Porque el que conocí ya no existe.

La mujer sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.

—Me llamo Ingrid —dijo—. Ingrid Vance. Y fui la Luna de la Manada Sangre de Acero. Hasta que tu padre me desterró por traición.

—¿Traición? —Repetí, incapaz de contenerme—. ¿Qué tipo de traición?

Ingrid me miró, y sus ojos grises se posaron en mí con una intensidad que me recordó a Alexander.

—La traición de amar a mi hijo más que a mi esposo —dijo—. La traición de proteger a los inocentes. La traición de negarme a ser cómplice de un monstruo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de significado. Alexander se giró hacia mí, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. Esperanza. Miedo. Amor.

—Elena —dijo—. Esta es mi madre. Ingrid.

—Lo sé —respondí, dando un paso hacia ella—. Bienvenida a nuestra casa, Ingrid. Soy Elena. La esposa de tu hijo. La Alfa de la Luna Plateada.

Ingrid me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, se inclinó ligeramente.

—He oído hablar de ti —dijo—. La mujer que cerró el Sello. La mujer que unió a las manadas. La mujer que salvó a mi hijo.

—No lo salvé yo sola —dije, con sinceridad—. Él me salvó a mí también.

—Eso es lo que hace el amor —dijo Ingrid, con una sonrisa—. Salvar. Sanar. Transformar.

Esa noche, nos reunimos todos en el gran salón.

Ingrid se sentó junto al fuego, con una manta sobre los hombros y una taza de té entre las manos. Estaba pálida, delgada, con marcas de una vida difícil en el rostro. Pero sus ojos brillaban con una fuerza que no había visto en nadie más. Excepto en Alexander.

—¿Dónde has estado? —Preguntó Alexander, sentado frente a ella—. Todos estos años. ¿Por qué no volviste antes?

—He estado en las sombras —dijo Ingrid—. Moviéndome de un lugar a otro. Escondiéndome. Sobreviviendo. —Hizo una pausa—. Cuando tu padre me desterró, no tenía nada. Nadie. Solo la ropa que llevaba puesta y la certeza de que mi hijo me odiaba.

—No te odiaba —dijo Alexander, con una voz quebrada—. Te temía. Te... —Tragó saliva—. Te desterré porque me ordenaron hacerlo. Porque era un cobarde. Porque tenía miedo de lo que mi padre me haría si no obedecía.

—Lo sé —dijo Ingrid, con una sonrisa triste—. Nunca te culpé, Alexander. Eras un niño. Un niño asustado en una situación imposible. —Hizo una pausa—. Pero ahora eres un hombre. Un hombre que ha construido algo hermoso. Un hombre que ha encontrado el amor. Un hombre que ha roto el ciclo de violencia que tu padre inició.

—¿Cómo lo sabes? —Preguntó Alexander—. ¿Cómo sabes todo eso?

—Porque he estado observando —admitió Ingrid—. Desde lejos. Siempre desde lejos. Cuando supe que te habías casado con la heredera de la Luna Plateada, supe que algo había cambiado. Cuando supe que habías derrotado al Primero, supe que eras diferente. Y cuando supe que ibas a ser padre... —Sonrió—. Supe que tenía que volver.

—¿Por qué ahora? —Pregunté, incapaz de contenerme—. ¿Por qué no antes?

Ingrid me miró largamente.

—Porque antes no era el momento —dijo—. Antes, mi presencia habría puesto en peligro a Alexander. Habría puesto en peligro a la manada. Pero ahora... —Hizo una pausa—. Ahora hay algo más importante que mi seguridad.

—¿Qué? —Pregunté.

—Tu hijo —dijo Ingrid, mirándome directamente a los ojos—. El hijo de Alexander. El heredero de la Luna y la Sangre.

—¿Qué sabes de él? —Pregunté, con el corazón acelerándose.

—Sé que es especial —dijo Ingrid—. Más especial de lo que imagináis. Y sé que hay quienes quieren usarlo. Quienes quieren controlarlo. Quienes quieren destruirlo.

—¿Quiénes? —Preguntó Alexander, con una voz peligrosamente calmada.

—Dorian —dijo Ingrid—. Y los aliados que ha reunido. La Sombra Nocturna. Y algo más. —Hizo una pausa—. Algo peor.

—¿Qué puede ser peor que la Sombra Nocturna? —Preguntó Kael, que había estado escuchando en silencio desde una esquina.

—Los humanos —dijo Ingrid—. Los humanos han descubierto la existencia de los lobos. Y hay facciones dentro de sus gobiernos que quieren exterminarnos. Usar a tu hijo para encontrar nuestros puntos débiles. Para destruirnos desde dentro.

El silencio que siguió fue absoluto.

—¿Cómo lo sabes? —Pregunté finalmente.

—Porque he estado infiltrada en sus organizaciones —dijo Ingrid—. Durante años, he trabajado como espía. Como informante. Como... —Hizo una pausa—. Como traidora para la causa correcta.

—¿Y qué has descubierto? —Preguntó Alexander.

—Que hay un grupo dentro del gobierno humano llamado la Orden del Sol —dijo Ingrid—. Una organización secreta que ha existido durante siglos. Su objetivo es eliminar a todos los lobos. A todas las manadas. A todos los que consideran "impuros".

—¿Y qué tienen que ver con mi hijo? —Pregunté, con el estómago encogido.

—Creen que tu hijo es la clave —dijo Ingrid—. Creen que su sangre puede crear un arma. Un arma que destruya a todos los lobos de una vez por todas.

—¿Y cómo piensan hacer eso? —Preguntó Kael, con una voz sombría.

—Secuestrándolo —dijo Ingrid—. Usándolo. Y luego... —Hizo una pausa—. Matándolo.

Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome desbocado y la rabia ardiendo en mi pecho.

—No —dije, con una voz que helaba la sangre—. No van a tocar a mi hijo.

—Elena —dijo Alexander, levantándose también—. Cálmate.

—No me digas que me calme —respondí, con los ojos brillando de furia—. Acaban de amenazar a mi hijo. A nuestro hijo. Y tú me dices que me calme.

—No estoy diciendo que no importe —dijo Alexander, tomando mis manos—. Estoy diciendo que no podemos actuar sin pensar. Si la Orden del Sol existe, si de verdad quieren hacerle daño a nuestro hijo, necesitamos un plan. Una estrategia. No podemos irrumpir en un gobierno humano y empezar a matar gente.

—¿Y qué propones? —Pregunté, con la voz temblando.

—Protegerlo —dijo Alexander—. Con todo lo que tenemos. Con todo lo que somos. Y luego... —Hizo una pausa—. Luego destruirlos. Pero con inteligencia. Con paciencia. Con precisión.

Ingrid se levantó y se acercó a nosotros.

—Tiene razón —dijo—. La Orden del Sol es peligrosa. Pero también es humana. Tienen familias. Tienen hijos. Tienen miedo. Si les mostramos que no somos monstruos, si les mostramos que podemos vivir en paz, quizás... —Hizo una pausa—. Quizás podamos evitar la guerra.

—¿Y si no quieren paz? —Pregunté.

—Entonces les daremos guerra —dijo Ingrid, con una sonrisa feroz—. Pero una guerra que podamos ganar.

Esa noche, mientras todos dormían, me senté en el balcón de mi habitación y contemplé la nieve.

La luna brillaba en el cielo, plateada y hermosa, como si nada hubiera pasado. Como si el mundo no estuviera al borde de otra guerra. Como si mi hijo no estuviera en peligro.

Pero lo estaba. Lo estábamos todos.

Alexander se acercó por detrás y me rodeó con sus brazos.

—No estás sola —dijo, sin más.

—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero a veces... a veces siento que el mundo entero quiere arrebatarme lo que más amo.

—Nadie va a arrebatarte nada —dijo Alexander, con una firmeza que me ancló a la realidad—. Mientras yo respire.

—¿Y si no es suficiente? —Pregunté.

—Entonces lucharemos —dijo—. Hasta el final.

Nos quedamos allí, en silencio, contemplando la nieve. No hacían falta más palabras.

Pero mientras estábamos allí, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.

Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.

1
Alexis Ortiz
exelente
mimi
que buen final 😭
damiana
😭😭😭😭
Derlys Capurro
me encantó 🥰
Lisa Michi
ame este final 😭
Yandy Cat
excelente trabajo 😭
Dome
excelente historia
Sury Lupita
está muy linda 🥰
Carolina Gutiérrez
ame este final 😭😭😭
Carola Ortiz Macías
😭😭😭😭
Mamc
Ame el final 👁️👄👁️
Mamc
😭😭😭
Amelia Macias cruz
.
Lupe
😭😭😭😭 Me encanta su hijitooo
Martha
Exelente me encanta ☺️
laura123
esta hermosa la historia 😊
dana lopez
😭😭😭😭
Dani
me encanta como esta avanzando la novela 😊😊😊
Esther Capurro
/Smile//Smile//Smile/
Lisa Michi
me encanta 😊
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play