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En Esta Vida No Te Amaré

En Esta Vida No Te Amaré

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Timetravel / Viaje En El Tiempo / Omegaverse / ABO / Reencarnación / Completas
Popularitas:714
Nilai: 5
nombre de autor: biely

Murió amando a quien nunca lo amó.

Noar Wil, el joven omega más brillante del Reino de Solaria, lo apostó todo por un amor que resultó ser una trampa cuidadosamente tejida por las manos del hombre al que idolatraba. Años de humillación, traición y dolor terminaron en el silencio de un cuarto vacío — su corazón demasiado roto para seguir latiendo.

Pero entonces algo imposible ocurre.

Noar despierta diez años atrás, con todos sus recuerdos intactos, en la noche en que su historia con Léo estaba a punto de comenzar. Esta vez, sin embargo, conoce el precio de ese amor.

Esta vez, elige diferente.

En lugar de seguir los pasos que lo llevaron a la destrucción, acepta el compromiso que siempre rechazó: casarse con Maximiliano Ferom, el temido Archiduque del Extremo Norte. Un hombre de hierro y silencio, cuyas feromonas huelen a nieve pura y cuyas palabras pesan como sentencias. Un hombre que, desde el primer momento en que sostiene a Noar en sus brazos, hace una promesa que no tiene intención de romper.

Estás a salvo. Y nadie te hará daño mientras estés conmigo.

Lo que Noar esperaba era solo un matrimonio de conveniencia — posición, protección, distancia del pasado. Lo que no esperaba era que ese hombre frío pudiera derretirse tan despacio, tan profundamente, tan irrevocablemente.

Y no esperaba que su propio corazón, tan convencido de que nunca más amería, fuera precisamente el primero en traicionarlo.

NovelToon tiene autorización de biely para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

De regreso al pasado.

Punto de vista de Nero.

El viento del Norte era cortante, pero nada se comparaba al frío que habitaba el pecho de Nero desde aquel día.

Aún lo recordaba.

Aún lo veía.

Aún lo escuchaba.

El cuerpo de su hermano menor dentro de aquel ataúd simple, indigno. Como si fuera tan solo un sirviente cualquiera. Como si la luz que Noar cargaba no hubiera iluminado su vida entera.

Nero apretó los puños.

Había fallado.

Había fallado como hermano.

Cuando recibió la carta desesperada, ya era demasiado tarde. El padre estaba muerto. El nombre de la familia manchado. Y Noar… desaparecido detrás de los muros de esa maldita mansión.

Cabalgó hasta el Extremo Norte casi sin descanso. Cuando le contó al padre de Maximiliano lo que había ocurrido, vio la furia silenciosa en los ojos del viejo Alfa. La orden llegó inmediata: el ejército marcharía.

Pero el corazón de Nero ya lo sabía.

Lo sentía.

Sentía que llegaba tarde.

El viaje hasta Solaria fue un tormento. Cada segundo era como una hoja de filo. Cada respiración venía cargada de presentimiento.

Y cuando por fin cruzó los portones de la mansión del conde…

El mundo se acabó.

Noar estaba allí.

Frío.

Pequeño.

Pálido.

Recostado dentro de un ataúd simple de madera, como si su vida hubiera valido tan poco.

Nero no recuerda haber desenvainado la espada.

No recuerda haber atravesado los corredores.

Solo recuerda el sonido.

De las carcajadas.

Léo riendo.

Riendo mientras él caía de rodillas junto al cuerpo del hermano.

Algo se quebró en ese instante.

El último hilo de razón.

No mató a Léo rápido.

No.

El dolor que Nero cargaba era demasiado profundo para una muerte rápida.

Cada golpe era un grito atrapado en la garganta. Cada súplica de misericordia ignorada era el recuerdo de las lágrimas que Noar debió haber derramado solo.

Cuando terminó, no sintió alivio.

Solo vacío.

Fue Max quien se acercó al ataúd.

Nero observó en silencio mientras el Alfa retiraba el cuerpo delicado de Noar y lo envolvía en su manto oscuro. Había respeto en ese gesto. Había promesa.

Nero no pudo tocar a su hermano en ese momento.

Tenía miedo de que, si lo tocaba, se haría pedazos para siempre.

Solaria cayó en el caos después de eso.

La familia Liz fue borrada. El nombre de su linaje fue limpiado.

Pero nada de eso devolvió a Noar.

Partió con el ejército del Norte llevando las urnas de los padres… y el cuerpo del hermano.

El entierro fue digno.

Tradicional.

Sagrado.

Noar fue vestido con ropas del Norte, envuelto en flores lunares, colocado en un ataúd de cristal.

Parecía dormir.

Nero estuvo a su lado hasta el último instante.

— Fallé contigo… — susurró, con la mano posada sobre el cristal. — Pero si existe cualquier otra oportunidad… cualquier otro destino… te protegeré. Aunque sea desde lejos.

Aquella noche, sintió algo diferente en el aire.

Pero no lo comprendió.

Solo cerró los ojos y le pidió al cielo — o a los dioses antiguos del Norte — que le dieran a Noar la vida que le fue arrebatada.

Si hubiera sabido…

Si hubiera sabido que, en algún lugar del tiempo, su pequeño hermano tendría otra oportunidad…

Habría llorado de alivio.

Aunque jamás pudiera recordarlo.

Porque Nero siempre fue así.

Orgulloso ante el mundo.

Pero completamente rendido al amor por su hermano menor.

Y, en cualquier vida…

Aún marcharía a la guerra por él.

Punto de vista de Maximiliano.

Maximiliano siempre creyó que el Norte forjaba hombres fuertes.

Pero nada lo preparó para aquella visión.

Cuando Nero irrumpió en la mansión, Max lo siguió en silencio. El aire en Solaria olía a decadencia y mentira. Ya sabía que algo irreparable había ocurrido.

Y entonces lo vio.

El pequeño cuerpo dentro del ataúd simple.

Frío.

Pálido.

Inmóvil.

El mundo pareció desacelerarse.

Ya había visto muertes. Muchas. En el campo de batalla, los hombres gritaban, sangraban, suplicaban. Pero aquello… aquello era diferente.

Porque ese no era simplemente un joven.

Era Noar.

El omega de mirada dulce que había conocido brevemente. El muchacho que hablaba con arrogancia, que sonreía brillantemente.

Max sintió que algo se quebraba dentro de él.

Cuando Nero comenzó a torturar a Léo, Max no interfirió.

No porque aprobara la crueldad.

Sino porque entendía el dolor.

Él mismo quería destruir todo a su alrededor.

En cambio, caminó hasta el ataúd.

Sus dedos rozaron la madera barata, indigna de aquel cuerpo delicado. Lo abrió lentamente.

Noar parecía solo dormir.

Las pestañas reposaban suaves sobre las mejillas pálidas. Los labios, antes tan vivos, estaban sin color.

Max retiró su propio manto y lo envolvió alrededor de él.

— No te quedarás aquí — murmuró, casi sin voz.

Al cargarlo en brazos, sintió el peso demasiado ligero. Un peso que no debería existir.

En ese instante, algo silencioso nació dentro de él.

No era solo rabia.

Era promesa.

Cuando regresaron al Norte, Max se aseguró de que el funeral fuera digno. Supervisó cada detalle. Las ropas tradicionales. Las flores lunares. El ataúd de cristal.

Permaneció al lado de Nero, en silencio.

Pero cuando todos partieron, él volvió.

Se quedó solo frente al cristal.

— Si hay otra vida… — dijo, con la mano firme sobre el vidrio frío — te encontraré. Y no permitiré que nadie vuelva a hacerte daño.

En ese momento, una brisa diferente atravesó el salón.

Max no lo sabía.

Pero algo antiguo había escuchado su promesa.

Punto de vista del lobo blanco.

Lo encontré demasiado tarde.

Cuando vi el cuerpo del niño al que debía proteger, el mundo espiritual tembló.

El vínculo de guardián se formó en el instante en que mis ojos tocaron su rostro pálido dentro del ataúd de cristal.

Era él.

Mi protegido.

Mi responsabilidad.

Pero había nacido separado de él en aquella vida. Los hilos del destino se cruzaron de manera equivocada. Y cuando por fin lo sentí…

Ya estaba muerto.

Me acerqué en silencio, invisible a los ojos humanos.

Observé al hermano llorar.

Observé al Alfa permanecer firme, pero con el corazón fragmentado.

Y entonces miré el hilo del destino de Noar.

Debía vivir mucho.

Debía amar.

Debía tener hijos.

Debía sonreír bajo el sol del Norte.

Pero su línea había sido brutalmente cortada.

Injusticia.

Esa palabra resonó dentro de mí.

No podía aceptarlo.

Un guardián que falla carga ese dolor por la eternidad.

Entonces hice lo que ningún guardián debería hacer.

Rasgué parte de mi propia esencia.

La mitad de mi energía espiritual fue ofrecida a los hilos del tiempo.

Reescribí lo que podía.

No todo.

El destino nunca puede ser totalmente cambiado.

Pero le di una segunda oportunidad.

Cuando su alma fue liberada del cuerpo, la envolví.

Y la conduje de regreso.

Diez años antes.

Sus memorias debían quedar selladas.

Debía vivir con ligereza.

Pero algo mayor interfirió.

Volvió con todo.

Con dolor.

Con recuerdos.

Y yo, debilitado por el sacrificio, caí en un sueño profundo.

Esperé.

Esperé años.

Hasta volver a sentirlo.

Hasta reconocer su presencia viva.

Cuando por fin lo encontré en esta nueva línea del tiempo, sentado frente a la nieve, con la mano sobre el vientre todavía plano…

Lo supe.

Esta vez, tendría lo que le fue negado.

Esta vez, no fallaría.

Porque un guardián no protege solo el cuerpo.

Protege el destino.

Y en esta vida…

Estaré a su lado.

Hasta el último suspiro.

Y el destino comenzaba a moverse.

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