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La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance paranormal / Completas
Popularitas:71
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.

Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.

Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.

Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.

Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.

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capítulo 15

El castillo todavía le parecía demasiado grande cuando Kim entró de lleno en él. Tras la sorpresa de la llegada por el portal, Verónica no perdió tiempo: con una sonrisa serena, casi maternal, le tendió la mano.

VERÓNICA— Debes de tener hambre después del viaje —le dijo con dulzura—. Ven conmigo.

Kim miró instintivamente a Máximo, como pidiéndole permiso. Él asintió con una sonrisa suave, el corazón apretado y feliz a la vez.

MÁXIMO— Ve tranquila —le dijo—. Voy a estar cerca.

En la pequeña sala junto a la cocina, Verónica sentó a la niña ante la mesa baja y trajo un plato sencillo: pan tierno con miel, frutas cortadas y un vaso de leche tibia. Nada sofisticado, nada imponente; solo acogedor.

KIM— Me gutó, ¡está rico!

VERÓNICA— Me alegra que te haya gustado, querida.

KIM— ¿Tú cocinas? —preguntó masticando—. A Kim le enseñaron a hacer pastel.

VERÓNICA— No siempre. Pero cuando es importante, sí.

KIM— Ah, bueno.

Después de comer, Kim fue llevada al jardín interior, donde el sol entraba sin dificultad y el silencio resultaba confortable. Máximo ya la esperaba allí, sentado en el suelo con algunos pergaminos y carboncillos esparcidos alrededor; cuando era joven, le encantaba dibujar.

KIM— ¿Puedo sentarme aquí? —preguntó, señalando el espacio junto a él.

MÁXIMO— Claro —respondió de inmediato, apartándose un poco para hacerle sitio—. Ese lugar es tuyo hoy.

Ella se sentó y abrazó al lobito de peluche antes de señalar los papeles.

KIM— ¿Qué estás haciendo?

MÁXIMO— Dibujando —contestó—. Pero creo que necesito ayuda.

KIM— Yo sé dibujar un sol.

MÁXIMO— Entonces necesitamos un sol.

Mientras él empezaba a trazar un lobo en el papel, Kim dibujaba círculos torcidos y rayos exagerados al lado. El silencio entre ellos no era extraño; era cómodo. De vez en cuando, Kim se inclinaba para observar el dibujo de él más de cerca.

KIM— Parece contento —comentó.

MÁXIMO— Lo intenté —respondió—. ¿Te gustan los lobos?

KIM— Sí —asintió—. A mi mamá también.

El corazón de Máximo se apretó, pero mantuvo la voz firme.

MÁXIMO— Tu mamá… ¿habló de mí?

KIM— No mucho. —Después completó—: Solo dijo que tú eres importante.

Aquello bastó para hacerlo sonreír. Kim se quedó unos segundos en silencio, observándole el rostro con una atención inusual para una niña. Luego preguntó, directa:

KIM— ¿Quién eres tú? Me recuerdas a alguien.

Máximo sintió que el mundo se detenía por un instante. Sus ganas eran de gritar que él era su padre, pero no podía decirlo; no todavía, no de esa manera.

MÁXIMO— Soy… alguien que te quiere mucho —respondió con cuidado—. Y que también quiere mucho a tu mamá.

Kim pareció satisfecha, pero no del todo convencida.

KIM— No pareces enojado —comentó—. Yo creía que los reyes eran enojones.

Máximo se rio, sorprendido.

MÁXIMO— A veces intentan serlo. No siempre lo logran.

KIM— Menos mal —soltó ella, volviendo al dibujo—. A mí no me gusta la gente bava.

Poco después, Alister y Montana aparecieron en el jardín. Ambos se detuvieron al contemplar la escena: Máximo sentado en el suelo, dibujando con la niña como si no existieran corona, trono ni pasado entre ellos.

MONTANA— Tiene un aura diferente —murmuró casi para sí mismo.

Alister asintió, con los ojos fijos en Kim.

ALISTER— Se parece a Andreia… —susurró—. Pero es todavía más luminosa.

Kim notó que los dos la observaban y se puso de pie, sin pizca de timidez.

KIM— Hola —saludó—. ¿Ustedes son amigos de él?

MONTANA— Yo soy su padre. ¿Y tú?

KIM— Yo soy Kim.

ALISTER— Lo sabemos, y estamos felices de que estés aquí.

KIM— ¡Yo quiero jugag! —exclamó, y salió corriendo aprovechando el espacio de los jardines.

El día transcurrió así: simple, inesperado, casi normal. Kim recorría el jardín, volvía junto a Máximo para dibujar un poco más, y después corría hasta Verónica para mostrarle algo.

Máximo no se apartó de ella en ningún momento, y aunque aún no sabía quién era él realmente, Kim ya había logrado algo que nadie había conseguido antes: hacerlo sonreír sin miedo.

El jardín interior estaba bañado por un sol agradable cuando la tranquilidad se quebró con voces más altas que venían del claro lateral.

Los hijos de los hermanos de Andreia habían llegado poco antes. Tres adolescentes fuertes, con rasgos de lobos adultos ya marcados, habían crecido escuchando historias sobre poder, linaje y dominio, pero algo les faltaba todavía en su interior.

En ese momento se sentían demasiado incómodos con la atención que una niña atraía; querían opacar la presencia de Kim, que era la luz misma.

MADOX— Es ridículo. Solo es una niña; ni siquiera sabe lo que es ser lobo.

TAYLER— Y todos la miran solo a ella —completó, apretando la mandíbula.

Los padres observaban a la distancia, brazos cruzados, orgullo herido disfrazado de aliento.

GUILHERME— Inténtenlo —ordenó—. Demuestren que nuestro linaje no se queda atrás de nadie.

Los adolescentes respiraron hondo y se apartaron un poco, formando un semicírculo. Cerraron los ojos, se concentraron, tiraron del instinto, de la furia, de la fuerza que siempre les habían dicho que existía dentro de ellos.

El aire alrededor pareció vibrar un instante, pero no ocurrió nada más. Uno de ellos abrió los ojos primero, frustrado.

HECTOR— Yo sentí… casi —dijo, jadeando.

Otro gruñó por lo bajo; las uñas le crecieron durante un segundo antes de volver a la normalidad.

YURI— Otra vez —insistió el padre—. Ya tienen edad suficiente.

Lo intentaron de nuevo: las venas se les hincharon, los ojos les ardieron… pero la transformación no llegó. Solo cansancio y vergüenza.

TAYLER— Tal vez no sea el momento.

KIM— ¿Qué están haciendo? —preguntó sosteniendo el lobito de peluche bajo el brazo, observando con curiosidad genuina. Máximo venía justo detrás, riéndose por lo bajo.

MÁXIMO— Kim —le dijo en tono ligero—, no es educado interrumpir entrenamientos serios.

KIM— Pedo, ¿qué están haciendo?

MÁXIMO— Intentando convertirse en lobos, cariño.

KIM— No es así como yo lo hago. —Los adolescentes se miraron entre sí, ofendidos.

HECTOR— ¿Y tú qué sabes de eso? —preguntó uno de ellos en un tono que intentó ser superior.

MADOX— Deja de inventar mentiras. Tú no eres capaz de transformarte.

KIM— ¡Sí puedo! Mi mamá me enseñó. Yo voy a jugag.

Antes de que cualquier adulto pudiera impedirlo, Kim salió corriendo por el césped, carcajeándose. Máximo abrió los ojos de par en par durante medio segundo y después sonrió.

MÁXIMO— ¡Oye! —la llamó—. ¡Eso no vale, saliste antes!

Corrió tras ella, no muy rápido, solo lo suficiente para provocarla. Kim reía a carcajadas, corriendo y divirtiéndose como cualquier niña.

Máximo aceleró un poco más para alcanzar a la pequeña, que simplemente soltó el lobito de peluche sobre la hierba, cerró los ojos un instante y el cambio llegó suave, sin esfuerzo.

Donde antes había una niña, apareció un pequeño lobo blanco, ligero, veloz, con ojos vivos y juguetones.

El silencio cayó como un velo. Todos se quedaron boquiabiertos, menos Máximo, que ya había visto a su hija de esa forma; pero verla transformarse con tanta naturalidad, como si respirara, resultaba asombroso.

El lobezno salió disparado por el jardín, mucho más rápido ahora, y en pocos segundos ya iba por delante de Máximo, que enseguida entró en el juego.

MÁXIMO— Kim… —murmuró, sonriéndole a su hija.

El lobezno regresó corriendo hasta él, dio una vuelta alrededor de sus piernas y ladró de manera juguetona.

Alister y Montana se levantaron al mismo tiempo. Los adolescentes permanecieron inmóviles, bocas entreabiertas, ojos desorbitados.

HECTOR— Ella… —Intentó hablar, pero no pudo terminar.

El lobezno sacudió el pelaje y volvió a transformarse con la misma naturalidad con que había cambiado antes.

Elowen había conjurado un hechizo para que Kim no quedara sin ropa al recuperar su forma humana; no querían a una niña desnuda corriendo por ahí.

Kim recogió el lobito de peluche del suelo y volvió junto a Máximo, sonriendo como si apenas hubiera dado un salto más grande de lo normal.

KIM— Listo —anunció—. ¿Ahora quién ganó?

Máximo se arrodilló frente a ella, todavía aturdido, pero con un orgullo imposible de contener.

MÁXIMO— Yo nunca tuve oportunidad —respondió—. Eres demasiado rápida.

Kim esbozó una sonrisa enorme y brincó emocionada. El jardín permaneció en silencio durante largos segundos. Los hermanos de Andreia estaban en shock con todo lo que habían presenciado.

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