Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Abrir la puerta
La cena en el restaurante italiano transcurrió con una ligereza que Helena no sentía desde hacía semanas. Robert hablaba de un caso antiguo que había ganado en los noventa, exagerando los detalles solo para hacerla reír. Louis, por una vez, dejó a un lado su habitual severidad y contó anécdotas del colegio, incluyendo una en la que Benjamin y él habían sido sorprendidos intentando escaparse de una clase de latín. Hablaron de tonterías: del clima, de un libro que Robert estaba leyendo, de lo mal que cocinaba Louis cuando intentaba preparar pasta. Helena se encontró riendo de verdad, con la cabeza echada hacia atrás y esa sensación cálida en el pecho que solo aparece cuando uno se siente seguro.
No sabía por qué, pero esa noche se sintió libre. Como cuando era niña y los problemas más grandes del mundo se resolvían con un abrazo de su padre.
Regresaron a casa cerca de las diez. Helena se duchó, se puso el pijama y se metió en la cama. Durmió profundamente, sin pesadillas, sin despertarse a media noche. Fue el mejor descanso que había tenido en mucho tiempo.
Aunque, antes de cerrar los ojos, miró el teléfono más de una vez. Ningún mensaje de BEN. Ninguna llamada. Solo silencio.
Al día siguiente era sábado. Robert y Louis salieron después del almuerzo, vestidos de golf, con ese aire de quienes van a pasar la tarde lejos de carpetas y juicios.
—¿Segura que no vienes? —preguntó Robert desde la puerta—. El club tiene una terraza preciosa.
—Hoy prefiero quedarme —respondió Helena, todavía en bata—. Quiero leer un rato y no hacer nada.
En cuanto el auto de su padre desapareció por la calle, el silencio de la casa se volvió absoluto. Rosita, la empleada, terminó de limpiar la cocina, se despidió con un gesto y cerró la puerta principal tras de sí.
Helena subió a su habitación, se duchó otra vez solo porque el agua caliente le ayudaba a pensar, y se quedó frente a la ventana del segundo piso con la toalla todavía envuelta en el cabello. Abrió los ventanales para dejar entrar el aire de la tarde.
Desde el auto negro estacionado al otro lado de la calle, Benjamin la vio.
Esperó a que los hombres se marcharan. Esperó a que la empleada se fuera. Y cuando las ventanas del segundo piso se abrieron y apareció ella —recién bañada, con la bata clara y la toalla en la cabeza—, él apagó el motor, bajó del auto y cruzó la calle.
El timbre sonó.
Helena frunció el ceño. Pensó que Rosita había olvidado las llaves o el bolso. Bajó las escaleras descalza y abrió la puerta sin mirar por la mirilla.
Benjamin estaba ahí.
Ella palideció y miró hacia ambos lados de la calle, asustada.
—¿Qué haces aquí? —susurró—. ¿Estás loco?
Él entró sin pedir permiso, cerrando la puerta detrás de sí con el pie. La tomó de la cintura y la atrajo contra su cuerpo.
—Te extrañaba —dijo contra su boca, y la besó.
El beso fue lento, profundo, como si llevara días conteniéndolo. Cuando se separó, le susurró al oído:
—¿Me muestras tu cuarto?
Helena dudó solo un segundo. Luego lo tomó de la mano y lo guió escaleras arriba, el corazón latiéndole con fuerza. En cuanto entraron en su habitación —paredes claras, estantería llena de códigos y novelas, la cama perfectamente tendida—, Benjamin cerró la puerta y la miró.
Le quitó la bata con calma. Luego la toalla del cabello. El pelo negro, todavía húmedo, le cayó sobre los hombros. Benjamin la observó un momento, como si quisiera grabarse la imagen, y después la llevó hasta la cama.
Hicieron el amor en silencio, con la luz de la tarde filtrándose entre las cortinas. No hubo prisa. Solo la necesidad de tocarse, de recordar que el otro existía. Helena enterró la cara en su cuello para no gemir demasiado alto. Benjamin la sostuvo con firmeza, como si temiera que volviera a desaparecer.
Cuando terminaron, ella se incorporó de inmediato, todavía agitada.
—Tienes que irte —dijo, recogiendo la bata del suelo—. Si mi padre y Louis regresan… será un problema enorme.
Benjamin asintió. Se levantó y empezó a vestirse con esa eficiencia que la desconcertaba. Mientras se abotonaba la camisa, la miró de reojo.
—¿Te estás cuidando?
Helena se ajustó la bata y asintió.
—Sí. Me estoy tomando unas pastillas que me recomendaron Allie y Antonia. Pronto iré al ginecólogo para que me recete las adecuadas para mí.
Él asintió, satisfecho, y la besó otra vez, esta vez con más suavidad. Helena le tomó el rostro entre las manos. La barba de dos días le raspaba las palmas. Le gustó.
—¿Por qué no me escribiste anoche? —preguntó en voz baja—. Ni hoy en todo el día.
Benjamin sonrió. Esa sonrisa lenta, casi perezosa, que solo le salía cuando estaba con ella.
—Así que esperabas mi mensaje.
—No es gracioso.
—Anoche no quería ser inoportuno —admitió, rozándole el labio inferior con el pulgar—. Pensé que necesitabas espacio después de la cena con tu familia. Pero prometo que escribiré. A partir de ahora.
Helena lo miró un segundo más. Luego asintió.
—Ahora vete. En serio.
Benjamin se puso el reloj, recogió la chaqueta y, antes de salir por la puerta de la habitación, se giró una última vez.
—Cierra con llave cuando baje. Y contesta cuando te escriba.
Ella lo escuchó bajar las escaleras. Escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse. Solo entonces se acercó a la ventana y lo vio cruzar la calle, subir al auto negro y arrancar con la misma calma con la que hacía todo.
Helena se quedó mirando la calle vacía un buen rato, con los labios todavía hinchados de los besos y el cuerpo marcado por las manos de él.
Y, por primera vez, no se arrepintió de haber abierto la puerta.