En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 8 EL VIENTO Y EL SECRETO
El motor rugía con una potencia grave y contenida mientras el Mercedes descapotable avanzaba por las carreteras que rodeaban el circuito. La canción You Better de Treat sonaba a todo volumen, el ritmo fuerte mezclándose con el silbido del viento que golpeaba mi rostro con fuerza, trayendo consigo el aire fresco y limpio de las montañas austriacas. Me puse de pie sobre el asiento trasero, sujetándome firme con una mano en el respaldo delantero, y dejé que el aire me despeinara el pelo, que me acariciara la piel y me hiciera sentir viva, libre, lejos de reglas y colores rivales.
Gael conducía con una sola mano, relajado, y de vez en cuando me miraba por el espejo retrovisor con esa media sonrisa. No decía nada, pero sus ojos hablaban más que cualquier palabra: brillaban con esa intensidad oscura que me recorría entera, como si estuviera grabando cada instante en su memoria para no olvidarlo nunca. El mundo pasaba rápido a nuestro alrededor, pero allí, en ese coche, parecía que el tiempo se había detenido, que solo existíamos él, yo y esa música que nos acompañaba.
Al llegar al hotel, detuvo el coche y bajó primero para abrirme la puerta. Sacó una gorra negra con el logo plateado de Mercedes y me la puso despacio sobre la cabeza, bajándome un poco la visera para que no me reconocieran.
—Por si acaso —dijo con voz baja, rozándome levemente la sien con el dedo—. No queremos que nadie empiece a hablar antes de tiempo.
Entramos juntos, caminando con paso tranquilo pero rápido, sin llamar la atención, y subimos hasta su habitación. Al abrir la puerta me quedé un instante en el umbral: era una suite inmensa, una de las mejores del lugar, con una sala amplia de muebles oscuros y cómodos, una cocina completa, un baño enorme con paredes de vidrio y una habitación principal que ocupaba casi la mitad del espacio, con una cama grande y sábanas blancas impecables.
—Mira, Mara —dijo él con una sonrisa leve, apoyándose en el marco de la puerta—. Te haré un recorrido rápido. Sala, cocina, baño… y la habitación.
Se acercó despacio, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave que nos aisló del mundo entero.
—¿Y qué te parece si vamos directo a la habitación… para que la conozcas más a profundidad?
Me reí bajito, sintiendo cómo el corazón se me disparaba contra las costillas.
—Me parece perfecto —respondí acercándome a él.
En cuanto estuve cerca, lo tomé por el cuello y lo besé con ganas, con toda la pasión que había guardado desde la noche en Mónaco. Él respondió al instante, rodeándome con sus brazos fuertes y apretándome contra su cuerpo, besándome con esa mezcla de fuerza y ternura que solo él sabía darme. Me cargó entre sus brazos como si no pesara nada, caminó despacio hacia el baño y me depositó con suavidad sobre el lavabo de mármol frío.
Sus manos grandes y cálidas empezaron a desabrocharme la ropa con calma, con paciencia, sin prisa, como si quisiera disfrutar cada segundo, cada roce. Me pegó suavemente contra el espejo, y yo podía ver nuestras figuras reflejadas: él detrás de mí, mirándome fijamente a los ojos a través del cristal, mientras me iba desvistiendo despacio. Me separó un poco las piernas con su rodilla y bajó despacio hasta besarme el vientre, los muslos, y luego su lengua y sus dedos empezaron a moverse con una destreza y una cadencia que me hacían arquear la espalda y gemir bajito, aferrándome a sus hombros. Me hacía llegar al límite una y otra vez con solo mirarme a los ojos, con esa forma de moverse que parecía conocer cada rincón de mi cuerpo antes de tocarlo.
Cuando sentí que no podía más, me tomó de la mano y me metió con él bajo la ducha. El agua caliente caía sobre nosotros, mezclándose con nuestros besos y caricias. Lo normal sería lavarse primero, pero nosotros hacíamos todo al revés: nos tocábamos, nos besábamos, nos llenábamos el uno al otro entre el vapor y el ruido del agua. Sus manos me recorrían toda la espalda, las caderas, los pechos, y yo sentía que me derretía bajo su tacto, que no había nada en el mundo que quisiera más que estar allí con él. Lo amaba. No lo amaba solo por lo que hacía, sino por quién era: ese hombre duro con el mundo, pero capaz de ser tan suave conmigo.
Salimos del baño y él me envolvió en una toalla grande, secándome despacio con mucho cuidado, y luego me cargó de nuevo desnuda hasta la cama. Me recostó suavemente, separó mis piernas con sus manos y se colocó entre ellas, rozándome apenas antes de entrar en mí despacio, llenándome por completo. Me acariciaba el clítoris con los dedos al mismo tiempo que se movía dentro de mí, lento y profundo, haciendo que me aferrara a sus brazos y perdiera la noción de todo lo que no fuera él. Luego se apoyó en los talones y me hizo arquear la espalda formando un arco con mi cuerpo, y después me ayudó a subirme encima de él, guiándome las caderas con sus manos para que yo llevara el ritmo. Era una postura extraña, nueva, pero se sentía increíble, llena de confianza y entrega mutua.
Terminamos juntos, temblando y abrazados, y nos quedamos recostados mirando el techo, recuperando el aliento en silencio, escuchando solo el latir de nuestros corazones. Me giré hacia él y sonreí.
—Bueno… ya me voy —dije con voz suave, incorporándome despacio.
Me puse el sostén, los pantalones, los tenis y la playera, y me incliné sobre él para darle un beso lento en los labios.
—Y una cosa más, subcampeón: no te vayas a enamorar de mí —le dije con una media sonrisa, tratando de ocultar que en el fondo tenía miedo de ser yo quien cayera primero.
Él soltó una risa baja, sin dejar de mirarme, y me tomó de la mano antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta.
—Espera —dijo, y su voz cambió un poco, se volvió más seria, aunque seguía con esa sonrisa reservada—. Te quería proponer algo.
—Dime —respondí, deteniéndome y mirándolo fijamente—. Te escucho.
Gael apretó levemente mis dedos antes de hablar, eligiendo cada palabra con esa cautela que lo caracteriza:
—Seamos amigos con derechos. Sin promesas, sin ilusiones de nada más. Solo cuando podamos, sin que nadie se entere. Sin enamorarse. Solo… esto. Solo sexo.
Se quedó callado un instante, esperando mi respuesta, manteniendo esa compostura firme que nunca perdía, aunque sus ojos revelaran que le importaba más de lo que quería admitir.