Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capitulo 8: Los Resultados del ADN.
CAPÍTULO 8: Los Resultados del ADN
El hospital olía a muerte y a esperanza. Olores contradictorios, como todo en mi vida desde que conocí a Sebastián Montes. Lucía me esperaba en la entrada, con Nico en brazos. Mi niño estaba despierto, con sus ojos grandes y oscuros mirando todo con curiosidad. Los mismos ojos que Sebastián tenía. Los mismos que yo veía en el espejo cada mañana.
— ¿Estás lista? —preguntó Lucía.
—No. Pero vamos.
El médico amigo de Lucía se llama Dr. Paredes. Un hombre de unos cincuenta años, canoso, de mirada amable y manos firmes. Nos recibió en su consultorio privado, lejos de las miradas curiosas.
—Entiendo que esto es confidencial —dijo, cerrando la puerta.
—Absolutamente —respondí—. Nadie puede saberlo. Ni mi familia. Ni el posible padre. Nadie.
—Comprendo. El procedimiento es sencillo. Un hisopo en la mejilla del niño y otro en la del presunto padre. ¿Tienes muestra del padre?
Mi corazón se aceleró.
—No. Pero puedo conseguirla.
—Sin esa muestra, no podemos hacer la comparación.
—Lo sé. Por eso estoy aquí primero con Nico. Para tener su perfil genético listo. Luego traeré la muestra del padre.
— ¿De cuál de los dos? —preguntó Lucía con ironía.
La miré con dureza.
—Del que necesitemos.
El Dr. Paredes asintió. Tomó a Nico en brazos con una suavidad que me tranquilizó. Mi niño, tan confiado, ni siquiera lloró cuando el médico pasó el hisopo por su mejilla.
—Listo —dijo—. En tres días tendremos el perfil de Nicolás. Cuando traigas la muestra del padre, en veinticuatro horas tendremos los resultados.
—Gracias, doctor.
Salimos del hospital con Nico dormido en mis brazos. El sol pegaba fuerte. Lucía caminaba a mi lado, callada.
— ¿En qué piensas? —pregunté.
—En que esto puede salir muy mal.
—También puede salir bien.
— ¿Y si el padre es Alejandro?
—Entonces pelearé por la custodia.
— ¿Y si es Sebastián?
—En ese caso ya veremos, porque no sé lo que haré.
— ¿Lo amas?
La pregunta me golpeó como un puñetazo.
—No lo sé —repetí.
—Mientes.
—Puede ser que lo ame un poquito.
Lucía me tomó del brazo y me obligó a detenerme.
—Escúchame, Camila. Yo te he visto llorar por él. He visto cómo cambias cuando suena su nombre. Lo amas. Aunque no quieras admitirlo, lo amas.
— ¿Y qué hago con eso?
—Decides si vale la pena luchar por ese amor, o si prefieres rendirte antes de intentarlo.
Seguí caminando. No respondí. Porque no tenía respuesta.
Esa noche en la mansión, Sebastián estaba en su despacho y llamé a la puerta.
—Adelante.
Entré. Cerré detrás de mí.
—Necesito algo tuyo.
— ¿Qué cosa?
—Tu ADN.
Él levantó la vista del ordenador. Una mezcla de sorpresa y preocupación cruzó su rostro.
— ¿Para qué?
—Para saber si Nico es tu hijo. Voy a hacer una prueba por mi cuenta. Sin Rebeca. Sin Elena. Sin nadie.
— ¿Por qué no me lo pediste antes?
—Porque no confiaba en ti.
— ¿Y ahora?
—Ahora... no lo sé. Pero necesito la verdad.
Sebastián se levantó. Caminó hacia mí. Sacó un peine de su bolsillo y arrancó varios cabellos.
—Toma.
— ¿Así de fácil?
—No hay nada fácil en esto, Camila. Pero si necesitas mi ADN para saber la verdad, te lo doy. Siempre te lo he dado todo.
Tomé los cabellos. Los guardé en una bolsa de plástico que traía en el bolsillo.
—Gracias.
—Camila...
— ¿Qué?
—Pase lo que pase, quiero que sepas que Nico es mi hijo. Lo llevo en el corazón aunque no lo lleve en la sangre.
Las palabras se me atoraron en la garganta.
Salí sin responder. Dos días después, volví al hospital pero sola. Lucía se había quedado con Nico. Sebastián no sabía a dónde iba y Rebeca no sabía nada. El Dr. Paredes me recibió con el sobre en la mano.
— ¿La muestra del padre? —preguntó.
Asentí sin decir palabra y se la di.
—En veinticuatro horas tendrá los resultados.
—No puedo esperar veinticuatro horas.
—Entonces, siéntese. Voy a acelerar el proceso.
Esperé en la sala de espera. Las horas pasaron lentas. Cada minuto era una eternidad. A las ocho de la noche el doctor salió.
—Tengo los resultados.
Me puse de pie. Las piernas me temblaban.
— ¿Y…?
— ¿Segura que quiere saberlo?
—Es mi hijo. Necesito saberlo.
El doctor abrió el sobre.
—Nicolás Camila Montes...
—Dígamelo ya.
—El padre biológico es...
La puerta se abrió de golpe. No era Rebeca. No era Elena. Era Gonzalo.
—Camila, ¿Qué haces aquí? —preguntó, con el rostro desencajado—. Sebastián me pidió que viniera a buscarte. Dijo que no respondías al teléfono.
— ¿Sebastián te pidió que vinieras?
—Sí. Está preocupado. Dice que no sabe dónde estás.
—No puedo irme ahora. Estoy esperando los resultados de una prueba.
— ¿Prueba? ¿De qué?
—De ADN. Para saber si Nico es hijo de Sebastián.
Gonzalo enmudeció. Sus ojos se abrieron con sorpresa.
— ¿Y si no lo es?
—Entonces todo esto habrá sido una mentira.
— ¿Y si lo es?
—Entonces... no lo sé.
Gonzalo se sentó a mi lado. No intentó consolarme con palabras. Solo se quedó allí, en silencio. Y eso, de alguna manera, fue suficiente.
—Gracias por venir —dije.
—No me agradezcas. Es lo que hacen los amigos.
Esperamos en silencio. El tiempo se estiraba como una goma elástica a punto de romperse. Pero cuando el doctor iba a retomar la lectura del dictamen, la puerta se abrió de golpe y Elena entró con paso firme, seguida de dos hombres.
—No le hagas caso —dijo, con una calma aterradora—. Ese médico es un farsante porque yo lo compré.
El Dr. Paredes palideció.
—Señora, yo...
—Cállate.
Elena se acercó a mí. Agarró el sobre y lo rompió en pedazos.
— ¡No! —grité, intentando detenerla.
—No necesitas saberlo, querida. No todavía.
— ¿Por qué haces esto?
—Porque si sabes la verdad, pierdo mi poder sobre ti. Sobre Sebastián. Sobre todos.
— ¡Eres un monstruo!
—Soy una madre que protege a su hijo, aunque él no lo entienda.
Los hombres de Elena me sujetaron. Forcejeé, grité, pero fue inútil. Gonzalo se levantó de un salto.
— ¡Déjenla!
Uno de los hombres lo golpeó en el estómago. Gonzalo cayó al suelo, jadeando.
— ¡No le hagan daño! —grité.
—Depende de ti —dijo Elena—. Si cooperas, tu amigo estará bien.
— ¿Qué quieres?
—Que te alejes de mi hijo para siempre.
—Eso no va a pasar.
—Entonces, prepárate para las consecuencias.
Los hombres me arrastraron fuera de la consulta.
— ¡Camila! —Gritó Gonzalo desde el suelo—. ¡Voy a buscar a Sebastián!
Fue lo último que escuché, antes de que me metieran en un auto y la puerta se cerrara. El motor arrancó y Elena se sentó a mi lado.
—No te voy a hacer daño —dijo, con una calma aterradora—. Solo quiero que entiendas algo.
— ¿Qué?
—Que esto es más grande que tú. Que yo. Que Sebastián. Esto es por mi familia. Por todo lo que me quitaron.
—Su familia lo perdió todo por su culpa. No por la mía.
Elena me abofeteó.
— ¡No digas eso!
—Es la verdad.
—La verdad es lo que yo decido que es. ¿Entiendes? Tú solo eres un peón. Siempre lo fuiste. Siempre lo serás.
El auto se detuvo. Bajaron. Estábamos en una casa abandonada, en medio de la nada.
—Aquí te quedarás hasta que decidas cooperar.
— ¿Y si no coopero?
—Entonces te quedas aquí para siempre.
Me empujaron dentro y la puerta se cerró. Estaba sola y a oscuras. Sin teléfono. Sin mi hijo. Sin Sebastián. Sin esperanza.
- ¡ELENA SECUESTRÓ A CAMILA!
- Like si quieres que Sebastián la rescate ya.
- Corazón si estás sufriendo con esta escena.