Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Esbozos, esmoquines y errores de cálculo en el balcón
La Gala Anual de Clientes del Bufete Galvis no era una simple reunión; era el evento social más exclusivo de la temporada legal. Se celebraba en el salón de cristal del Hotel W, y la regla no escrita era clara: si no brillabas, mejor ni asistías.
Sandra estaba frente al espejo de su habitación, ajustando el cierre lateral de su vestido. Había optado por un color verde esmeralda, de corte imperio que marcaba su busto y caía en una tela fluida que abrazaba sus caderas y muslos, con una abertura discreta en la pierna. Se había recogido el cabello en un updo elegante, dejando caer unos cuantos mechones suaves alrededor de su rostro. Se veía, objetivamente, espectacular. Se veía como una mujer que podía cerrar un trato millonario y luego pedir el postre más grande de la carta.
—Si te mueves muy rápido, el vestido se va a rasgar por pura envidia —dijo una voz desde el marco de la puerta.
Sandra se giró y el cerebro le hizo un *cortocircuito* inmediato.
Diego estaba apoyado en el quicial, pero no era el Diego de siempre. Había reemplazado sus habituales jeans y camisetas por un traje de tres piezas en un tono gris pizarra, hecho a su medida exacta. La camisa negra, sin corbata y con los dos primeros botones desabrochados, dejaba a la vista la cadena de plata que él nunca usaba en casa. Su cabello estaba peinado hacia atrás con producto, y la sombra de barba de tres días le daba un aire de sofisticación peligrosa. Olía a sándalo, a cítricos y a algo puramente masculino.
Sandra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su corazón\, que hasta hace cinco minutos latía con la tranquilidad de la rutina\, empezó a galopar como si acabara de correr un maratón. *Dios mío*\, pensó\, aterrada. *Mi roomie está buenísimo. Mi mejor amigo está buenísimo. Esto es un desastre. Esto es un conflicto de intereses.*
—¿Qué? —preguntó Diego, frunciendo el ceño y mirándose la chaqueta—. ¿Está muy arrugado? Sabía que no debía sentarme sobre la tela mientras se planchaba.
—No... no, está perfecto —logró decir Sandra, sacudiendo la cabeza para despejar la neblina de lujuria repentina que la envolvía—. Solo... no estás acostumbrado a usar trajes de más de doscientos dólares. Te ves como si fueras a comprar una isla.
Diego sonrió, esa sonrisa de medio lado que ahora a Sandra le parecía ilegal. Caminó hacia ella y le ofreció su brazo.
—Solo me visto bien para acompañar a la abogada más impresionante de la noche. Vamos, que el Uber nos espera y, si llegamos tarde, Galvis nos va a hacer limpiar los ceniceros.
El salón de cristal estaba lleno de la élite corporativa de la ciudad. Camareros con guantes blancos ofrecían champán, y un cuarteto de cuerdas tocaba en un rincón. Cuando Sandra y Diego entraron, más de una cabeza se giró. No solo por el vestido de Sandra, sino por la forma en que Diego la acompañaba: con la mano firme y posesiva en la pequeña de su espalda, guiándola por el salón con una seguridad que desafiaba a cualquiera a cruzarse en su camino.
—Odio admitirlo, pero esto es mejor que la fiesta de la agencia de diseño del año pasado —murmuró Diego, tomando dos copas de champán de una bandeja y pasándole una a Sandra—. Aunque la comida parece ser del tamaño de una moneda.
Sandra soltó una risa nerviosa, tomando la copa. Sus dedos rozaron los de él, y esa vez no apartó la mano de inmediato.
—Solo sonríe y asiente —le susurró ella—. Y, por favor, no hagas ningún chiste sobre los honorarios de los abogados frente al licenciado Galvis.
—Prometo ser un caballero intocable —dijo Diego, bajando la voz y acercándose a su oído para que ella pudiera escucharlo por encima de la música—. Te ves increíble, San. De verdad. Ese color es un crimen.
Sandra sintió que las mejillas le ardían. *Es el champán*\, se dijo. *O la calefacción del salón. Definitivamente no es Diego.*
Llevaban media hora sobreviviendo a las presentaciones formales cuando una voz familiar y con acento madrileño resonó a su lado.
—Sandra. Y el famoso Diego. Qué placer verlos fuera de la sala de archivos y del supermercado.
Julián García se acercó a ellos. Llevaba un esmoquin impecable que le sentaba como si hubiera nacido con él puesto. Sin embargo, cuando sus ojos color miel se posaron en Sandra, su habitual compostura de tiburón corporativo se rompió por una fracción de segundo. Sus ojos barrieron el vestido verde esmeralda, la curva de su cuello y el brillo de sus labios, y su mandíbula se tensó.
—Julián, ¿qué tal? —saludó Sandra, sonriendo y completamente ajena al escaneo visual que acababa de recibir—. Te presento a Diego en su hábitat natural: fingiendo que le interesa el derecho mercantil.
—Un placer\, Diego —dijo Julián\, estrechando su mano. La tensión entre los dos hombres fue tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. Diego no soltó la mano de Julián de inmediato\, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo educado\, mientras su pulgar rozaba sutilmente la piel de la espalda de Sandra\, un recordatorio silencioso de *quién estaba ahí*.
—El placer es mío, García —respondió Diego, con una sonrisa afable, pero los ojos fríos—. Sandra me ha contado mucho sobre su "eficiencia" en la oficina.
Julián ignoró el comentario, manteniendo su mirada fija en Sandra.
—Sandra, el licenciado Galvis está dando su discurso en el escenario principal. Me encantaría robarte cinco minutos para mostrarte la terraza. La vista de la ciudad es espectacular, y necesito aire fresco. ¿Me acompañas?
Sandra miró a Diego. Él le devolvió la mirada, y aunque su expresión era relajada, Sandra juró ver un destello de advertencia. Pero, siendo justa, Julián era su supervisor y le había salvado el fin de semana.
—Claro, Julián. Solo cinco minutos. Diego, ¿me traes un agua mineral cuando vuelva? Me estoy asfixiando con este champán.
—A la orden, abogada —dijo Diego, viendo cómo Julián guiaba a Sandra hacia la terraza de cristal.
Diego se quedó en el salón, tomando un sorbo de su propia copa. No iba a seguirlos como un acosador, pero tampoco iba a perderlos de vista. Se movió hacia la barra, que estaba estratégicamente ubicada justo al lado de la puerta de la terraza.
El aire de la terraza era fresco y soplaba con una brisa suave que movía los mechones sueltos del cabello de Sandra. La vista de la ciudad iluminada era, en efecto, espectacular.
—Estás espectacular, Sandra —dijo Julián de repente. No había tono de jefe en su voz. Era grave, directo y cargado de una intención que habría derribado a cualquier otra mujer.
Sandra sonrió, tomando el comentario como un cumplido profesional.
—Gracias, Julián. El vestido es nuevo. Diego me ayudó a elegirlo, así que el mérito es de su ojo clínico.
Julián cerró los ojos un segundo\, respirando hondo. *Maldito Diego*\, pensó. Pero no iba a rendirse. Dio un paso hacia ella\, acortando la distancia. Sandra\, pensando que él quería ver mejor la vista\, se hizo a un lado hacia la barandilla de cristal.
Julián la siguió. Se detuvo justo frente a ella. El espacio entre los dos se redujo a centímetros. Sandra podía oler su perfume, una mezcla de cuero y especias.
—No hablo del vestido\, Sandra —murmuró Julián\, bajando la voz. Levantó una mano y\, con una delicadeza extrema\, rozó la mejilla de Sandra con los nudillos. La piel de ella estaba caliente. El corazón de Sandra dio un vuelco\, pero su cerebro\, en un acto de supervivencia pura\, decidió que esto no podía estar pasando. *Los jefes no tocan la cara de sus empleadas. Esto es un error de percepción. Falta de oxígeno.*
Julián inclinó la cabeza. Sus ojos se fijaron en los labios de ella. Se inclinó lentamente, cerrando los ojos, dispuesto a besarla.
En ese exacto milisegundo\, el cerebro de Sandra procesó la información: *Julián se está inclinando demasiado rápido. Su pie derecho resbaló en el borde de la losa. ¡Se va a caer!*
Con los reflejos de una abogada que practica yoga los fines de semana, Sandra dio un paso rápido hacia atrás y levantó ambas manos, agarrando a Julián firmemente por los hombros para estabilizarlo.
—¡Cuidado, Julián! —exclamó ella, con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole en las orejas—. ¡El piso de la terraza está desnivelado! Casi te das de boca contra la barandilla. Deberían poner una señal de advertencia; es un riesgo de responsabilidad civil para el hotel.
Julián se quedó congelado. Tenía los ojos abiertos, la boca entreabierta y estaba besando el aire a tres centímetros de la nariz de Sandra.
Se quedaron así, en un silencio absoluto, roto solo por el viento de la ciudad.
Julián parpadeó lentamente. Miró los hombros de Sandra, que lo sostenían con fuerza. Miró su cara de genuina preocupación por su integridad física. Y entonces, algo dentro de él se rompió. No de tristeza, sino de una revelación absoluta.
Empezó a reír. Una risa baja, profunda y genuina que lo hizo sacudir los hombros.
—¿Julián? ¿Te golpeaste la cabeza? —preguntó Sandra, frunciendo el ceño y soltándolo para revisar si tenía algún moretón en la frente.
—No, Sandra. No me golpeé la cabeza —dijo Julián, pasando una mano por su rostro, todavía riendo entre dientes. La miró, y por primera vez, no había sutileza en sus ojos color miel. Había una determinación feroz y divertida. Solo me acabo de dar cuenta de algo.
—¿De qué? —preguntó ella, confundida.
—De que soy un idiota —dijo Julián, dando un paso atrás y arreglándose la chaqueta del esmoquin—. Llevo semanas intentando ser sutil, encantador, esperando que captes las indirectas. Pero tú no captas indirectas, Sandra. Si me pongo a bailar breakdance frente a ti, probablemente pensarías que estoy teniendo un espasmo muscular.
Sandra lo miró, parpadeando.
—No entiendo.
—Ya entenderás —dijo Julián, con una sonrisa que prometía problemas—. Disfruta de la vista, Sandra. Y dile a Diego que sus reflejos son buenos, pero que los míos también.
Julián le guiñó un ojo, se dio la vuelta y caminó de regreso al salón, dejando a Sandra sola en la terraza, mirando sus manos y preguntándose si el champán le había subido a la cabeza.
Desde la barra, Diego había visto toda la escena. Vio a Julián acercarse, vio la inclinación, y sus músculos se habían tensado para salir corriendo. Pero entonces vio a Sandra dar un paso atrás y "atrapar" a Julián. Vio a Julián reírse y alejarse con esa mirada de "juego ganado".
Diego soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Tomó el agua mineral que Sandra le había pedido y caminó hacia la terraza.
—¿Sobreviviste a la caída? —preguntó Diego, entregándole la botella.
—¿Qué caída? —preguntó Sandra, tomando el agua y bebiendo la mitad de un trago—. Julián casi se desmaya por el desnivel del piso. Te juro que este hotel va a recibir una demanda.
Diego la miró. Vio el vestido verde, los labios entreabiertos, la forma en que el viento movía la tela alrededor de sus piernas. La atracción que había estado conteniendo desde que ella salió de su habitación esa noche ya no podía seguir escondida detrás de la excusa de la "amistad".
Diego levantó la mano y, con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus dedos, apartó un mechón de cabello del rostro de Sandra. Sus dedos rozaron su mejilla, exactamente como Julián lo había hecho minutos antes, pero con una familiaridad, un peso y una ternura que hacían que el gesto de Julián pareciera un ensayo.
Sandra se quedó sin aliento. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que Diego podía escucharlo. No pensó en responsabilidad civil. No pensó en el piso desnivelado. Solo sintió el calor de la mano de Diego en su piel.
—Estás temblando, San —murmuró Diego, su voz bajando a un tono ronco que ella nunca le había escuchado.
—Es... es el viento —susurró ella, sin apartar la mirada de los ojos oscuros de él.
Diego sonrió, una sonrisa pequeña, íntima y llena de promesas. Bajó la mano y le ofreció su brazo.
—Vamos a casa, abogada. Ya hicimos la aparición social y me estoy aburriendo de la gente que no sabe reírse.
Sandra tomó su brazo, apoyando la mano sobre la tela impecable de su traje. Mientras caminaban de regreso al salón, Sandra no miró a Julián, ni a Galvis, ni a Valeria. Solo miró el perfil de Diego, dándose cuenta, con un terror delicioso, de que su muro de contención acababa de caer, y que el verdadero desastre apenas comenzaba.