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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 4.2

—Saliste tarde —dijo cuando llegué, sin acusación, solo como constatación.

—Me quedé revisando un boceto —dije.

—¿Terminaste?

—Casi.

Subimos al coche. Beto estaba en el asiento del conductor —mi madre conducía perfectamente bien pero rara vez lo hacía cuando Beto estaba disponible, y Beto rara vez no estaba disponible— y nos saludó con ese gesto suyo de asentir con la cabeza que era al mismo tiempo un saludo y una verificación de que todo estaba en orden.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó mi madre, guardando el teléfono.

—Normal —dije. Y luego, porque el silencio que siguió pedía algo más—: Conocí mejor a un compañero nuevo. El que te mencioné.

—¿El chico de cabello rojo?

—Rojizo. Sí.

Mi madre asintió con la expresión de quien guarda la información sin comentarla todavía. Eso era Yessica: procesaba primero, opinaba después, y cuando opinaba lo hacía con la precisión de quien ha pensado bien lo que va a decir. Era exactamente lo opuesto a Allen en ese sentido, aunque si dos a pesar de ser tan diferentes se llevan muy bien, porque las dos saben exactamente lo que quieren y el mundo les resultaba más un conjunto de variables manejables que una fuente de sorpresas.

—¿Y te parece de fiar? —dijo al fin.

La pregunta me tomó un poco de sorpresa, no porque fuera extraña viniendo de ella sino porque normalmente no preguntaba eso tan directamente.

—No lo conozco lo suficiente —dije con honestidad.

Beto, desde el asiento delantero, no dijo nada. Pero vi en el retrovisor que sus ojos se movieron brevemente hacia mí cuando dije eso, y luego volvieron a la carretera.

Llegamos al centro veinte minutos después. Mi madre tenía que revisar algo en la sede de la empresa —una llamada que había llegado sobre un envío equivocado, el tipo de incendio menor que ocurre siempre en el peor momento—, y yo la acompañé porque era más fácil que esperar en el coche.

El edificio donde mi madre tenía sus oficinas era de esos que no necesitan anunciarse: fachada discreta, planta baja de cristal esmerlado, el logo de la empresa en letras pequeñas sobre la puerta principal. Por dentro era otra cosa: muestras de tela en las paredes, tablas de color sobre las mesas de reuniones, ese olor particular a papel y a algo que podría ser perfume de diseñador o simplemente el rastro acumulado de años de trabajo con materiales de calidad.

Mientras mi madre se encerraba con su asistente a resolver lo del envío, yo me quedé en la sala de espera con un boceto a medias y el teléfono con la batería casi muerta. Era un espacio agradable: silencioso, con buena luz, las sillas cómodas de esa manera calculada que no invita a quedarse demasiado tiempo pero tampoco genera urgencia por irse.

Por el ventanal de la planta baja podía ver la calle.

No estaba prestando atención, exactamente. Tenía el lápiz en la mano y la vista a medias en el boceto y a medias en ningún lugar en particular, ese estado de semi-concentración que a veces produce las mejores ideas y a veces no produce nada en absoluto. La calle afuera estaba en esa hora tranquila de media tarde: poco tráfico, poca gente, el ritmo pausado de una ciudad que ha terminado el almuerzo y todavía no ha llegado a la hora de salida.

Fue el movimiento lo que lo delató.

No había mucho movimiento en esa acera. Un par de personas caminando con rumbo fijo, un motorista detenido al semáforo. Y luego, junto a la pared del edificio de enfrente, un hombre de pie que no caminaba hacia ningún lugar.

No hacía nada, que era precisamente lo que llamaba la atención. Estaba parado junto a la pared con la postura de alguien que espera, pero no con la impaciencia de quien espera el autobús ni con el teléfono en la mano de quien mata el tiempo. Solo estaba ahí, con las manos en los bolsillos y la vista dirigida hacia este lado de la calle.

Hacia el edificio.

Lo miré sin darle importancia, porque la gente se para en las aceras, y siempre hay curiosos que quieren ver dentro de los cristales de los edificios, y bajé la vista hacia el boceto. Tracé una línea. La borré. La volví a trazar.

Cuando volví a mirar hacia la calle, el hombre seguía ahí.

No me inquietó, exactamente. Era más bien una nota al margen. Llevaba una chaqueta oscura, no era joven pero tampoco mayor, y algo en su manera de estar parado —demasiado quieto para ser alguien que espera un taxi, demasiado atento para ser alguien que no tiene a dónde ir— me hizo mirarlo un segundo más de lo necesario.

En ese momento salió mi madre de la sala interior, ya con el teléfono en el bolso y la expresión de quien acaba de apagar un fuego pequeño.

—¿Lista? —dijo.

—Sí —dije. Recogí el boceto, guardé el lápiz.

Volví a mirar hacia la calle por instinto, no sé por qué.

El hombre ya no estaba.

Salimos del edificio. Beto estaba en el coche, exactamente donde lo habíamos dejado, con esa puntualidad suya que nunca fallaba. Me abrió la puerta sin que yo la pidiera, como siempre, y yo subí pensando en el boceto y en el trabajo que tenía que terminar y en lo que Allen había dicho sobre las clases compartidas con Logan, y el hombre de la chaqueta oscura se fue diluyendo en el fondo de la tarde con la misma discreción con que había aparecido.

No era nada. Probablemente no era nada.

Eso me dije.

Dos semanas más tarde, Allen llegó a la cafetería con diez minutos de retraso —lo cual en ella era casi puntualidad— y una expresión que yo reconocí antes de que se sentara: era la cara de quien acaba de tomar una decisión y todavía está procesando si fue buena.

Se sentó. Dejó la mochila en el suelo con más fuerza de la necesaria. Cogió el vaso de Logan, que estaba a su alcance, bebió un sorbo sin pedirlo, y lo devolvió.

Logan la miró. No dijo nada sobre el vaso.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Nada —dijo Allen. Y luego, casi sin pausa—: Le contesté a mi padre.

El silencio que siguió era el tipo de silencio que significa que hay mucho más detrás de esa frase, pero que Allen no iba a decirlo en este momento porque no era el momento ni el lugar y porque Allen, a pesar de todo, sabía perfectamente cuándo no hablar. Lo que dijo en cambio fue:

—¿Tenemos clase en veinte minutos o en treinta?

—Veinte —dije.

—Bien. —Cogió su propio vaso, que estaba más lejos—. Entonces no tenemos tiempo para que me preguntes qué pasó con mi padre, y así nos ahorramos las dos ese rato.

—No iba a preguntarte.

—Ibas a preguntarme.

—Iba a esperar a que tú lo dijeras sola.

Allen me miró. Luego miró a Logan, que había escuchado todo esto con la atención callada que le era característica.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —le dijo Allen, de repente, como si la frase hubiera estado esperando salir desde hace rato.

Logan levantó una ceja.

—Que no preguntas —dijo ella.

Fue un segundo. Solo eso. Logan sostuvo la mirada de Allen con una calma que no era indiferencia sino algo más parecido a reconocimiento, como si la frase hubiera confirmado algo que él ya sabía pero no había dicho en voz alta. Luego asintió levemente y volvió su atención a la mesa.

Allen abrió su cuaderno. Yo terminé mi café.

Y la tarde siguió, igual que todas las tardes, con esa placidez engañosa de las cosas que están cambiando tan despacio que solo te das cuenta cuando ya han cambiado del todo.

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