En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 08
Seraphina permaneció de pie junto a la ventana, los dedos aferrados a los pesados cortinajes de terciopelo. La luz de la luna, ahora alta en el cielo, inundaba la habitación con un brillo etéreo, plateado. Afuera, el vasto jardín se extendía, un tapiz sombrío de árboles nudosos y senderos serpenteantes que se perdían en la oscuridad. Las torres del castillo se alzaban como fantasmas contra el cielo estrellado, imponentes y silenciosas.
La respiración de Seraphina era superficial y errática. El shock inicial se había transformado en una maraña de emociones: incredulidad, terror, una pizca de euforia macabra y una abrumadora sensación de irrealidad. Había muerto. Su vida como Valeria, la empleada de galería de arte, había terminado en un charco de lluvia y sangre. Y ahora, aquí estaba, en un cuerpo ajeno, en un mundo que hasta hace unas horas solo existía en las páginas de un libro.
"Soy Seraphina von Drakenburg." El nombre resonaba en su mente, no como una mera etiqueta, sino con el peso de una identidad cargada de historia, de intriga, de un destino que ella conocía de primera mano. La villana. La mujer que había odiado, compadecido y, en cierto modo, admirado.
Una risa histérica burbujeó en su garganta, pero la ahogó. No era el momento para el pánico, ni para el humor negro. Era el momento de la supervivencia. Tenía que pensar, tenía que procesar, tenía que actuar.
Se apartó de la ventana, sus pasos silenciosos sobre la gruesa alfombra. Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero, el mismo que la había confrontado con la impactante verdad. La mujer que la devolvía la mirada era de una belleza distante, casi etérea. Los ojos violetas, en la tenue luz lunar, parecían gemas engastadas en un rostro pálido y perfecto. El cabello negro caía en una cascada de seda, enmarcando pómulos altos y una mandíbula que denotaba fuerza. No era su rostro, no su cuerpo, pero ahora era su recipiente. Tenía que aceptarlo.
Levantó las manos, las examinó de nuevo. Eran finas, delicadas, con dedos largos y gráciles, muy diferentes a las suyas, que eran más pequeñas y con las uñas a menudo mordidas por el estrés. Las giró, notando la ausencia de callosidades o cicatrices. Era un cuerpo cuidado, mimado, el de una mujer que no había conocido el trabajo manual. Tocó su cuello, su clavícula, sintiendo la tersura de la piel. El vestido de seda azul se ceñía a su figura, revelando una cintura pequeña y curvas sutiles, pero pronunciadas. Era un cuerpo esbelto, elegante, hecho para la corte y los bailes, no para cargar cajas de libros o correr para alcanzar el autobús.
Intentó mover los hombros, los brazos, las piernas. Los músculos se sentían un poco débiles por el tiempo que había pasado en cama, pero subyacía una elasticidad y una agilidad inherentes. Era un cuerpo sano, fuerte a su manera, capaz de gracia y resistencia, si se usaba correctamente. La extraña dicotomía entre la Valeria de su pasado y la Seraphina de su presente la desconcertaba. Su mente era la de Valeria, pero su experiencia física, su "yo" externo, era completamente ajeno. Era como ponerse un disfraz de forma permanente, pero un disfraz que se ajustaba a la perfección.
Se sentó en la silla frente al tocador, el diario de cuero aún sobre la superficie pulida. Era una puerta a la mente de la Seraphina original, y ella sabía que tenía que abrirla por completo. Necesitaba absorber cada fragmento de información, cada recuerdo, cada emoción, para poder sobrevivir en este nuevo y peligroso mundo.
Con una respiración profunda, abrió el diario. Sus ojos se fijaron en la caligrafía elegante, y comenzó a leer. No solo leía las palabras, sino que, de alguna manera, las palabras se transformaban en imágenes, en sensaciones, en fragmentos de memoria que no eran suyos, pero que se implantaban en su mente con una vivida intensidad.