Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 24
...Val....
Pasó cuarenta minutos después de que Camila salió de la torre.
Estaba monitoreando la aproximación de un Boeing 737 de Vuelo Cielo — vuelo VC-2841, procedente de Cancún, 164 pasajeros— cuando la pantalla del radar parpadeó.
No fue un apagón. Fue peor. La imagen se distorsionó medio segundo, como si alguien hubiera pasado un imán sobre la pantalla. Los puntitos de los aviones se desplazaron de sus posiciones y volvieron. Un glitch.
—¿Vieron eso? —dijo Jorge desde su estación.
—Sí —dije—. Interferencia.
—¿De dónde?
No tuve tiempo de contestar. Porque la pantalla parpadeó otra vez, más fuerte, y esta vez la señal de tres vuelos desapareció completamente durante dos segundos.
Dos segundos sin saber dónde estaban tres aviones.
Se me heló el cuerpo.
—Paty, confirma posición de VC-2841 por radio —dije, con la voz firme aunque por dentro me estaba cayendo al vacío—. Jorge, contacta al centro de control de área. Necesito saber si la interferencia es local o general.
Paty abrió frecuencia.
—Vuelo Cielo 2841, torre. Confirme posición y altitud.
Silencio. Estática. Tres segundos de nada.
—Vuelo Cielo 2841, torre. ¿Me copia?
La voz del piloto llegó entrecortada, como si hablara a través de una cobija.
—Torre... 2841... estamos a... millas de...
—No lo capto bien —dijo Paty—. La frecuencia está sucia.
El radar parpadeó de nuevo. Y entonces vi algo que me paró el corazón.
Dos señales — VC-2841 y un Embraer de AeroNova, vuelo AN-455, 78 pasajeros— mostraban la misma altitud y trayectorias convergentes. Estaban a doce millas de distancia. Acercándose.
Si el radar estaba bien, tenían menos de cuatro minutos antes de que sus rutas se cruzaran al mismo nivel de vuelo.
242 personas.
—Jorge, ¿es local? —grité.
—¡Es local! El centro de área no tiene interferencia. Es algo dentro de la torre o cerca.
Dentro de la torre.
El teléfono de Camila. La transmisión en vivo. El equipo inalámbrico de producción. O una falla técnica que todavía no podíamos ver. No tenía datos para elegir una causa.
No tuve tiempo de pensar en eso. Lo único que importaba eran los dos aviones.
—Activo frecuencia de emergencia —dije. Me cambié a la frecuencia 121.5, la frecuencia de socorro que todo piloto en el mundo monitorea—. Atención todas las aeronaves, torre de control. Alerta de interferencia en radar. Vuelo Cielo 2841, cambie rumbo inmediato tres-cero-cero, ascienda a nivel de vuelo dos-cero-cero. Repito: rumbo tres-cero-cero, nivel de vuelo dos-cero-cero. AeroNova 455, mantenga rumbo actual, descienda a nivel de vuelo uno-cinco-cero. Repito: nivel de vuelo uno-cinco-cero.
La frecuencia 121.5 estaba más limpia. La voz del piloto de VC-2841 llegó clara:
—Torre, VC-2841, copiado. Virando a tres-cero-cero, ascendiendo a dos-cero-cero. ¿Cuál es la situación?
—Tráfico convergente a su nivel de vuelo. Posible conflicto de separación. Ejecute la maniobra de inmediato.
—Ejecutando.
Tres segundos después, AeroNova 455:
—Torre, AN-455, descendiendo a uno-cinco-cero. Confirmo tráfico?
—Afirmativo, AN-455. Tráfico a sus doce, mismo nivel, convergente. Descenso inmediato.
—Copiado, descendiendo.
Me quedé mirando el radar. La pantalla seguía parpadeando pero las señales de ambos vuelos empezaron a separarse. VC-2841 subía. AN-455 bajaba. La distancia entre ellos dejó de cerrarse.
Diez millas. Once. Doce.
Solté el aire.
—Jorge, llama a mantenimiento. Quiero que revisen alimentación eléctrica, red, antenas y espectro radioeléctrico. Ahora.
—Voy.
—Paty, confirma posición de todos los vuelos en aproximación. Uno por uno. Nada entra a la zona de control hasta que el radar esté limpio.
—Entendido.
Mis manos temblaban debajo de la consola. Las apreté contra mis rodillas para que nadie las viera. El monitor seguía parpadeando en intervalos irregulares, como un corazón con arritmia.
Quince minutos después, el técnico encontró un primer indicio.
Entró con un analizador de espectro y revisó la zona donde había estado el equipo de producción. El aparato marcó actividad de varios transmisores inalámbricos cerca de un cable de datos cuyo blindaje debía inspeccionarse.
—Aquí hay transmisiones no autorizadas —dijo—. No puedo afirmar todavía que causaron la falla. Hay que aislar el equipo y revisar los registros.
Buscamos. Debajo de una silla, medio metido entre la pared y el equipo de aire acondicionado, estaba el teléfono de Camila. Pantalla encendida. Aplicación de transmisión en vivo activa. 14,000 espectadores. Transmitiendo en directo las pantallas de radar de la torre de control de un aeropuerto internacional.
Seguridad lo puso en modo avión, documentó la pantalla y lo guardó en una bolsa de evidencia. Me temblaban las manos de rabia y de algo más grande que la rabia: terror retrospectivo. Porque si no hubiera actuado en esos cuatro minutos, si la frecuencia de emergencia no hubiera funcionado, si los pilotos no hubieran respondido a tiempo—
242 personas.
Paty se sentó en su silla y se puso las manos en la cara. Jorge tenía los ojos rojos. El técnico miraba el teléfono con la boca abierta.
Yo me quedé de pie, mirando la bolsa de evidencia en manos de seguridad, sintiendo el peso de 242 vidas que estuvieron a cuatro minutos de dejar de existir.
El Ingeniero Gallardo llegó corriendo.
—¿Qué pasó? Me dijeron que hubo una alerta—
Le mostré el teléfono. Le expliqué. Vi cómo su cara pasaba de confusión a incredulidad a un blanco que no le conocía.
—Dios mío —dijo.
—Necesito que llame a la dirección de operaciones. Y a la autoridad de aviación civil. Esto es un incidente de seguridad. Se tiene que documentar todo.
—Mendoza, ¿los aviones están—
—Seguros. Los separé con la frecuencia de emergencia. Pero la presentación de radar estuvo degradada durante diecisiete minutos. Quiero los registros técnicos, las grabaciones de comunicaciones y los datos de vuelo de ambas aeronaves.
Gallardo me miró como si me estuviera viendo por primera vez.
—Bien —dijo—. Bien. Hago las llamadas.
Salió. Me quedé sola en la torre. Paty y Jorge seguían en sus estaciones, trabajando en silencio, controlando el tráfico con la disciplina de gente que sabe que el mundo casi se cae y que no puede darse el lujo de temblar todavía.
Yo sí temblaba. Debajo de la consola, donde nadie podía verme, mis manos temblaban tan fuerte que no podía cerrar los puños.
Me senté. Respiré. Y pensé en Camila, en su sonrisa de "tu trabajito es bien bonito", en sus 14,000 espectadores mirando en vivo las pantallas de un sistema que mantenía aviones en el aire.
Pensé en las 242 personas que no sabían lo cerca que estuvieron.
Y sentí algo que no era rabia ni miedo ni dolor.
Era claridad.
Porque por primera vez en mi vida, Camila no me había quitado algo. Había puesto en peligro a gente inocente. Y eso era algo que yo no iba a dejar pasar.
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