Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 15
El lunes por la mañana en la empresa era usualmente una sinfonía de teléfonos sonando y gente corriendo con café en mano, pero para Elena, cada paso hacia su oficina era un recordatorio físico de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Caminaba con una lentitud elegante, tratando de disimular que sus muslos protestaban con cada movimiento y que la seda de su blusa rozaba la piel sensible de sus hombros.
No había llegado ni a la mitad del pasillo cuando una carcajada sonora y familiar cortó el aire.
—¡Paren todo! ¡Llegó la sobreviviente! —Hugo apareció detrás de una columna, con un batido verde en la mano y una sonrisa que iba de oreja a oreja.
Se acercó a ella con paso saltarín, escaneándola de arriba abajo con ojos de águila. No necesitó mucho tiempo para notar que Elena llevaba un pañuelo de seda estratégicamente colocado, pero no lo suficiente como para ocultar una pequeña sombra rojiza cerca de su clavícula.
—Nena, por favor… —Hugo se tapó la boca con la mano, fingiendo horror—. ¡Te dieron como cajón que no cierra! Estás que caminas en cámara lenta, querida. Ese hombre no te hizo el amor, te hizo una restauración completa de motor.
—Hugo, cállate, que nos van a oír —susurró Elena, sintiendo que el calor le subía a las mejillas.
—¿Callarme? ¡Ni lo sueñes! —Hugo la agarró del brazo y empezó a arrastrarla hacia el despacho privado—. Camina rápido, guerrera, que si te dejas caer aquí en el pasillo voy a tener que llamar a una grúa para levantarte. Necesito el chisme completo, pero con lujo de detalle. ¡Mueve esas caderas, si es que todavía te responden!
Una vez dentro de la oficina, Hugo cerró la puerta con llave y la empujó hacia su sillón. Él se sentó frente a ella, con los ojos brillando de pura maldad y curiosidad.
—A ver, suelta esa lengua. ¿Qué fue eso del pañuelo? Quítatelo, quiero ver las marcas de guerra —exigió Hugo—. ¡Ay, nena! ¡Pura envidia te tengo! A mí ni una palmada me dan, los míos vienen con el manual de modales puesto y terminan pidiendo permiso para respirar. Pero el tuyo… ese Alexander tiene cara de que no pide permiso ni para entrar al banco.
Elena suspiró, dejándose caer en el asiento, sintiendo el tirón en sus músculos.
—Hugo, fue una locura. Me ató las manos con su corbata de seda… sentía que no podía moverme y él simplemente hacía lo que quería. Me marcó, Hugo. Me golpeó con una pasión que me dejó ardiendo, pero de una forma que solo me hacía pedirle más. Estuvimos así hasta que salió el sol. No hubo rincón de esa suite que no conociéramos.
—¡Atada! ¡Me muero! —Hugo se abanicó con la mano, realmente impresionado—. ¿Con la corbata? ¡Qué clase, por Dios! Eso es nivel 50 Sombras pero con presupuesto real. ¿Y cómo te puso? Dime que te puso contra el ventanal, nena, dime que toda la ciudad fue testigo de tu rendición.
—Lo hizo —confesó Elena, bajando la voz—. Me sostuvo del cabello, me obligó a mirar la ciudad y me dejó claro que él era el dueño de todo lo que yo veía… y de mí también. No me dejó dormir ni diez minutos.
—¡Ese hombre es un monumento al exceso! —exclamó Hugo—. Nena, si yo tuviera a un Alexander en mi vida, no estaría aquí tomando batido de apio, estaría pidiendo una silla de ruedas con diamantes.
En ese momento, el clic de la cerradura electrónica interrumpió la confesión. La puerta se abrió y Alexander entró sin llamar, como si fuera el dueño del edificio, que técnicamente ya casi lo era. No llevaba saco, solo una camisa blanca con las mangas arremangadas, revelando sus antebrazos poderosos.
Se detuvo en seco al ver a Elena. No dijo nada, pero sus ojos miel se oscurecieron al instante. La recorrió con una mirada tan pesada y hambrienta que Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Era una mirada de posesión absoluta, como si estuviera calculando cuánto tiempo faltaba para volver a tenerla a solas.
Hugo miró a Alexander, luego a Elena, y soltó una risita traviesa.
—Vaya, vaya… hablando del rey de Roma y el pecado se asoma —Hugo se levantó, dándole una palmadita en el hombro a Elena—. Nena, este hombre nunca se llena de ti. Te mira con un hambre… y créeme, no es hambre de desayuno. Es hambre de devorarte viva otra vez en medio de este escritorio.
Alexander ignoró a Hugo por completo, su atención estaba soldada a Elena.
—Necesitamos revisar los nuevos contratos, socia —dijo Alexander, con una voz rasposa que prometía de todo menos trabajo—. Pero Hugo tiene razón. Te ves demasiado bien con ese pañuelo. Aunque preferiría quitártelo yo mismo.
Hugo se encaminó a la puerta, riéndose por lo bajo.
—Yo me retiro antes de que esto se convierta en una película prohibida para menores. Disfruta tu "reunión", Elena. ¡Y recuerda que el cajón todavía no cierra bien! —Hugo salió cerrando la puerta tras de sí, dejando a Elena a merced de la mirada insaciable de Alexander.